Danza de Letras

Al son de las palabras

Categoría: retos (página 1 de 2)

Preparativos

Corrió por la pasarela elevada, mientras comprobaba en su CCP maestro cada uno de los cierres de seguridad de los pasajeros. Tenía exactamente medio minuto para llegar a otro lado antes de la deceleración del cambio al espacio subluz. Frenó en seco cuando una luz naranja le avisó de que tenía un viajero fuera de su puesto de seguridad. Todas las demás estaban azules. Gruñó y saltó de la pasarela a pasillo principal. Aquella era una maniobra prohibida, porque hacía sospechar a los pasajeros que había toda una nave oculta frente a sus ojos: la nave del servicio.

Forzó una sonrisa y obligó a atarse al pasajero, un hombre con un aspecto de unos cincuenta años que parecía especialmente interesado en que se quedase a su lado. Se negó con una excusa estándar. Aquella situación había sido prevista en su preparación. Cerró la puerta del camarote con un toque en su pantalla y corrió por el pasillo para alcanzar el siguiente puesto seguro. La sacudida le sorprendió a medio camino y se fue de bruces al suelo. Dio gracias al piloto por una entrada suave. Aquel golpe podría haber acabado con su vida.

Tenía cinco horas para bajar al planeta.

Recogió su CPP y comprobó que no había sufrido ningún daño. La pantalla comenzaba a señalar los primeros verdes, correspondientes a pasajeros dejando sus asientos de contención.  Se puso en pie y corrió unos pocos metros más para encaramarse a la pasarela de nuevo.
Corrió por ella hasta el intercambiador. Eligió el acceso al nivel de cantinas y se dirigió a la despensa. Levantó la tableta flexible que era su CCP para granjearse el paso. Abrió la pantalla y comprobó las existencias de todos los suministros, mientras los iba asegurando con una jaula magnética. Mientras metía la mano en una caja abierta de zumos individuales liofilizados para contabilizarlos, tocó la flexible matriz plateada. La levantó con la uña y con sumo cuidado la despegó del interior del contenedor de PBS. Se abrió la chaqueta con la otra mano y la pego con cuidado sobre su cinturón de modo que quedase oculta por la ropa.

El CCP vibró.

Tenía cuatro horas.

Corrió hasta el nivel más bajo. Abrió la puerta de la sala de motores y usó el CCP para comprobar los motores. Todos los indicadores mecánicos eran correctos. Los niveles de radiación eran seguros. Se dirigió a los paneles de los filtros y controles ambientales y anotó los recuentos de indicadores biológicos, patogénicos y de contaminación. Comprobó todos los datos dos veces. Envió los parámetros al control del puerto espacial para que dieran los permisos para entrar en la órbita del planeta. Dejó apoyado el CCP sobre la consola más cercana. Se agachó y metió el brazo con esfuerzo por un resquicio entre dos módulos de control. Cuando lo sacó, agarraba un estuche opaco. Lo abrió y comprobó que contenía una pequeña célula de energía. Un modelo experimental; potente, con gran independencia y del tamaño de un colgante. Cerró la caja y la metió en el bolsillo interior de su chaqueta.

Recogió el CCP. Acababa de llegar la confirmación de órbita.

Tenía tres horas.

Se dirigió a los muelles de carga. Mientras se acercaba abrió los manifiestos. Comprobó cada sección. Las horas de apertura y cierre de cada puerta. Los anclajes de cada caja y contenedor. Era vital que las redes magnéticas estuvieran en perfecto estado. La entrada estaba controlada por una guía de tracción, pero podrían producirse vibraciones. Si la carga se desestabilizaba, había una posibilidad de perder la guía y caer sin control en un punto del planeta. El riesgo era tanto para la compañía como para la población que acogían. Se tomó su tiempo para asegurarlo todo. EL CCP vibró de nuevo. EL tiempo se agotaba. Entró en el submuelle cero; objetos perdidos. Fue directo a la bandeja antifricción y cogió un cristal blanquecino del tamaño de una pelota de golf. Una enorme memoria de datos. Se lo metió en el bolsillo del pantalón.

Tenía dos horas.

Con todo correcto, se fue a su camarote. Dejó el CCP en su base de carga, correctamente configurado para su siguiente usuario. El CCP maestro era una parte más de la nave.

Cogió su maleta y la puso sobre su cama. Sacó de sus cajones sus pocas prendas y efectos personales. Guardó dentro el cristal de datos y la batería. Dejó la matriz en su cinturón, que se volvería a poner. Se desnudó y tomó una ducha de vibración. La hizo larga. Más relajado, se puso el traje de gala, repasó la maleta y la cerró.

Tenía una hora.

Se colocó en su puesto al lado de la puerta principal. Dejó la maletita a su espalda, en contacto con sus piernas. Varios miembros de la tripulación tenían equipajes similares. Aquello le dio seguridad. Se cuadró, mirando la punta de sus zapatos. Cuando levantó la cabeza lo hizo con aplomo y la mejor de sus sonrisas. Comenzó a dar la mano y despedir a los pasajeros, que ni siquiera se fijaban en las personas que les habían servido las últimas semanas.

Sólo quedaban unos minutos.

Cogió la maleta y bajó por la pasarela junto a varios compañeros. Se despidió de ellos con un gesto de la mano, prometiendo llamar para salir por ahí un día de estos. Tomó el ascensor, que en el planeta llamaban orbital, para pisar la superficie del planeta.

