Danza de Letras

Al son de las palabras

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El Señor de las Bestias. Chamanismo avanzado

El Señor de las Bestias es la primera parte de una saga de terror autopublicada, de la que pronto saldrá la segunda parte. La autora organizó su propia lectura conjunta, con un buen puñado de actividades de dinamización. Le doy las gracias por ello, por elevar la experiencia de lectura a un nuevo nivel.

Durante casi toda su vida, Elisse ha sido acosado por criaturas horripilantes que nadie más puede ver ni escuchar. Desesperado por huir tanto de ellas como de su pasado, decide marcharse de la mística India y buscar pistas de su vida en Nueva Orleans. ¿Su única esperanza? Volver a encontrarse con su padre quien, por motivos desconocidos, tuvo que abandonarlo siendo apenas un bebé.
Pero lo que él no sabe, es que en esa ciudad sepultada por una misteriosa niebla y devorada por furiosos huracanes, se encontrará con mucho más que las respuestas a los enigmas de su inquietante vida: un secreto, tan ancestral como extraordinario, que se oculta entre los pantanos de Luisiana, en los muros helados del cementerio de Saint Louis y hasta en su propia sangre.

No voy a decir que en el apartado gráfico la edición es increíble. Lo es. La autora se dedica profesionalmente al diseño y eso se nota no solo en la portada si no en su forma de afrontar muchas escenas, de un modo muy visual y también preciosista.

Lo cierto es que este libro es muy irregular. Tiene partes maravillosas y sus escenas de terror (oníricas, macabras y estéticas) son su fuerte. Sin embargo también tiene algunas partes que hablan sobre la historia, el entorno o la vida diaria de Elisse que carecen de interés llegando a hacerse algo aburridas. O al menos a mi, a quien también frena bastante la diferencia lingüistica y los localismos (lógicos si tenemos en cuenta que la autora es mexicana y yo española).

En el apartado esotérico, que es muy importante en el libro, el resultado es extraordinario. Está bien investigado y, aunque no se pliega del todo a la realidad de los cultos voodoo y afines, si que consigue que el transfondo se sostenga a fuerza de lógica interna y la dinámica del propio relato.  El tema pseudochamánico también está bien conseguido, y considero fundamentado el desarrollo en entorno budista occidental.

Tengo que agradecer el hecho de que, para ser una primera parte, es bastante satisfactorio. Si, deja cosas por resolver y que habrá que explorar en otros libros, pero el conflicto principal lo cierra y lo cierra bien.

La experiencia de lectura es más que positiva, superior en mucho a la media, a pesar de los inconvenientes que he mencionado.

Recomendado para: Amantes de lo esotérico y el preciosismo
Abstenerse: Gente impresionable y los que no puedan superar los cambios de ritmo o irregularidades en la narrativa

Título: El Señor del Sabbath (La Nacion de las Bestia #1)
Autor: Mariana Palova
Año de edición: 2017
Editorial: Autoeditado

 

Barro. Esa cosa marrón que se mete por todas partes

Barro es uno de esos bolsilibros de la editorial Cerbero que tanto me gustan (estéticamente al menos).  Lo tenía a mano, y además mi hijo menor se encaprichó de él y no hacía más que tirarlo sobre la butaca, así que decidí leerlo en un momento, aprovechando que es novela corta, y apartarlo de sus manitas repletas de babas.

Alicia sabe qué llevará consigo y qué no cuando sus padres deciden cambiar de casa. Sin embargo, hay algunas cosas que quedan fuera de su alcance, como su hermana, su gemela problemática recluida en un centro especial, la única persona a la que quisiera tener a su lado en su nueva vida. Dispuesta a recuperarla, emprende un viaje más allá de las fronteras de lo real, al otro lado de la bruma de los sueños, donde cada uno de los objetos que ha guardado con ella demostrarán su auténtico poder. Y los necesitará, porque en el propio viaje se verá despojada de todo lo que la convierte en Alicia, incluido su propio nombre.

Barro es una novela que parte del realismo estricto ara avanzar hacia un escenario absolutamente onírico, y lo hace de tal manera que realmente tenemos dos relatos separados, en lugar de una realidad que se embebe de la fantasía tal y como a mi me hubiera gustado.

Tal vez soy injusta empezando la opinión con un pero… Pero…

Barro es una obra corta y realmente sin final, que no deja satisfecho en el nivel de “he leído una historia” pero sí (y mucho) en el nivel emocional. Porque es efectista, y efectivo. Y deja la idea de la integración de la protagonista (Alicia) con su contraparte de la que la han mantenido apartada. Pero no cuenta realmente mucho más.  Tal vez este defecto se deba a que es una primera parte de una trilogía. Lo cual es extraño. ¿Por qué una trilogía de novelas cortas en lugar de un único volumen con tres separadores?

