Danza de Letras

Al son de las palabras

Bosque

bosque

No quiero llorar.

Se lo iba repitiendo una y otra vez mientras corría casi a ciegas.

No quiero llorar. No quiero llorar.

No necesitaba ver. Conocía el camino que seguía tan bien que podría hacerlo dormida.

No quiero llorar. No quiero llorar. No quiero llorar.

Apoyó sus manos en el tronco del árbol, exhausta  y agradecida, dejando que él se llevara su miedo, su angustia, su frustración. Siempre se sentía mejor allí, permitiéndose vaciarse de emociones enraizada con aquel roble centenario. El roble le ayudaría a no llorar.

Poco a poco recuperó el control de si misma. Volvió a ver al mirada de asombro y horror de Ana. Su última mirada.

No le gustaba Ana. Aquella era la verdad. No le gustaba. Habría podido ser muchas cosas. Cosas maravillosas. Una confidente. Una buena amiga. Una compañera de alma. Quién sabía. Lo tenía todo, todo lo que a Sofia le gustaba pensar que hacía a las personas buenas. Era alegre y enérgica. Tenía una sonrisa abierta que abarcaba todo su ser. Era inteligente, despierta. Era bonita sin parecer tomarse molestias por ello.  Tenía una voz armónica.

También era la persona que se había dedicado a molestar a Sofía desde siempre. La que la dejaba siempre fuera. Por la que otros la dejaban siempre fuera. La que se inventaba las pequeñas historias que hacían que la gente cuchicheara a su paso. La primera en reírse de los pequeños gestos crueles.

No, no le gustaba Ana. Y le gustaban los alerces. Los alerces, que lo resisten todo, que lo aguantan todo aunque parezca que se pliegan al invierno entrando en una muerte aparente. El cambio habría sido un honor para Ana… si no fuera por aquella mirada de horror lúcido mientras su  cuerpo se abría ante la madera que surgía de su interior conectando cielo e infierno.

De lo que huía Sofía era de aquella mirada.  Ahora, sentada bajo su roble favorito, aquella mirada perdía brillo en su mente. Se volvía más y más pequeña.

Se levantó decidida. Tenía que volver. Hablar con Ana Alerce. Sí. Ese sería su nombre a partir de ahora. Ana Alerce. Había mucho que tenía que explicarle. Qué había pasado. Y por qué. Cosas que aún debía decirse a sí misma.

Estaba de pie frente a frente con Ana, de nuevo. Seguía siendo hermosa. Sus hojas se movían como una risa alegre, completa. El rincón del parque frente al instituto en el que se encontraba era demasiado apartado para ella, tal vez. Ana prefería estar en los lugares de paso, donde pudiera estar en el centro de todo. Pero aquel lugar era perfecto para Ana Alerce. Era el lugar donde Ana Alerce podría vivir  una eternidad  siendo algo trascendente. Lo había sentido incluso desde lejos. Ana no era gran cosa, pero Ana Alerce era algo grande, algo sagrado. Si, algo transcendente.

Sofía acarició la corteza suavemente con la yema de los dedos. El proceso tal vez no había sido el más agradable, pero lo que había hecho era bueno. Muy bueno.
Cerró los ojos y plantó con firmeza la mano sobre el tronco de Ana Alerce. Toda la mezquindad, todo el orgullo, todo el odio había desaparecido. Ana Alerce era un árbol que vivía en paz. Había transmutado un ser malvado en un ser magnífico. Un premio. Un regalo. Y lo había hecho Sofía.

Recordaba haber sentido rabia, Recordaba haber sido consciente de que Ana no merecía su existencia. De que el mundo no se merecía a alguien como Ana. Y recordaba la compasión. Porque había habido mucha compasión. No deseaba que Ana dejara de existir, deseaba que Ana fuera mejor.  Sonrió. Sonrió porque de pronto supo que podía repetirlo.

Se sentó entre las raíces de Ana Alerce, gloriosa, sonriente, imbuida de su propia santidad. Podía repetirlo. Y lo haría. Sería su regalo al mundo. Su regalo a las personas que lo merecieran. Transmutaría con su compasión  a cada persona ruin, a cada pequeo cáncer de la sociedad. Pero también con su amor haría eternos a aquellos cuya esencia fuera magnífica. Sólo quedarían los mediocres, la morralla de la humanidad, para regocijarse del nuevo mundo que crearía.

Cuando Sofía se levantó, era una nueva Sofía. Una Sofía que no iba a llorar nunca más.  Una Sofía con una misión, con un destino, con un sentido. Una Sofía poderosa. Una Sofía feliz. Tan feliz que, por primera vez no se dio cuenta de que había alguien observándola.