Unos pocos segundos.

La puerta del ascensor se abrió. La luz del sol le deslumbró, pero siguió andando. Estaba en casa, y sólo tenía que ensamblarla en una carcasa para que su amor estuviera a su lado. ¡Qué estúpida esa ley que no permite el viaje interestelar a las IAs!

Esta vez su sonrisa era sincera.

2014

2014

Sacó su smartphone del bolsillo de la chaqueta y miró la hora. Llegaba con retraso. Comenzó a subir los escalones que daban a la puerta de la iglesia mientras apagaba el teléfono y le quitaba la batería. Toda precaución era poca.

Empujó la puerta de madera antigua, grasienta por miles de manos, y saltó el travesaño inferior sin demasiada gracia. El interior del templo era fresco, sintió la humedad del ambiente subirle por las pantorrillas. La sacudió un escalofrío y deseó que hubiese parecido cosa del fervor religioso.

Al pasar al lado de la pila bautismal deceleró el paso. Miró el agua con aprensión. Después, volvió sus ojos alrededor. Decidió que no la observaban y continuó andando sin mojar sus dedos y santiguarse como era preceptivo.

Buscó un hueco en las bancadas de las primeras filas. Aquellas tenían un acolchado del que carecían los puestos de atrás. Llevaba una falda plisada de un largo coqueto, así que prefería no tener que apoyarse sobre la dura madera.  Al lado del púlpito, con un catecismo en la mano, estaba Sergio. Le sonrió al acercarse, pero siguió con su discurso. No, no hablaba sobre religión. Hablaba sobre censura, privilegio del poder, libertad individual y reparto justo de la riqueza. De hecho, era el mismo discurso de siempre. A ella le parecía que había que hablar también de otros temas, como la igualdad entre sexos. Estaba harta de tener que llevar encima su DNI y el salvoconducto firmado por su padre y validado por un chupatintas del estado que decía que era una mujer sensata y honrada y que podía ir por la calle sin compañía masculina. En sus sueños solía destruir ese documento; lo quemaba, lo trituraba, lo hacía añicos con sus propias manos.

Se sentó en la segunda fila, procurando no mirar a la cara a los demás presentes. Sabía que el Padre Román estaba allí, de pie junto al confesionario, pero tampoco lo miró. No era vergüenza, sino más bien aprensión. Sabía que lo que hacía era un delito. Pero sentía que no hacerlo era un crimen.

La reunión estaba terminando. Aquel día se habían librado de la presencia de la policía, así que se había ahorrado el fingir que estaban rezando.  Ella no escuchaba. En ese sentido, sí que estaba usando la iglesia del mismo modo que los feligreses. Sólo que con otros Dios y otro Credo.

Un golpecito sobre sus rodillas la devolvió a la realidad. Bajó los ojos y vió que tenía en el regazo un tomo de la biblia bastante voluminoso. Desde el púlpito Sergio hablaba de tender la mano al hermano musulmán, de acoger la fuerza de la sharia. El califato no puede ser peor que lo que tenemos, argumentaba.  Algunos de sus camaradas asintieron. Ella negó lo con la cabeza. No se daban cuenta no sólo que no era una mejora, si no que sin una imagen de democracia jamás los aceptarían en la Unión Europea. Necesitaban una segunda fuerza internacional para no depender tanto del capricho de Estados Unidos.

Abrió la biblia. En un hueco recortado de las páginas había una pistola. Le habían asignado una misión de sangre. Cerró la tapa con un golpe seco y levantó la vista. Sergio le guiñó el ojo desde el púlpito.

Tenía miedo. Los golpes de sangre eran peligrosos. La Ley Carrero para la seguridad ciudadana, impulsada por el Segundo Generalísimo tras un atentado fallido, era extremadamente dura. Cualquiera podía desaparecer en cualquier momento: terrorista, socialista, comunista, espíritu libre. No importaba. Y los atentados en Europa por los islamistas lo habían vuelto aún más peligroso… Tenía mucho miedo.

Ella no había votado aquello. No estaba convencida de tener la superioridad moral suficiente para matar a alguien, aunque fuera un asesino. Sí, creía que tenían que cambiar las cosas. España llevaba ochenta años sin cambiar lo más mínimo. Pero veía el camino de la fuerza y se sentía sucia.

Dejó la biblia a un lado, se levantó sin cruzar la mirada con nadie y salió de la iglesia. Sus pisadas resonaban con una acusación manifiesta.  Al pasar por su lado, el Padre Román le rozó el brazo. Ella le miró y asintió levemente.  Tenía un turno de confesión.

En lo alto de las escaleras de piedra sacó su móvil, le puso la batería y lo encendió. La primera notificación que le llegó era de la Red Oficial de Noticias del Estado. Era una fotografía del Cuarto Generalísimo con Lady Gaga. A ella se la veía abiertamente incómoda. Aquella imagen le hizo sonreír.

Una broma

unaborma

–No lo entiendo –decía Kah Sdra mientras le ajustaban las cadenas –. Ese chiste me lo contaba mi abuelo.

–Lo sé, Kah –respondió su abogado atusándose el flequillo –. Has tenido mala suerte.

–Sabes que fue veterano de la campaña de S8B14. Él estaba allí cuando el tío del Emperador… ya sabes. –Se mordió el labio y su mirada se desvió al botón superior de la casaca del letrado. No quería empeorar su situación.

