Danza de Letras

Al son de las palabras

Haunted

haunted

Elena contuvo la respiración, apoyó la mano sobre la estantería, exhaló para calmar sus nervios y empujó. La falsa pared cedió con un crujido.

Ante ella había una pequeña habitación apenas iluminada por la luna llena. Bajo el polvo acumulado en el suelo se intuía un dibujo que no supo identificar. En el centro de la figura había un altar con un tapete, y sobre él, una antigua arqueta de piedra. El aire olía a moho y humedad, a edificio cerrado pero también a iglesia, a incienso antiguo y humo de velas. Se estremeció pensando en las víctimas rituales que podrían haber visto aquellas paredes. Se abrazó a si misma para contener los temblores, y volvió a exhalar controladamente intentando alejar las imágenes de su mente.

El reto implicaba que tenía que llevarse algo. La arqueta le servía. Se dirigió a ella con paso decidido. Sus dedos rozaron a tapa cuando un fogonazo de luz la cegó

Había salido de fiesta aunque no le apetecía. Era sábado, y salir era un ritual social del que no se podía desprender. Ligar dos de cada tres veces venía a ser la confesión en la iglesia del “pasarlo bien”. Sólo que Elena no lo pasaba bien. Seguía una rutina con la que no se identificaba porque se lo pedía su mundo, sus amigas. Se lo pedía aquello que ella intentaba demostrar que era.

Laura se había ido. Se dio cuenta a los quince minutos de dar vueltas al hielo de su bebida sin que la visitara con su risa enloquecida, saltando al ritmo de los bajos que se calaban bajo el esternón de todos los que estaban en la discoteca. En dos horas les llamaría y les contaría locuras agitando mucho las manos, mientras Sofía la ignoraba y Elena intentaba averiguar si las pupilas dilatadas de la desaparecida indicaban que había tomado algo indebido.

La falda era demasiado corta y le impedía moverse con agilidad. Pero no importaba, porque los zapatos que torturaban sus pies a cambio de hacerle un culo estupendo no le permitirían hacer nada más que dar cuatro pasitos ridículos a un lado y a otro.  Hacía demasiado frio para el top revelador. Pero era un uniforme de caza que se completaba con un maquillaje cargado y la larga melena suelta. Sí, se arreglaba como una modelo para la portada de una revista de moda. Y aunque repetía que era para sí misma, en realidad sabía que formaba parte de la penitencia de su vida.

Suspiró, miró cómo los hielos rebotaban en el vaso de tubo un instante y, sin pensarlo dos veces, bebió todo el contenido. Se fue a la barra y con una sonrisa y un gesto le pidió a la camarera que le rellenara el vaso.

Sofía estaría con Raúl. Ella era su mejor amiga, y Elena sabía que iría donde ella le pidiera, pero la echaba de menos. Unos meses antes no se habría sentido tan sola. Aunque era posible que aquello saliera del alcohol, que solía hacerla depresiva y susceptible.

Cogió el vaso lleno y se apoyó en la barra. Comenzó a remover su combinado con la pajita, imaginando el ruido que hacían los nuevos hielos contra el cristal, aunque no pudiera oírlos.

Localizó a Sofía a un lado de la pista. Reía con la cabeza inclinada hacia atrás con algo que le había dicho su novio. Al lado de Raúl había otro chico que no reconoció. Vestía completamente a la moda, dando una impresión de irrealidad; no parecía una persona de verdad. Sofía alzó la mano para llamar su atención, así que Elena se acercó a ellos sintiendo la mirada de varios hombres sobre ella, incluyendo al desconocido hacia el que se estaba acercando. Le presentaron al muchacho a gritos, pero no entendió su nombre. Sonrió estúpidamente y se sintió vacía al hacerlo.

Los cuatro se dirigieron a otra zona de la discoteca en la que la música era menos potente. La zona adaptada para que la gente hablara. El chico nuevo hablaba. De hecho, parecía que le encantaba su voz. Sofía y Raúl estaban muy dedicados el uno al otro, así que le hablaba a Elena.

Vació su quinto vaso en el momento en el que aquel petimetre le decía : —Lo que te pasa a ti es que estás atrapada dentro de tus límites.

Elena le lanzó una mirada asesina.

—No me conoces de nada.

—Pero estas cosas se notan, guapa —sonrió él acercándose a ella y acariciándole el mentón con suavidad. Elena apartó su mano con un golpe. —Vale, vale. No hace falta que te enfades —siguió con una risita. —Si eres tan brava, sólo tienes que demostrarlo. Mira, hay una casa encantada que….

Pestañeó repetidamente. Le lloraban los ojos y tardó unos momentos en recuperar la visión. Tenía la sensación de que había pasado allí demasiado tiempo. De que las paredes estaban esperando algo para caer sobre ella. Creía oír una salmodia lúgubre por los pasillos. Sentía el estómago revuelto.

Sabía que tenía que llevarse algo para demostrar que había estado allí dentro, pero la idea de hacerlo le daba escalofríos. Se dio la vuelta procurando no tocar nada y comenzó a caminar hacia la puerta.

Sus pasos se fueron acelerando y cuando llegó a la escalera ya estaba corriendo. No paró hasta llegar a la arboleda donde tendrían que esperarla sus amigos. Apoyó las manos en las rodillas para ayudarse a recuperar el aliento.

No había rastro de sus amigos. Tras unos minutos, decidió que se habían ido. Sintió el calor adueñarse de su cara y apretó sus puños.

—Capullos —escupió al viento, y se fue a casa con una sensación tan profunda de cansancio y cabreo que no se dio cuenta de que alguien la estaba siguiendo.

2 Comentarios

  1. ¡Hola Aitziber! Mira que me gusta leer relatos cortos pero luego sé que sufro cuando quiero más XD
    Qué mal rollo de final…
    ¡Un besazo!

    • duxiet

      9 Abril, 2017 at 15:55

      Es que me pidieron que hiciera algo más o menos de terror… De esta historia hay más. El día que lo tenga todo te doy un toque. 😘

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