Danza de Letras

Al son de las palabras

Categoría: Paganismo

El testamento de Ilya

Hace mucho tiempo, tuve nombre. Me llamaban Ilia. Yo era Rhea Silvia. Ahora soy el susurro del llanto en una gruta.

Hace mucho tiempo fui la joven hija del rey de esta tierra. Era una niña hermosa y feliz.

Entonces, mi tio accedió al trono. Mi padre murió, y también mi hermano. Me quedé sola con mi tio. Y él decidió que no soportaba ver mi rostro.

Un día de verano, vino al palacio una mujer vestida de blanco. Aunque era la primera vez que la veía, yo sabía quien era. Era una mujer santa. Una sacerdotisa de Vesta.

Mi tio nos dejó solas, y la vestal me tomó de las manos. Me dijo que por voluntad de la Diosa, me habían capturado.

A partir de aquel momento, comenzó mi nueva vida. Dejé atrás mi vida como Ilia, la niña, la princesa. Dejé atrás mis vestidos infantiles, mis juguetes y todas mis posesiones. Me llevaron al templo de la Diosa, me purificaron y me impusieron las ropas de las sirvientas de Vesta, la toga recta de las novias y la toga de las matronas, en tela blanca. Así, me volví una vestal más. Una esposa del fuego, dama sagrada y protectora del pueblo.

Me educaron, tal y como se hace con las mujeres sagradas, en todos los misterios de la Diosa y en todas las tareas sagradas que nos encomendaba.

Encontré la felicidad en esta nueva vida. Preparaba con regocijo los aceites y especias sagrados para los sacrificios, y llevaba con orgullo mi condición de esposa de la ciudad, de virgen sagrada.

Pasó el tiempo, y yo adopté en esta vida mi nuevo nombre, Rhea Silvia. Me había convertido en una mujer hermosa como una reina. Envidiada y deseada por partes iguales. Pero siempre respetada.

Llegó la primavera. Era el mediodía y decidí salir a pasear cerca de la loma principal de la ciudad. Entonces era joven, tal vez descuidada. Me senté a descansar bajo la sombra de un árbol. La brisa movía las ramas que proyectaban la sombra de sus hojas sobre todos los objetos que había alrededor. Dotaban de una ilusión de vida a una estatua de Marte preciosamente elaborada que alguien colocó hacia mucho tiempo.

No sé como, me quedé dormida. Soñé con Marte. En toda su gloria y belleza, surgía de su propia estatua, se acercaba a mi y me hablaba. Después, sin yo poder hacer nada, me tomaba. Antes de desaparecer me dijo “Tus descendientes serán la gloria del pueblo y del mundo”.

Me desperté totalmente segura de que aquello no había sido un sueño. Turbada, muy asustada, volví al templo corriendo y oré con todas mis fuerzas a la Diosa. Pero ella no me respondió.

Al poco tiempo mis temores se vieron ratificados. Estaba embarazada.

Use mis derechos como vestal por última vez en mi vida. Convoqué a las ancianas del templo y a los poderes de la ciudad. Cuando todos estuvieron reunidos, expuse mi caso. Confiaba en la buena voluntad de aquellos a los que había servido durante tanto tiempo.

Cuando les hable de Marte y mi sueño, no me creyeron. Muchas fueron las voces entre mis compañeras vestales y sobre todo, entre los hombres de la ciudad que me acusaron de ser una pérfida. Para ellos lo único cierto era mi embarazo, la prueba definitiva de que había roto mi voto como vestal. Había mancillado no solo mi honor, si no el de la ciudad.

Allí mismo me acusaron de vivir como una loba, de ser una ramera y una traidora. Algunas de mis compañeras, llenas de rabia, me atacaron. Me golpearon. Estiraron de mi pelo y rasgaron mis ropas. Me dejaron condenada como una mujer sin nombre ni origen, como una simple prostituta, en el centro del círculo de venerables.

Yo solamente lloraba. Rogando a la Diosa a la que había dedicado mi existencia y maldiciendo a aquel que había manchado mi alma y destruido mi vida. Pero ninguno de ellos, ni ninguna otra divinidad escucho mis lamentos.

Tampoco lo hizo mi tio. Él se limitó a asentir y observar la escena. En aquel momento él era un hombre anciano y triste. Algún hado oscuro había hecho un nido sobre su lecho, y no había conseguido tener un solo hijo. Yo era el único pariente que le quedaba. Aún así, no tuvo ningún problema en sellar mi muerte como único castigo posible ante mi delito.