–Es para que sea ejemplarizante.

–Lo sé. Pero aún así… ¿no es demasiado? Quiero decir… Destierro de por vida a la colonia 4Luv3RC, que está en construcción, y sin ciudadanía. –Se le escapó una lagrima. Se acababa de dar cuenta de que lo había perdido todo. –Sólo era una broma.

–Ya lo sé –respondió él con un suspiro exhasperado –. Ha sido un mal momento. Con el auge de la resistencia en el sistema S8, lo último que necesita el Imperio es parecer endeble. Piensa en la cantidad de escándalos están estallando últimamente alrededor de los Consejeros Imperiales. El tema de las miles de dosis de Extreyas cargados al presupuesto del Consejo de Guerra, por ejemplo… Las cosas están mal para la estabilidad Imperial. –Kah le miró sin entender –. Eres su cortina de humo.

Dos guardias entraron por la puerta. Llevaban el uniforme completo de asalto, como si Kah fuera el criminal más peligroso del Imperio. El más alto hizo un gesto con la cabeza al abogado.

–Es el momento, Kah –le aleccionó el letrado –. Intenta sonreír mientras te llevan al transbordador. O al menos mantente recta. Si puedes hacer como que has llorado, mejor. Eso les dará una semana más de portadas paternalistas. Y puede que te llegue algo de solidaridad popular. Algún recurso, dinero, consejos.. Vas a necesitar de todo allí a donde vas.

Nuevas Compañías

Nuevas compañias

Riss llevaba horas emboscando a un emboscado. Uno al que se le deba muy mal lo que estaba haciendo. Solo una persona muy despistada pasaría por alto aquella armadura negra mate y aquel pelo antinaturalmente rojo. Pero el mayor problema era su actitud. Todo él exudaba empeño en esconderse y alguien medianamente perceptivo oiría su tensión desde lejos.

Aquello le hacía gracia. Le atraía, del modo insano que los accidentes mortales atraen a las multitudes. Que aquel guerrero se acariciara de tanto en tanto  la muñeca y suspirara sólo aumentaba su encanto. Era como si el pobre llevase en la espalda la marca amarilla que entre los raterillos de su ciudad significaba “panoli”.

De hecho, aquel hombre tenía todos los números para morir.

Le pareció oir la Voz de la Diosa de nuevo. “Salva tres vidas y serás salvado”. Suspiró. ¿Acaso tenía otro remedio? Si había alguien en este plano que diera la bienvenida a todo tipo de baza para seguir vivo, era él. Además, era tan simple como evitar que se suicidara.

Se acercó al guerrero por la espalda. Estaba siendo sigiloso – era algo natural en él – pero si hubiese sido un jabalí en estampida, habría dado lo mismo. El hombre sólo tenía ojos para el camino. Estaba tan concentrado que Riss se permitió trepar al árbol más cercano y sentarse sobre una rama gruesa, prácticamente sobre su cabeza pelirroja.

–Bueno ¿A qué estamos esperando, amigo? –dijo socarronamente.

El guerrero se envaró y lanzó a Riss una mirada larga, evaluativa, con la que pretendía saber si el joven era peligroso, pero también transmitir una amenaza. Desde su asiento en la rama, Riss sitió una aprensión instintiva que no supo definir. Tal vez se había equivocado y aquel hombre no necesitaba ayuda.

Los hombros del pelirrojo se relajaron ligeramente mientras su vista volvía al camino.

–A una recua de esclavos –dijo con voz ronca.

La sonrisa de Riss desapareció por completo. Saltó de su rama y se puso al lado del guerrero.

–¿Esclavos? Están prohibidos desde antes de la Revolución

El guerrero soltó un bufido divertido y condescendiente

–Te sorprendería la cantidad de cosas que no deberían seguir existiendo y que aún pululan por ahí, chico. – Un brillo intermitente captó la atención de los dos.  –Ahí vienen – terminó  con una sonrisa inquietante.

Riss frunció el ceño. No es que imaginara cómo debían ser los esclavistas, pero aquellos reflejos no podían significar demasiadas cosas y ninguna era lo que había esperado. Armaduras pesadas bien lustradas, lo que significaba soldados entrenados y bien equipados, o estandartes metálicos, lo que implicaría que estaban bajo la protección de poderosas casas nobiliarias. O incluso peor, estandartes de cristal. Si eran de cristal, probablemente habría al menos un mago de combate.  En todo caso, lo que se avecinaba le inspiraba la misma confianza que la palabra de un Oeshi.

–¿Qué sabes de esos esclavistas? –La voz de Riss sonó más insegura de lo que había calculado. El guerrero arqueó una ceja.

–Absolutamente nada.

RIss le miró y se contagió de aquella sonrisa segura y afilada.

–Veo que eres todo un estratega. Como a mi me gusta.

Hizo un gesto vago de despedida y se escabulló entre la maleza. Al guerrero no pareció importarle. Su plan de todos modos no contaba con ningún joven aventurero.

