Danza de Letras

Al son de las palabras

El huevo de achelota

huevodeachelota

Riss pegó su cuerpo contra la pared, deseando ser invisible. Sujetaba contra su pecho el huevo de achelota con mucho cuidado, porque le daba miedo que su propio terror le llevara a soltarlo o apretar demasiado. Parecía tan frágil…

No conocía a nadie que hubiera visto una achelota viva. Era más extraña aún que la albinela gigante, que vivía en el fondo de la cordillera volcánica de Peeazu. Encontrar la puesta había sido un ejercicio de intuición, suerte y confianza ciega en los principios de magia que había llegado a calarle de los monólogos al aire de todos los brujos y sacerdotes que había conocido. Y aún podía perderlo.

Aguzó el oído. Tenía que superar el sonido de su corazón desbocado y su respiración, que parecían llenar por completo el túnel. Estaba seguro de que sonaban voces en la oscuridad. Lo que significaría que las cavernas no eran el lugar salvaje y solitario que había pensado en un principio. Estaban habitados.

Ocultó su fósmima, que llevaba cómodamente colgada de una cadena al cuello entre sus ropas, en un gesto cuidadoso y lento. Hizo algo de ruido pero consiguió mitigar su luz. Eso le dejaría sin la capacidad de ver a quien se le acercara, pero le daba una oportunidad de pasar desapercibido.

Entrecerró los ojos e intentó escudriñar la oscuridad. No oía pasos acercándose, ni el chasqueo de las armaduras de cuero cuando los soldados se movían. Contuvo el aliento y lo dejó salir poco a poco.  Ahora estaba a oscuras y, si seguía sin percibir sonidos, no podría calcular sus posibilidades. Por el ruido de los pasos, Riss hubiese podido saber si los que se le acercaban eran humanos o de otro pueblo. Podría haber calculado cuántos eran. Tendría que confiar en la suerte y seguir adelante cuando se aburriese. Era un pensamiento bastante desesperante.

Se giró para observar la negrura por el otro lado del túnel. Unos ojos enormes de una luminiscencia verdosa le sorprendieron. Unas manos ágiles y fuertes le sujetaron y sintió un golpe seco en su cabeza. La misma oscuridad del túnel inundó su cabeza.

Le despertó la humedad del rocío sobre sus párpados. Estaba al aire libre, a pocos metros de una caverna. Supuso que una entrada a los túneles. Le dolía todo el cuerpo, y supo que cuando se revisase estaría lleno de moratones.

Le habían robado las botas, y también los correajes en los que habitualmente colgaba sus cuchillos, la bolsa de monedas y la caja en la que transportaba su albinela, la especie común que los viajeros usaban para encender pequeños fuegos. Por suerte, había guardado casi todo en la mochila antes de entrar en el complejo de grutas y le estaban esperando en el tocón hueco de un árbol. Sí que había perdido su daga favorita, pero lo superaría.

Se llevó la mano al cuello. Le habían aflojado la ropa por allí también, pero no se habían llevado nada. Su fósmima seguía allí, con su brillo estelar.

El pueblo tagsaidh. Los tagsaidh eran el pueblo de los túneles. Eran ágiles, fuertes y silenciosos. Veían en la oscuridad, y odiaban la luz. Por eso no tenían forjas, ni productos endurecidos al fuego. Tenía lógica que fueran ellos los que le habían sorprendido, y que fueran preferentemente por los cuchillos y los herrajes. También explicaría que parasen al encontrar la fósmima. Algo así era, a sus ojos, peligroso y probablemente anatema. El colgante podía haberle salvado la vida.

Se levantó de un salto. ¡El huevo! Él era impuro y había sido expulsado de los túneles pero, ¿qué habría sido del huevo?

Lo localizó muy cerca de él, tirado a un lado sobre una cama de helechos. Se acercó con cuidado, como temiendo que el sonido de sus pisadas hicieran colapsar la superficie blanda y gelatinosa. Se arrodilló ante el huevo con las manos extendidas hacia él. Desde fuera, el gesto casi parecía religioso. El pulso le temblaba. Estaba aterrorizado. Hasta ese momento no había sido consciente de lo importante que se había vuelto aquella frágil esfera para él.

Cuando lo tocó, el corazón negro del huevo dio un vuelco y la superficie emitió una suave luminiscencia azul.

Estaba vivo. Sano.

Lágrimas de alivio surcaron sus mejillas sin que se diera cuenta, mientras sentía su corazón hacerse más y más grande, a fuerza de amor y agradecimiento.

6 Comentarios

  1. Sé sobre qué es porque lo he leído en twitter, pero de todos modos transmite muy bien el miedo y la tensión, y al final la angustia y el alivio.

    • duxiet

      11 febrero, 2017 at 19:13

      Gracias. Sigo pensando que si no se sabe qué es, no se puede relacionar con facilidad… Pero me alegra que transmita los sentimientos, que era lo que se nos pedía.

  2. Muy buen relato. Se nota aue hay un gran trabajo de Wordbuilding detrás. Enhorabuena.

    • duxiet

      11 febrero, 2017 at 19:15

      Gracias. Ese mundo empieza a dibujarse demasiado. Creo que siempre que pueda iré haciendo historias de Riss. No sé, parece un bien chico.

  3. Me gusta, porque transmite perfectamente el momento en el que te has basado y cómo debiste sentirte. Pero no sólo te quedas ahí, sino que lo redondeas con un transfondo y un mundo propios. Genial, enhorabuena 🙂

  4. duxiet

    14 febrero, 2017 at 06:35

    Muchísimas gracias por leer
    Cada vez me gusta más este mundo… ya veremos a dónde llegamos.

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