Curiosamente ese alguien respondía al nombre de Uriel, el fuego de Dios.

Uriel era un joven callado y observador, meticuloso  y constante. El tipo de persona que hace un buen trabajo detectando y destruyendo la amenaza de lo sobrenatural. Le llamaban cazador de brujas, exorcista, purificador.

El alerce bajo el que se sentaba aquella chica menuda podría haber pasado desapercibido a cualquiera menos atento. Pero Uriel sabía que ayer allí no había ningún árbol. No había más árboles nuevos en los alrededores. La tierra no parecía removida. Así que esperó. Cuando la chica se marchó, se acercó al árbol para examinarlo a fondo. Fue rodeándolo, fijándose en cada detalle.  Había un jirón de tela enganchado en una rama. Demasiado alto. En el suelo  un objeto negro, lustroso, estaba atrapado entre las raíces.  Lo movió un poco y pensó que podría desenterrarlo así que tiró de él. La madera cedió con un crujido dejando en su mano un zapato de mujer. El cuero negro estaba deformado por la presión en el talón, pero estallado en el empeine, y las manchas de sangre eran evidentes.

Uriel no pudo reprimir un escalofrío, pero se guardó el zapato. Decidió seguir a la chica.

Apretó el paso cuando oyó el crujir violento de la madera.

Sofía se sentía contrariada. Había encontrado a Raquel y Manuel, juntos como siempre. Una pareja peligrosa. Sus celos, sus peleas, sus ganas de hacer el mal… Eran los candidatos perfectos para ser purificados y elevados. Y lo había hecho. Con todo su amor. Le había costado ser compasiva y amarlos. Y ellos no lo habían apreciado.  Manuel incluso había intentado gritar.

Ahora eran un olmo y un fresno magníficos, con sus ramas enredadas. Un abrazo eterno. Deberían haber sido felices. Pero se habían retorcido sobre si mismos.  Él llorando de  espanto, alimentando sus propias raíces mientras las ramas afiladas crecían de sus mejillas. Ella, más reactiva, más complaciente, se rasgaba con las uñas la carne para ayudar en su transformación, pero su mirada era de ira.

Si no se sintiera tan pletórica, tan bendita, se habría sentido auténticamente molesta.
Tal vez se estaba equivocando.  Aunque limpiar la tierra era bueno, igual debería reservar la ascensión arbórea para aquellos lo suficientemente grandes de espíritu como para comprender y agradecer.  Estaría más atenta. Tenía una vida para hacer del mundo un bosque.

La melena clara de la chica desaparecía por la esquina cuando Uriel vio los árboles hermanos, enredados entre sí y retorcidos, con sangre fresca resbalando aún sobre sus cortezas como savia roja. El viento hacía ondear trozos de tela salpicados de bermejo y marrón en las ramas. Había tenido mucha suerte al elegir su primer objetivo a investigar. Aquella chica sabía algo.

Sofía caminaba deprisa. En su mente repasaba una y otra vez las características que buscaría en los dignos. Debían ser inocentes. Debían transmitir bondad. Debían de ser atentos, pero también ser abiertos de mente. Debían valorar lo que les rodeaba con ilusión, incluso con maravilla. Sofía no era así. Y no conocía a nadie que respondiera a ese perfil. Cuanto más lo pensaba más se desesperaba. Y cuanto más se desesperaba, más rápido caminaba.

Le frenó un tirón de la  chaqueta. Se lo daba una manita infantil, iluminada por unos ojos de chocolate y luz. Era una niña preciosa de abundante cabellera dorada que le ofrecía su diadema. Y lo supo. Sólo tendría cinco años, pero aquella niña era perfecta.

Se puso la diadema y le pidió a la pequeña que la acompañara. La tomo de la mano y la llevó a los límites del parque del río, donde empezaba a ser el campo salvaje que debía ser. La niña miraba a su alrededor. Su voz se quebró en una risa armoniosa cuando vio dos mariposas bailar juntas sobre las aguas. El mundo le había regalado a aquella niña, Sofía estaba segura.

No recordaba qué le había dicho, pero sí que recordaba haberla amado con todo su corazón por un momento. Le había acariciado el pelo, y en algún momento la pequeña había cerrado sus ojos. Y había comenzado a cambiar. Se había arqueado hacia atrás, dejando que la madera creciese en varios troncos unidos, como si quisiera ser de pronto las muchas personas que podría haber sido al crecer. Su piel se había vuelto corteza incluso antes de abrirse y perder su forma infantil. Y de sus labios abiertos solo había salido el murmullo de las hojas. Ahora era un laurel de ramas fuertes y flexibles.