Lo que vio Riss en el camino, desde su puesto entre las copas de los árboles, sí que cuadraba con la idea que tenía de unos traficantes de esclavos. Personas que en algún momento fueron asaltadores de caminos, cuatreros o, en el mejor de los casos, mercenarios. Hombres y mujeres que habían sido realmente duros, pero que la vida había masticado para escupirlos luego. Algunos habían sido derrotados por sus heridas, otros por sus adicciones, algunos por algún rival que los había despojado de su honor o su reputación. Todos tenían la misma mirada de hastío. La mirada de los aquellos que ya han perdido suficiente. Tenían por única ilusión vivir un día más y, tal vez, poder beber hasta perder el sentido otra vez. Contó media docena de  guardias para un grupo de unos veinte esclavos.

No había una sola armadura pesada. Ningún estandarte. Nadie validaba o protegía a aquellos hombres. Riss sintió un pinchazo en el pecho. Le costó unos momentos identificar que se trataba de un difuso orgullo.

Los presos –se negaba a pensar en ellos como esclavos– eran todos hombres. Estaban atados entre sí por las cinturas formando una especie de racimo de derrota. Los había jóvenes y ancianos, había varios todos de pelo, distintas pieles, pero la misma mirada vacía. No se buscaban entre sí, sólo caminaban en silencio.

En la parte media de la recua sobresalía un hombre. Caminaba mucho más erguido que los demás y la parte derecha de su cabeza lanzaba destellos metálicos. Sólo cuando se acercaron más Riss se dio cuenta de que una parte importante de aquel hombre estaba moldeada en metal inserto en la carne. El que brillaba estaba en la cabeza, pero también se veía en la cara, el cuello y al menos un brazo. Aquel hombre no estaba derrotado, estaba resistiendo.

Al final del grupo, rodeado por dos guardias, había otro hombre. Era muy alto, y tenía los huesos fuertes, marcados en su mandíbula y pómulos. Su mirada se perdía en el horizonte y daba una sensación general de cierta estulticia, una fuerza sin cerebro. Aquel hombre sin embargo no estaba derrotado ni se dejaba guiar como ganado. Aquel hombre estaba esperando.

El guerrero pelirrojo salió a mitad del camino con pasos elásticos, bloqueando el camino. Era un solo hombre, pero su presencia imponía como si fuera un pequeño ejército.  Riss preparó sus cuchillos arrojadizos. La triste comitiva se acercaba al pelirrojo, que llevó su mano lentamente a la empuñadura de su espada. Una de las dos guardias de la cabeza, una mujer de cabello rubio sucio con una cicatriz que le cortaba el labio, se adelantó para hablar con el guerrero. Estaba demasiado lejos para escuchar la conversación, pero Riss se dio cuenta de que no estaba siendo cordial. La tensión se dejaba ver en la postura de ambos, y era tan patente que incluso los presos se removieron inquietos.

El guerrero desenfundó su espada con un gesto calculado que la hizo soltar un gemido funesto. Al tiempo, la esclavista se llevó la mano a la parte baja de su espalda y blandió un alfanje, corto pero robusto.  Ambos contendientes se midieron unos segundos antes de abalanzarse el uno sobre el otro.

El resto de guardias también desenfundaron sus armas. Dos de ellos –uno de cada grupo, como un movimiento ensayado– avanzaron para apoyar a la esclavista que contenía a su oponente con eficacia, pero con esfuerzo. En ese momento el hombre metálico, que en la mente de Riss ya se llamaba Hombre de Hojalata, agarró del cuello con una mano centelleante al guardia que quedaba y lo alzó sin esfuerzo. Éste pataleó unos segundos antes de caer al suelo, desmadejado.

El golpe del cuerpo de su compañero llamó la atención del puesto de retaguardia, un hombre de melena ensortijada tan negra como su piel. Dio dos pasos  temblorosos en dirección al cadáver. El hombre gigantesco sonrió muy lentamente98i. Pasó la cuerda que le unía al resto de los esclavos sobre la cabeza del hombre que llevaba días burlándose de el y apretó con saña hasta que sintió que sujetaba un peso sin vida.

La situación para el guerrero pelirrojo era más peliaguda. La esclavista rubia había recibido unas pocas heridas superficiales, pero aguantaba apoyada por sus compañeros. El guerrero tenía que repartir su energía para bloquear los golpes. La rubia atacaba con toda la fuerza de su diestra. A su lado, un espadachín zurdo de barba rala mantenía al pelirrojo a distancia con un acero recto de gran tamaño. Estaba flanqueado por los otros dos guardias: una mujer robusta de piel olivacea que atacaba con dos hachas dobles y un hombre extremadamente delgado de pelo pajizo que parecía usar dos espadas cortas con movimientos amplios pero rápidos.

Riss lanzó su mejor daga, que se incrustó en el cuello del esclavista rubio. Éste soltó sus armas y buscó el cuchillo con las manos justo antes de caer. Riss no pudo evitar una mueca de disgusto. Había fallado el tiro.

La distracción permitió al guerrero pelirrojo superar la defensa del hombre de la espada larga, despachándolo de una estocada en el corazón. En ese momento una de las hachas de la más baja de las esclavistas que quedaban se enganchó en una junta de la armadura del guerrero. Éste apretó los dientes mientras seguía defendiéndose de las embestidas furiosas del alfanje. La esclavista morena plantó su pie sobre las costillas del guerrero y estiró. Una pieza de armadura del brazo del guerrero salió despedida. El pelirrojo lanzó un grito preñado de dolor.

–¡Bastarda! –gruño mientras se giraba hacia a ella. Riss creyó ver un reflejo rojo en sus ojos.