En resumen, la sinopsis cuenta la totalidad del libro. Pero aún así la experiencia de leerlo es positiva, porque está bien estructurado, y muestra lo justo para entender al personaje: para que la fantasía tenga sentido.

Y sí, la fantasía es hermosa. Tiene unas imágenes muy interesantes y un simbolismo que merece la pena investigar.

Por último, sí, es una interesante experiencia de lectura que ocupará un par de huecos tontos en tu vida, y lo hará dejándote restos por todas partes, porque es lo que tiene el simbolismo y la fantasía onírica bien planteada. Pero no te hará pensar toda la noche.

Recomendado para: onironautas e interpretadores de sueños, gente que necesite ser removida.
Abstenerse: Gente que necesite que, al final de un libro, le hayan contado una historia.

Título: Barro
Autor: Alicia Pérez Gil
Año de publicación: 2017
Editorial: Cerbero

El despertar de las hadas. Una historia y mil más

Este libro llegó a mi de forma muy curiosa. La autora me pidió que fuera su lectora cero cara a mejorarlo y presentarlo al concurso indie de amazon. Pero entonces surgió el tema del escándalo del concurso de Oz Editorial (si no os enterasteis, decidmelo y os lo explico), y ella decidió que pasaba de concursos, así que lo publicó directamente. Y yo me quedé con la opción de hacerle esta reseña.

En su decimoctavo cumpleaños, Dana solo pide un deseo: que nada cambie.
Es feliz viviendo con sus tíos, saliendo con su novio y leyendo sus libros. No necesita nada más.
Lo que Dana no sabe es que toda su vida se ha basado en una mentira y esa misma noche va a descubrir cual es su realidad. Dana es un hada y la conversión está a punto de empezar.
Su vida anterior y su nueva vida son incompatibles. ¿Cuál elegirá?

Soy consciente de que a la autora no le va a gustar demasiado esta reseña, como no le gustó la puntuación de Goodreads. Lo lamento.

El despertar de las hadas es una novela juvenil cliché. Una joven dotada de algún talento especial (en este caso, bailarina) descubre que es de una raza mágica en su cumpleaños y se reencuentra con el mundo al que realmente pertenece. Tiene que renunciar a su vida anterior y descubrirse a sí misma y sus facultades.  Se debate entre un amor de su antiguo mundo y uno del nuevo… Y salva su nuevo mundo. Típico hasta decir basta.

No estamos ni ante una novela de personajes (la evolución de los personajes principales es casi nula, y los secundarios no tienen personalidad y no se profundiza en sus relaciones) ni ante una novela de mundo (el mundo mágico está dibujado como un fondo nada interesante, poco o nada desarrollado y con obvios huecos). Así que deberíamos creer que estamos ante una novela de trama. Bien, la trama trata de una jovencita que se rebela ante las normas preestablecidas del mundo, es traicionada por aquellos en quien confía y escapa de la muerte para volver ante el malo al que derrota tras la típica escena explicativa del malo tirándose el rollo de lo malo que es, cuáles son sus motivos y cuáles sus planes de futuro. Más o menos como en cualquier película de espías o héroes de los 60.

Mención aparte merece la relación de Dana con su predestinado. La protagonista se encuentra con un chico que le resulta atractivo, pero tiene una relación fuera del mundo mágico. El chico y la sociedad en general actúan como si, obviamente, estuviera escrito que acaban juntos… Y ella se resiste, como es lógico y normal. Al fin y al cabo no han llegado a conocerse. Pero de repente, el muchacho se hace el héroe un poco, luego se muestra un poco vulnerable y acaban triscando. Lo siento, pero no me parece una relación muy creible. Vienen de un rechazo y no han hecho gran cosa juntos que les permita conocerse de verdad. Y muchas después de esto hay momentos de fuerte dependencia, par después que la protagonista piense “empiezo a sentir algo por él”.  ¿Empiezas? ¿Y todo lo anterior que era, una partida de parchís?

Para acabar, quiero hacer un llamamiento a los escritores. No useis el instabombo. Sí, puede ocurrir que una mujer se quede embarazada en su primera relación sexual con un hombre. Pero no es común. Muchas mujeres se pasan meses y meses buscando activamente un embarazo. El instabombo es gratuito, y como recurso está realmente manido, casi rancio.

