Abro lentamente mi ojo viscoso. A mi alrededor los cuerpos inertes de mi familia son acosados por las moscas. Odio el verano.

Renqueo por el cuarto a oscuras. Tanteo la puerta y la abro. Un movimiento llama mi atención al frente y me dirijo allí. Soy yo reflejada en el espejo del baño. Me miro hasta que me reconozco. Para estar muerta, no estoy tan mal.

Voy hasta la cocina y abro la puerta de la nevera, llena ya de marcas de mis fortísimas uñas. Tengo que preparar de comer para los míos. Después mi marido se levantará y se marchará hasta la noche. Él es un deambulador.

Cuando se ha ido, compruebo que todo está bien con los pequeños, que se han alimentado y van andrajosamente vestidos. Los agarro y me marcho. Dejo al mayor a cargo de una cuidadora mientras el pequeño, apenas un bebé, va mordisqueando mi pecho.

Vuelvo a la casa. No soy un buen zombie deambulante, prefiero emboscarme y esperar. Tengo mucho que enseñar a mi pequeño. Qué morder y qué no. Cómo no caerse demasiado.

El tiempo no tiene sentido para mí. Quisiera entenderlo.  El día pasa mientras lo observo con el chiquitín buscando su forma de ser alrededor de mis tobillos. Las moscas zumban a nuestro alrededor buscando los ojos, la boca, las heridas abiertas.

En el momento preciso, salgo de nuevo. Recojo al mayor. Tiene problemas para gruñir correctamente, así que hago cuanto puedo para ayudarle. Este también será un buen deambulador, aunque sus gruñidos suenen a ruido de vivos.

El sol se pone, y el deambulador papá vuelve a casa. No está contento. Nunca lo está. Estamos cansados. Hace calor. Las moscas siguen zumbando, molestas.

Y volvemos a tirarnos en el suelo para pasar la noche, para descansar. Y al menos yo, deseando que sea para siempre.