El guerrero arremetió de frente, seguro de la superioridad de su blindaje. Alcanzó a la  esclavista morena y cerro su brazo desnudo alrededor de su cintura. En ese momento la mujer comenzó a gritar de dolor. La esclavista rubia aprovechó que el pelirrojo le daba la espalda para alzan su arma. Riss lanzó su segunda daga, que se estrelló contra la hoja del alfanje.

La mujer morena comenzó a arder. Sus gritos agónicos y el olor de la carne quemada colapsaban los sentidos de todos los que estaban cerca. Su compañera tuvo que contener  nauseas y  lágrimas al tiempo.

Riss saltó de su rama con dos dagas en las manos, dispuesto a dar el apoyo que hiciera falta. El guerrero pelirrojo soltó el esqueleto carbonizado de la mujer de las hachas y noqueó a la otra con un golpe seco con el codo, aprovechando su conmoción. Quedó tendida en el suelo, con la parte izquierda de la cara ensangrentada.

El guerrero recuperó su pieza de armadura y se la colocó con un gesto de alivio. A continuación, hincó una rodilla en el suelo al lado de la mujer inconsciente.

El grandullón, que se había arrancado las ataduras, se acercó pesadamente a la esclavista rubia y le hundió la cabeza de un pisotón.

–¿Por qué has hecho eso, bestia estúpida?– gritó el pelirrojo –. La necesitaba para encontrar a Blythe.

El Hombre de Hojalata, que se dedicaba a cortar las ataduras de los demás esclavos, levantó la cabeza al oír aquel nombre.

–No necesitabas –gruñó el hombretón –. Tu dices “bestia estúpida”. Ellos piensan también. Y hablan. Bestia estúpida sabe cosas. –Sonrió beatíficamente.

El hombre de Hojalata se acercó al guerrero pelirrojo, que volvía a acariciar la trenza de cabello que llevaba en la muñeca.

–Esa trenza es suya, de Blythe –dijo suavemente –. Reconozco el engarce que la cierra… ¿De qué conoces a mi hermana, guerrero?

El pelirrojo le mantuvo un momento la mirada. Parecía incómodo, sin saber qué responder. Un movimiento a la espalda de aquel hombre parcheado de metal le llamó la atención.

–¿Dónde crees que vas, Bestia? –recriminó el guerrero al hombre gigante, que se iba en silencio.

El hombretón no le miró ni ralentizó su marcha. Simplemente siguió su camino.

–No le llames Bestia –dijo Riss, evaluando al grandullón –. Puede que les llamen monstruos, u ogros, pero las personas como él son humanos. Completamente. –El hombretón se paró para mirarle. El joven le sonrió. –Tendrás familia. Y un nombre, ¿a que si?

–Ceim. –Se pensó la siguiente respuesta. –No hay familia.

–¿A dónde vas, Ceim?

–Al oeste. –De nuevo pareció pensar si decir lo siguiente. –No hay familia, pero hay amiga. La llevaron con las otras chicas. Ceim la busca.

Riss se giró para mirar a los otros dos hombres. Dibujó una sonrisa encantadora.

–Parece que los cuatro tenemos el mismo camino.  Personalmente, no pienso dejar que unos bastardos trafiquen con la gente. Y no se a vosotros, caballeros, pero a mi me encantaría teneros por compañía.

Se estaba arriesgando. Aquellos hombres eran extraordinarios y le vendrían bien en el oeste. Y eran tres, como decía la Voz de la Diosa. Aunque él no los había salvado, precisamente. Quería la ventaja que suponían todos aquellos músculos extra. Y en el fondo, sentía que molestar en todo lo posible a unos esclavistas era lo correcto. Podía venderlo como lo que hiciera falta. Observo la actitud de cada uno, y le sorprendió intuir que su bravata estaba calando.

Los cuatro se miraron entre sí y, uno a uno, asintieron. Irían al oeste juntos.

–Alguien debería acompañar a estos hombres a su casa, ¿no os parece? –comentó el guerrero refiriéndose a los hombres recién liberados.

Los cuatro se miraron. Ninguno quería dar a ese rodeo, pero tampoco querían decirlo.
Un anciano se adelantó de entre el grupo de presos.

–No os preocupéis por nosotros. Sabemos volver.

El resto de ellos asentían con un murmullo de aprobación. Riss les sonrió. Se acercó al anciano y le puso una mano sobre el delgado hombro, en un gesto de apoyo.

–Gracias. Vuestro valor salvará a los vuestros –le dijo suavemente.

–Ten cuidado, chico. Vas a viajar con tres monstruos –respondió el anciano con preocupación –. Yo no querría.

 

Los cuatro se dirigieron hacia el oeste. Sabían que había muchas cosas temibles en esa dirección. Sobre todo si llegaban a las Ciudades de los Muertos. Riss se quedó un poco retrasado, junto al guerrero pelirrojo.

–¿Puedo preguntarte algo? –comenzó.

–Suéltalo, chico.

–Riss –corrigió él –. Mi nombre es Riss. – Tomó aire. –¿Eres un dragón?

El caballero soltó una risita

–Muy perspicaz. Si. Soy un Caballero Dragón.

Riss le miró de nuevo, parándose en el color de su pelo y el brillo casi febril de sus ojos

–Pensaba que ya no quedaba ninguno.

–Ya te lo dije. Te sorprendería la cantidad de cosas que no existen y que aún andamos por ahí.