Así que tenemos una novela juvenil muy metida en el cliché y que necesita mucho trabajo (a pesar de que, al ser juvenil, a una le dan ganas de rebajar la exigencia, lo cual no es sano  ni para lo lectores ni para el género), que sí cumple el requisito de ser una lectura ligera y ágil.

Recomendado para: jovencitas sin mucho bagaje y amantes de las historias que siguen un esquema muy definido. Obsesos de las “hadas-alas-de-mariposa”
Abstenerse: Gente que valora las historias de personajes o los worldbuildings, adultos y otras personucas exigentes.

Titulo: El despertar de las hadas
Autor: Anna Kholodnaya
Año de publicación: 2017
Editorial: Amazon Createspace

Nuevas Compañías

Nuevas compañias

Riss llevaba horas emboscando a un emboscado. Uno al que se le deba muy mal lo que estaba haciendo. Solo una persona muy despistada pasaría por alto aquella armadura negra mate y aquel pelo antinaturalmente rojo. Pero el mayor problema era su actitud. Todo él exudaba empeño en esconderse y alguien medianamente perceptivo oiría su tensión desde lejos.

Aquello le hacía gracia. Le atraía, del modo insano que los accidentes mortales atraen a las multitudes. Que aquel guerrero se acariciara de tanto en tanto  la muñeca y suspirara sólo aumentaba su encanto. Era como si el pobre llevase en la espalda la marca amarilla que entre los raterillos de su ciudad significaba “panoli”.

De hecho, aquel hombre tenía todos los números para morir.

Le pareció oir la Voz de la Diosa de nuevo. “Salva tres vidas y serás salvado”. Suspiró. ¿Acaso tenía otro remedio? Si había alguien en este plano que diera la bienvenida a todo tipo de baza para seguir vivo, era él. Además, era tan simple como evitar que se suicidara.

Se acercó al guerrero por la espalda. Estaba siendo sigiloso – era algo natural en él – pero si hubiese sido un jabalí en estampida, habría dado lo mismo. El hombre sólo tenía ojos para el camino. Estaba tan concentrado que Riss se permitió trepar al árbol más cercano y sentarse sobre una rama gruesa, prácticamente sobre su cabeza pelirroja.

–Bueno ¿A qué estamos esperando, amigo? –dijo socarronamente.

El guerrero se envaró y lanzó a Riss una mirada larga, evaluativa, con la que pretendía saber si el joven era peligroso, pero también transmitir una amenaza. Desde su asiento en la rama, Riss sitió una aprensión instintiva que no supo definir. Tal vez se había equivocado y aquel hombre no necesitaba ayuda.

Los hombros del pelirrojo se relajaron ligeramente mientras su vista volvía al camino.

–A una recua de esclavos –dijo con voz ronca.

La sonrisa de Riss desapareció por completo. Saltó de su rama y se puso al lado del guerrero.

–¿Esclavos? Están prohibidos desde antes de la Revolución

El guerrero soltó un bufido divertido y condescendiente

–Te sorprendería la cantidad de cosas que no deberían seguir existiendo y que aún pululan por ahí, chico. – Un brillo intermitente captó la atención de los dos.  –Ahí vienen – terminó  con una sonrisa inquietante.

Riss frunció el ceño. No es que imaginara cómo debían ser los esclavistas, pero aquellos reflejos no podían significar demasiadas cosas y ninguna era lo que había esperado. Armaduras pesadas bien lustradas, lo que significaba soldados entrenados y bien equipados, o estandartes metálicos, lo que implicaría que estaban bajo la protección de poderosas casas nobiliarias. O incluso peor, estandartes de cristal. Si eran de cristal, probablemente habría al menos un mago de combate.  En todo caso, lo que se avecinaba le inspiraba la misma confianza que la palabra de un Oeshi.

–¿Qué sabes de esos esclavistas? –La voz de Riss sonó más insegura de lo que había calculado. El guerrero arqueó una ceja.

–Absolutamente nada.

RIss le miró y se contagió de aquella sonrisa segura y afilada.

–Veo que eres todo un estratega. Como a mi me gusta.

Hizo un gesto vago de despedida y se escabulló entre la maleza. Al guerrero no pareció importarle. Su plan de todos modos no contaba con ningún joven aventurero.

Lo que vio Riss en el camino, desde su puesto entre las copas de los árboles, sí que cuadraba con la idea que tenía de unos traficantes de esclavos. Personas que en algún momento fueron asaltadores de caminos, cuatreros o, en el mejor de los casos, mercenarios. Hombres y mujeres que habían sido realmente duros, pero que la vida había masticado para escupirlos luego. Algunos habían sido derrotados por sus heridas, otros por sus adicciones, algunos por algún rival que los había despojado de su honor o su reputación. Todos tenían la misma mirada de hastío. La mirada de los aquellos que ya han perdido suficiente. Tenían por única ilusión vivir un día más y, tal vez, poder beber hasta perder el sentido otra vez. Contó media docena de  guardias para un grupo de unos veinte esclavos.