Me hicieron caminar casi desnuda y ya condenada ante el pueblo, al que le contaron que había violado mis votos sagrados. Las gentes a las que tanto había amado y ayudado y que tanto me habían querido ahora me insultaban, me lanzaban objetos y me escupían. De este modo me llevaron a las mazmorras de la ciudad.

Pasé mis horas de encierro rogando a todos los dioses. No recuerdo ya lo que llegué a ofrecerles por mi vida, por la vida del niño que llevaba dentro. Nada ocurrió. Ningún Dios vino en mi ayuda.

Pero, a los pocos días, recibí la visita de mi Suma Sacerdotisa. Ella era la mujer que me captó para las vestales, mi maestra, mi amiga durante muchos años. Su nombre era Roma. Al contrario que muchas otras vestales, ella no estaba enfadada conmigo. De algún modo, había decidido creerme. “El corazón del rey se ha movido” – me dijo. “No morirás hasta que des a luz. Entonces, tú serás ejecutada como traidora. Tu hijo será puesto en manos de los Dioses. Lo entregarán al río, y si sobrevive o no, ya no será una decisión humana.”

Ella me cogió de la mano, que temblaba desconsoladamente ante la perspectiva de la muerte de ambos, la mía y la de mi hijo. “No te preocupes”, – me dijo con cariño.  “Siendo progenie de los dioses, no es posible que le dejen morir tan fácilmente.” Y dicho esto, me volvió a dejar sola.

No negaré que gran parte del tiempo que pasé en la celda, lo pase odiando a la ciudad que me había dado la espalda. A todos los hombres que habiéndome deseado en secreto, prefirieron tratarme como a una ramera antes que creerme. Odié a los dioses, a todos. Especialmente al que me había arruinado. Durante mucho tiempo después seguí odiándolos.

Al cabo de un tiempo, di a luz. Aquel fue un momento feliz para mi, aunque implicaba el final de mi vida. Tuve dos bebés preciosos. Dos varones gemelos. Magníficos como dioses recién nacidos.

Casi inmediatamente me quitaron a mis pequeños de mis brazos. Me hicieron levantarme, y aún sangrando, me sacaron de la celda y me hicieron caminar hasta el río.

Justo delante de mí, caminaba un guerrero, con las enseñas de la ciudad, que llevaba a mis niños en un cesto mal fabricado. Me obligaron a ver como los entregaban a las frias aguas del río.

Entonces los soldados que me custodiaban me hicieron caminar más allá del río, en lugar de volver a la ciudad. No me dijeron ni una sola palabra.

Llegamos a una cueva a los pies de la montaña. Me hicieron entrar en ella, y entonces bloquearon la entrada. Los oí alejarse de allí mientras cantaban para no escuchar mis gritos desde el interior.

Después de eso, no podría decir cuánto tiempo pasó, pero recibí por fin la respuesta a alguna de mis plegarias, y una Diosa apareció ante mí. Afrodita, llena de belleza y bondad. Con ella trajo estas herramientas de escritura, para que mi historia no sea olvidada. Y con ella trajo noticias de mis hijos, y de sus hijos. Rómulo y Remo les llamaron, y con el tiempo, refundaron la ciudad, llamándola Roma, por amor a la mujer que mejor les cuidó. Con el tiempo, la ciudad pasó a ser un imperio, y nuestra lengua se extendió por todas partes.

Hoy, ya nada queda como estaba. El tiempo ha pasado. Y lo que queda aquí soy yo. Esta voz en las grutas que ha aprendido a dejar atrás el odio y la rabia. Una sierva de los dioses, como tantas otras, elevando eternamente sus plegarias.


Para Vaelia, que me recordó este escrito de la forma más mágica, coincidentemente.

A la Dama Mutable

Te honro a tí, la Silenciosa.

La del manto blanco,

Con tu toca de cristal y luz.

 

Te honro a tí, la del barco de plata.

Señora en la Senda Oculta.

La dama mutable, La de eterna quietud.

 

Luz eterna, sol de antepasados.

Con voz y silencio de honro.

Abuela inmortal.

 

Déjame alzar los brazos

como pequeña implorante.

Déjame reclamar tus manos

Un lugar a tus pies.

 

Déjame alzarme en tu carro,

Y por solo un instante

Hollar tus sendas,

Volver y ser.

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