Riss se humedeció los labios, dubitativo.

–Y es verdad que, sin la armadura….

–¿Nos quemamos? –terminó el guerrero –. Si.

–Oh –respondió Riss, pensando en lo mucho que eso podía complicar la relación de su nuevo amigo con su amada.

Sigue la luz

sigue la luz

Luz se apoyaba indolentemente en aquella maleta-trolley rosa fucsia que tanto detestaba. De nuevo en aquel piso antiguo de molduras blancas, techos altos y suelos de madera oscura que crujían como las tripas de una bestia centenaria.

Llevaba casi diez años siguiendo aquella tradición de mudanzas estacionales. Primavera en la ciudad con sus abuelos maternos, verano la playa con su padre, otoño en el ático de su padrastro y finalmente invierno en aquella especie de cueva decimonónica de su abuela paterna, a la que no veía nunca ni aún viviendo en el mismo lugar. Un ciclo eterno de aburrimiento que la llevaba a no sentirse cómoda en ningún sitio y la preparaba para independizarse en cualquier momento.

De todos los lugares en los que había vivido, aquel piso era el peor. Era frio y muy grande. La puerta de entrada daba a un hall con una pequeña mesita en la que sólo cabía un centro de mesa de plástico, y dos sillas estilo Luis XVI blancas y doradas. Tenía dos alas. La derecha era la que ocupaba la abuela. Sólo tenía permiso para llegar a las dos primeras puertas: la cocina y la despensa. El resto era terreno prohibido, anatema geográfico. Su espacio era el ala izquierda. Lo primero que tenía era un saloncito que servía de tapón al pasillo que conducía a una pequeña biblioteca, una enorme habitación y un baño alicatado en blanco y azul que podrían utilizar diez chicas como ella sin estorbarse.

Resopló para apartar de sus ojos un mechón rojizo. Esperaba a que su abuela se dignase a acercarse y recibirla. La vio llegar por su pasillo, como viniendo de otra dimensión, una mujer cuya edad no sabría calcular, que miraba más allá de ella y que era incapaz de llamarla por su nombre.  La muchacha se apartó de la maleta y se acercó a la anciana, que le dio dos besos sin contacto, dejándole las fosas nasales colapsadas con su aura de talco.

Le habían dicho que era igual que su abuela de joven, pero ella lo dudaba muchísimo. No veía en aquella mujer enjuta, seca de trato y parca en palabras nada que quisiera pensar que había en sí misma. Su abuela era un entidad primigenia que existía tal y como existen los elementos naturales y a la que no se le podía imaginar un alma humana. Era mejor asumirlo y seguir adelante.

Miró cómo su abuela se alejaba de nuevo y, resignada, se dirigió a su cuarto haciendo rebotar las ruedas de su maleta por la madera con un sentimiento de rabiosa rebeldía adolescente, alegrándose de romper la perfección apolillada del entorno. Se detuvo un momento ante el cuadro de sus pesadillas infantiles. Cogió aire, enderezó sus hombros y se dijo a si misma que no había nada que temer. Ya no era una niña.

Era un cuadro grande con un marco pesado lleno de volutas negras y brillantes que parecían  sospechosamente orgánicas. La pintura reproducía la habitación en la que estaba, demostrando que toda la casa estaba congelada en el tiempo y que ella, simplemente, sobraba. La única diferencia entre el cuadro y el saloncito era la iluminación. El salón recibía mucho sol durante gran pare del día, pero el cuadro era muy oscuro. Daba la impresión de que se había pintado en un momento en el que el sol, la luna y las estrellas se hubieran apagado de golpe y se pudiera ver exactamente la fuerza de la existencia de cada objeto. Aquello ya era bastante inquietante por si mismo, pero aquella chica pelirroja que creía haber visto varias veces en distintas poses y lugares a lo largo de los años acababa de hacerlo espeluznante.

Claro que, ahora que ya tenía dieciséis años, sabía que aquello no eran más que tonterías, imaginaciones de una niña pequeña sola en un mundo demasiado grande. Y sin embargo, hacía esfuerzos por no pestañear.

Luz no podía dormir.  Conocía bien la sensación de extrañar la cama, y sabía que no era eso lo que le impedía conciliar el sueño. Lo que la estaba enervando era un sonido ahogado, como si alguien rascase una tela. No había descansos en el sonido, pero tampoco era constante. Parecía claro que lo producía algo vivo.

Desesperada por el cansancio, decidió averiguar qué pasaba. Descolgó sus pies por un lado de la cama, demasiado alta, que la hacía sentirse insignificante, y saltó.Tanteó la pared en busca del interruptor, lo accionó pero solo recibió un click. Volvió a intentarlo un par de veces más, pero quedaba claro que no funcionaba. Cogió su teléfono, que había puesto a cargar, pero tampoco consiguió nada de él. La batería estaba agotada; no podría usarlo para alumbrarse aquella noche. Suspiró. La abuela habría olvidado conectar la electricidad de aquella parte de la casa.

Abrió con esfuerzo los postigos de su ventana y comenzó a buscar alguna linterna, pero la único que encontró que una palmatoria con una vieja vela. Dudó un segundo. El fuego era una de las prohibiciones de su abuela. Fuego, luces encendidas fuera de la habitación en la que estaba… la lista era larga. Pero había algo urgente en el sonido, algo que le empujaba a desobedecer las normas. El olor a azufre y carbón de la cerilla inundó la habitación, recordándole el infierno, mientras ella encendía la vela.