No había una sola armadura pesada. Ningún estandarte. Nadie validaba o protegía a aquellos hombres. Riss sintió un pinchazo en el pecho. Le costó unos momentos identificar que se trataba de un difuso orgullo.

Los presos –se negaba a pensar en ellos como esclavos– eran todos hombres. Estaban atados entre sí por las cinturas formando una especie de racimo de derrota. Los había jóvenes y ancianos, había varios todos de pelo, distintas pieles, pero la misma mirada vacía. No se buscaban entre sí, sólo caminaban en silencio.

En la parte media de la recua sobresalía un hombre. Caminaba mucho más erguido que los demás y la parte derecha de su cabeza lanzaba destellos metálicos. Sólo cuando se acercaron más Riss se dio cuenta de que una parte importante de aquel hombre estaba moldeada en metal inserto en la carne. El que brillaba estaba en la cabeza, pero también se veía en la cara, el cuello y al menos un brazo. Aquel hombre no estaba derrotado, estaba resistiendo.

Al final del grupo, rodeado por dos guardias, había otro hombre. Era muy alto, y tenía los huesos fuertes, marcados en su mandíbula y pómulos. Su mirada se perdía en el horizonte y daba una sensación general de cierta estulticia, una fuerza sin cerebro. Aquel hombre sin embargo no estaba derrotado ni se dejaba guiar como ganado. Aquel hombre estaba esperando.

El guerrero pelirrojo salió a mitad del camino con pasos elásticos, bloqueando el camino. Era un solo hombre, pero su presencia imponía como si fuera un pequeño ejército.  Riss preparó sus cuchillos arrojadizos. La triste comitiva se acercaba al pelirrojo, que llevó su mano lentamente a la empuñadura de su espada. Una de las dos guardias de la cabeza, una mujer de cabello rubio sucio con una cicatriz que le cortaba el labio, se adelantó para hablar con el guerrero. Estaba demasiado lejos para escuchar la conversación, pero Riss se dio cuenta de que no estaba siendo cordial. La tensión se dejaba ver en la postura de ambos, y era tan patente que incluso los presos se removieron inquietos.

El guerrero desenfundó su espada con un gesto calculado que la hizo soltar un gemido funesto. Al tiempo, la esclavista se llevó la mano a la parte baja de su espalda y blandió un alfanje, corto pero robusto.  Ambos contendientes se midieron unos segundos antes de abalanzarse el uno sobre el otro.

El resto de guardias también desenfundaron sus armas. Dos de ellos –uno de cada grupo, como un movimiento ensayado– avanzaron para apoyar a la esclavista que contenía a su oponente con eficacia, pero con esfuerzo. En ese momento el hombre metálico, que en la mente de Riss ya se llamaba Hombre de Hojalata, agarró del cuello con una mano centelleante al guardia que quedaba y lo alzó sin esfuerzo. Éste pataleó unos segundos antes de caer al suelo, desmadejado.

El golpe del cuerpo de su compañero llamó la atención del puesto de retaguardia, un hombre de melena ensortijada tan negra como su piel. Dio dos pasos  temblorosos en dirección al cadáver. El hombre gigantesco sonrió muy lentamente98i. Pasó la cuerda que le unía al resto de los esclavos sobre la cabeza del hombre que llevaba días burlándose de el y apretó con saña hasta que sintió que sujetaba un peso sin vida.

La situación para el guerrero pelirrojo era más peliaguda. La esclavista rubia había recibido unas pocas heridas superficiales, pero aguantaba apoyada por sus compañeros. El guerrero tenía que repartir su energía para bloquear los golpes. La rubia atacaba con toda la fuerza de su diestra. A su lado, un espadachín zurdo de barba rala mantenía al pelirrojo a distancia con un acero recto de gran tamaño. Estaba flanqueado por los otros dos guardias: una mujer robusta de piel olivacea que atacaba con dos hachas dobles y un hombre extremadamente delgado de pelo pajizo que parecía usar dos espadas cortas con movimientos amplios pero rápidos.

Riss lanzó su mejor daga, que se incrustó en el cuello del esclavista rubio. Éste soltó sus armas y buscó el cuchillo con las manos justo antes de caer. Riss no pudo evitar una mueca de disgusto. Había fallado el tiro.