Uriel estaba horrorizado. Hasta ese momento creía que la chica era solamente un posible testigo. Pero era un verdugo. Había estado a punto de caer al suelo mientras veía cómo las ramas de un árbol crecían a través del cuerpecillo de una chica de parvulario. Cómo sus órganos estallaban al no poder contener la fuerza de la madera. Cómo las raíces atravesaban la piel de sus piernas para anclarla en la tierra.

Uriel corrió. Y mientras corría hacia aquella bruja de los árboles sacó el cuchillo que llevaba siempre oculto. Una daga simetrica con un filo de plata y otro de hierro frío, bendita tres veces. Una daga creada para cortar cualquier magia y matar cualquier ser.

No quiero morir

Sofía había visto a aquel chico correr hacia ella cuchillo en mano, con la mirada de un cazador fija en ella. Y había hecho lo único que podía: correr.

No quiero morir. No quiero morir.

Estaba en el bosque. En su bosque. Conocía el bosque. Y sabía que sus pasos le llevaban a los pies de su roble. Su refugio. Aunque no sirviera de nada.

No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir.

Sofía estaba atrapada contra el tronco de su roble mientras aquel muchacho, aquel chico–lobo y su cuchillo, se acercaban. Estaba aterrada. Si aquel chico fuera un árbol… Si fuera un árbol, ¿qué sería? ¿Podría ser compasiva con él? ¿Podría amarlo, aunque estuviera decidido a darle muerte? En sus ojos encontró la respuesta. Sí, había algo magnífico en su enemigo.

Lo intentó. Abrió su corazón y lo unió a la parte maravillosa de la persona que tenía delante. Pero él hizo un gesto con su cuchillo, y el lazo tendido entre ellos se cortó.

–Tu magia no funcionará, bruja –dijo él con la voz de quien está completamente seguro. –Si tienes dioses a los que rezar, hazlo ahora.

El cuchillo rozaba ya el cuello de la chica cuando una mano nudosa le obligó a soltarlo. Un hombre fibroso se había materializado entre la bruja y él. Su pelo era de un marrón ligeramente verdoso y su piel morena parecía suave y rugosa al tiempo. Miraba con ojos oscuros como huecos acuosos, impasible pero decidido.  Era imposible determinar su edad y cuando abrió sus labios cuarteados su voz sonó como un crujido de madera seca.

–Ella es mía, leñador. Mía como lo es mi bellota. La he hecho crecer. La he alimentado. Es mía, y no la separarás de mí.

Soltó la mano de Uriel, y se giró hacia Sofía. Acarició su mejilla con un dedo ramoso y con ese simple gesto la piel de la joven cedió con un sonido húmedo. Sofía estaba cambiando, y mientras cambiaba, abrazaba a aquel ser como un niño busca a su madre.

Uriel miraba ante sí con lágrimas anegando sus ojos. Y lo que veía era un roble centenario sobre el que crecía una espesa hiedra. Una hiedra verde y roja que tenía enredados entre sus hojas retazos de tela manchados de sangre.

 

 

8 Comentarios

  1. Te aplaudo hasta con las orejas. ¡Menudo relato! Me has tenido pegada a la pantalla todo el rato. ¡me han dado ganas de conocer toda la historia de los dos! Fantástico, de verdad 💙

  2. Una preciosa obra de arte que merece ser leída. Es pura poesía que ha conseguido ponerme la carne de gallina y sacudirme hasta los huesos.
    Mi más sincera enhorabuena, hermosa!

    • duxiet

      28 enero, 2017 at 11:19

      Muchísimas gracias, preciosa.
      Poesía no se, pero simbolismo tiene para parar un tren…
      Me alegra mucho que te haya gustado. Y ya sabes, todos los sábados hay reto 😊

  3. Una preciosa obra de arte que merece ser leída. Es pura poesía que ha conseguido ponerme la carne de gallina y sacudirme hasta los huesos.
    Mi más sincera enhorabuena, hermosa!

    • duxiet

      28 enero, 2017 at 11:19

      Muchísimas gracias, preciosa.
      Poesía no se, pero simbolismo tiene para parar un tren…
      Me alegra mucho que te haya gustado. Y ya sabes, todos los sábados hay reto 😊

  4. Como amante ciega de los bosques te digo con muy mucha sinceridad que me hago fan de este de relato, de ti y de las brujas. Me ha encantado y se expresan bastante bien los sentimientos de Sofía, mis berenjeniles enhorabuenas ^^

  5. Como amante ciega de los bosques te digo con muy mucha sinceridad que me hago fan de este de relato, de ti y de las brujas. Me ha encantado y se expresan bastante bien los sentimientos de Sofía, mis berenjeniles enhorabuenas ^^

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