A la luz de la pequeña llama, las sombras en los pasillos se convertían en algo móvil e impredecible. Los sueños dormidos y polvorientos cobraban vida en los rincones y su corazón latía con un ritmo irregular, incapaz de coordinar las órdenes de calmarse que le daba su mente y la aprensión involuntaria. El sonido le guiaba hacia el saloncito. Sentía que se le erizaba el cabello a cada paso que daba.

Abrió la puerta despacio y coló la vela en el salón. El titilar de la luz se unía al temblor de su mano. La estancia estaba vacía pero el rasgar seguía, nítido, fuerte. Giró su cabeza hacia la chimenea, buscando siempre a procedencia del ruido.

Una mano muy blanca arañaba el cuadro sobre la chimenea. Una mano humana, joven, estilizada, muy similar a la suya. Y, tras la mano, el rostro triste de una chica pelirroja que podía ser perfectamente ella misma.

Luz respiraba superficialmente. Una lágrima inadvertida resbalaba por su mejilla, y sentía que perdía toda su estabilidad. Antes de darse cuenta de lo que hacía, corría hacia el cuadro con la vela por delante. No sabía que quería hacer, si quería confirmar lo que veía, asegurar lo imposible.

Luz aplicó la llama de la vela a la base del marco que tanto había odiado. La chica del cuadro había parado de rascar y le sonreía. El marco se retorció bajo el calor del fuego con un chirrido agudo, como si estuviera quemando la muda de un insecto gigante. Un grito sonó en las habitaciones de la abuela.

El cuadro prendía con rapidez, emitiendo una especie de chillido agónico. La danza del fuego era hipnótica para Luz, que observaba todo, paralizada. La chica del cuadro veía como su mundo se destruía con una expresión de paz.

De pronto sintió una garra en su hombro que la obligó a girarse. La mano esquelética, calcinada, de la abuela manchó de hollín su pijama y alcanzó a ver en el fondo de sus ojos vacíos una llama de odio puro justo antes de que la criatura que llamaba abuela se desplomara convertida en cenizas.

Los flashes intermitentes de los servicios de emergencias se colaba por la ventana. Alguien apuntaba una linterna a sus ojos.

—Sigue la luz, guapa —le decía una voz tranquilizadora.

 

Reto Anual: 2016, Un aÑo Fantástico

Hoy vengo a proponer un reto de lectura para este 2016. Se trata del reto “un aÑo fantástico”.

¿En qué consiste?

En leer 16 libros de fantasía en español (es decir, escritos por autores españoles o latinoamericanos)  durante 2016.

¿Como me uno?

Muy sencillo: déjame un comentario en esta entrada y te listaré. Será necesario también que llevéis a vuestro Blog este banner:

reto_fantastico_2016_danza_de_letras

 

¿Que libros puedo leer?
Cualquier libro de fantasía de autores españoles o latinoamericanos serviría, pero os dejamos una lista de posibilidades para que os inspiréis. Atención porque esta lista puede variar y alargarse a lo largo del año. ¡Os reto a descubrirnos más títulos!

Los Hijos de los Dioses de Paula de Vera
El Poder de la Oscuridad (Los Hijos de los Dioses II) de Paula de Vera
La Hija del Oráculo (Landeron I) de Paula de Vera
Bienvenidos a Lúcido de Marta Conejo
Mis Alas por un Besode Marta Conejo
Animales Nocturnos de Valeria Marcon
El amuleto de Abraxas de Guillermo Mozos
El amuleto de Sangran (El fin de la quinta época I) de J.C. Surt
Tiempo de oscuridad (El fin de la quinta época II) de J.C. Surt
Metanoia de Dioni Arroyo Merino
Los ángeles caídos de la eternidad de Dioni Arroyo Merino
El sabor de tu sangre de Dioni Arroyo Merino
Gótica y erótica de Dioni Arroyo Merino
Historias que no contaría a mi madre de R.R. López
Cuatro caminos hacia el Hades de R.R. López
Imposible pero incierto de R.R. López
La leyenda de los cielos 
de Ismael Contreras
Los cuentos del árbol viejo de Ismael Contreras
El último ángel de Ismael Contreras
Donde lloran los dragones de Ismael Contreras
El triángulo escaleno de David F. Cañaveral
Dados de cristal de David F. Cañaveral
Elora y la sombra sobre Lúmenor de Pilar Barrios
Anatomías secretas de Hermandad Poe
SECBRA. (Desterrados #1) Beca Aberdeen
Divididos por cero de Arturo Maciá Morant
También hay caballos blancos de Charo Cortés
XIII Reinos: la extraña herencia de Mei L. Rodríguez
La última luz de Hermanos Juramentados de la Espada Negra
El reino de Akaba de Faustino Cuadrado Valero
El lado mágico de la luna de Úrsula Ramos
La caída de Luminion (Universo Luminion 1) de Jaime Blanch
La Esperanza de Luminion (Universo Luminion 2) de Jaime Blanch
El despertar de Aenon (Universo Luminion 3) de Jaime Blanch
Los años oscuros (Universo Luminion 0.5) de Jaime Blanch
La reina de Luminion (Universo Luminion 4) de Jaime Blanch
Sentimientos de cuero y acero (Anheron 1) de Jorge Diez Miguélez
La ruptura del equilibrio (Anheron 2) de Jorge Diez Miguélez
Póker Kingdom de Verónica Cervilla
Escala de grises de Vélez del Río
En busca del símbolo de Conchi Sánchez
La leyenda de Peter y la Profecía de la Salvación de Gustavo Vargas Murcia
Todos los nombres de Maddi de César Narganes
Aras. Leyendas de la Ciudad Blanca 1. Las ruinas de Aras de Jaume Castejón
Aras. Leyendas de la Ciudad Blanca 2. La corona perdida de Jaume Castejón
Aras. Leyendas de la Ciudad Blanca 3. Los mercenarios rojos de Jaume Castejón
Aras. Leyendas de la Ciudad Blanca 4. El trono de Aras de Jaume Castejón
Destino de hada de Sara Herreras Castel
Missisipi Ghost Blues de Nadia Orenes Ruiz
La máquina de soñar de Nadia Orenes Ruiz
Anatema. La selva de los tristes de Marcos Llemes
El libro de las historias fingidas de Pedro de Andrés
Sangre Oculta:  Toda Luz Crea Sombras de Beatriz Blanco Fuertes
El Misterio de Shira: Jaque a un sueño de Beatriz Blanco Fuertes
Iniciación (Viajes a Eilean 1) de Gemma Herrero Virto
Arcanos (Viajes a Eilean 2) de Gemma Herrero Virto
La ley de lo triple (Viajes a Eilean 3) de Gemma Herrero Virto
Siri Ocra y el mundo de lo Absurdo de Carolina Olivares Rodríguez
La profecía de Gaia (Las fabulosas aventuras de Kiso Maravillas I) de Isabel de Navasqüés
Azul. El poder de un nombre: Samidak de Begoña Pérez Ruiz
Vampyra de Claudia Córdoba
Cuentos de las tierras olvidadas de Claudia Córdoba
Memorias de Akasha de Rodrigo Oliveri
Leyendas de Erodhar 01 – La Vara de Argoroth de Cosmin F. Sitrcescu
Orfus: el Ocaso de los Or´Uka de Cosmin F. Sitrcescu
Sweeney Todd o el Collar de Perlas de Lucian F. Vaizer
Las Crónicas de Elereí 1 – La Era de la Oscuridad de J.R. Navas
Las Crónicas de Elereí 2 – Las Profecías de Nêrn de J.R. Navas
Pentáculo de Sangre de Jessica Herrera
Cazador de Sangre de Jessica Herrera
Augurio de Sangre de Jessica Herrera

Participantes

Lidia Weasley de Literatura de los dormidos despiertos.
Isa Lot de Océanos de Páginas.
Snaedis de Historias bajo la Lluvia.
Dulwalker de Cazadores de Libros.

¡Me uno a la AutumnThon 2015

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y la imagen ya la tenéis. Sin embargo yo no me termino de creer el dicho, así que ahora os explico de qué va todo esto.

La AutumnThon es una iniciativa conjunta de tres blogs: Imperfect books, La búsqueda de papel y Lectora de 1994 y, como su nombre indica es una maratón de lectura otoñal. Eso sí, una maratón no muy rápida. Se trata de leer 15 libros que cumplan 15 premisas. Un libro por premisa, me parece que lo contrario sería trampa. Para conseguirlo, tengo del día 1 de septiembre hasta el 1 de enero.

Han habilitado también el hagstag #Autumnthon para que podamos comentar como vamos con este reto por las redes sociales.
Las premisas del maratón son:

1. Libro con la portada negra (Dark power xD).
2. Libro en el que haga frío (Que se note que winter is coming).
3. Libro con más de 400 páginas (material de construcción).
La corte de los espejos
4. Libro con la portada verde. Tres corazones, dos cabezas y un verdugo.
5. Libro con un título largo (6 o más palabras).
 Historias que no contaría a mi madre
6. Libro donde un personaje haya estado enfermo. Oasis
7. Libro con una portada bonita.
8. Libro con un árbol en la portada. Tierra de Aves Negras
9. Libro en el que haya un romance.
10. Libro con menos de 250 páginas.
Luna roja en Manhattan
11. Libro en el que salga un animal (no sirven personas que lo parezcan).
Alicia en el país de las maravillas
12. Libro con un protagonista masculino. Cautivo de las tinieblas 
13. Libro clásico (cada uno lo que considere clásico). El Golem
14. Leer un libro pendiente de hace mucho tiempo (ese que cuando lo ves te da cargo de conciencia, ese). El círculo
15. Libro con una adaptación cinematográfica o de televisión. Psicosis

Para motivarnos un poquito más, las organizadoras sortearán 15€ en bookdepository, cumpliendo unos requisitos mínimos que os dejamos aquí abajo:

*Mínimo 10 participantes para que se realice el sorteo.

  • Seguir a los tres blogs (Imperfect books, La búsqueda de papel y Lectora de 1994).
  • Hacer una entrada con la iniciativa dónde pongáis las premisas que vayáis cumpliendo.
  • Cumplir al menos 10 de las 15 premisas (para comprobar que las premisas se cumplen en la entrada de vuestro blog, poned el enlace de la reseña).
  • Poner el banner en vuestro blog.

Ahora que ya sabéis de que va, ¿os animáis vosotros también?

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