La distracción permitió al guerrero pelirrojo superar la defensa del hombre de la espada larga, despachándolo de una estocada en el corazón. En ese momento una de las hachas de la más baja de las esclavistas que quedaban se enganchó en una junta de la armadura del guerrero. Éste apretó los dientes mientras seguía defendiéndose de las embestidas furiosas del alfanje. La esclavista morena plantó su pie sobre las costillas del guerrero y estiró. Una pieza de armadura del brazo del guerrero salió despedida. El pelirrojo lanzó un grito preñado de dolor.

–¡Bastarda! –gruño mientras se giraba hacia a ella. Riss creyó ver un reflejo rojo en sus ojos.

El guerrero arremetió de frente, seguro de la superioridad de su blindaje. Alcanzó a la  esclavista morena y cerro su brazo desnudo alrededor de su cintura. En ese momento la mujer comenzó a gritar de dolor. La esclavista rubia aprovechó que el pelirrojo le daba la espalda para alzan su arma. Riss lanzó su segunda daga, que se estrelló contra la hoja del alfanje.

La mujer morena comenzó a arder. Sus gritos agónicos y el olor de la carne quemada colapsaban los sentidos de todos los que estaban cerca. Su compañera tuvo que contener  nauseas y  lágrimas al tiempo.

Riss saltó de su rama con dos dagas en las manos, dispuesto a dar el apoyo que hiciera falta. El guerrero pelirrojo soltó el esqueleto carbonizado de la mujer de las hachas y noqueó a la otra con un golpe seco con el codo, aprovechando su conmoción. Quedó tendida en el suelo, con la parte izquierda de la cara ensangrentada.

El guerrero recuperó su pieza de armadura y se la colocó con un gesto de alivio. A continuación, hincó una rodilla en el suelo al lado de la mujer inconsciente.

El grandullón, que se había arrancado las ataduras, se acercó pesadamente a la esclavista rubia y le hundió la cabeza de un pisotón.

–¿Por qué has hecho eso, bestia estúpida?– gritó el pelirrojo –. La necesitaba para encontrar a Blythe.

El Hombre de Hojalata, que se dedicaba a cortar las ataduras de los demás esclavos, levantó la cabeza al oír aquel nombre.

–No necesitabas –gruñó el hombretón –. Tu dices “bestia estúpida”. Ellos piensan también. Y hablan. Bestia estúpida sabe cosas. –Sonrió beatíficamente.

El hombre de Hojalata se acercó al guerrero pelirrojo, que volvía a acariciar la trenza de cabello que llevaba en la muñeca.

–Esa trenza es suya, de Blythe –dijo suavemente –. Reconozco el engarce que la cierra… ¿De qué conoces a mi hermana, guerrero?

El pelirrojo le mantuvo un momento la mirada. Parecía incómodo, sin saber qué responder. Un movimiento a la espalda de aquel hombre parcheado de metal le llamó la atención.

–¿Dónde crees que vas, Bestia? –recriminó el guerrero al hombre gigante, que se iba en silencio.

El hombretón no le miró ni ralentizó su marcha. Simplemente siguió su camino.

–No le llames Bestia –dijo Riss, evaluando al grandullón –. Puede que les llamen monstruos, u ogros, pero las personas como él son humanos. Completamente. –El hombretón se paró para mirarle. El joven le sonrió. –Tendrás familia. Y un nombre, ¿a que si?

–Ceim. –Se pensó la siguiente respuesta. –No hay familia.

–¿A dónde vas, Ceim?

–Al oeste. –De nuevo pareció pensar si decir lo siguiente. –No hay familia, pero hay amiga. La llevaron con las otras chicas. Ceim la busca.

Riss se giró para mirar a los otros dos hombres. Dibujó una sonrisa encantadora.

–Parece que los cuatro tenemos el mismo camino.  Personalmente, no pienso dejar que unos bastardos trafiquen con la gente. Y no se a vosotros, caballeros, pero a mi me encantaría teneros por compañía.

Se estaba arriesgando. Aquellos hombres eran extraordinarios y le vendrían bien en el oeste. Y eran tres, como decía la Voz de la Diosa. Aunque él no los había salvado, precisamente. Quería la ventaja que suponían todos aquellos músculos extra. Y en el fondo, sentía que molestar en todo lo posible a unos esclavistas era lo correcto. Podía venderlo como lo que hiciera falta. Observo la actitud de cada uno, y le sorprendió intuir que su bravata estaba calando.

Los cuatro se miraron entre sí y, uno a uno, asintieron. Irían al oeste juntos.

–Alguien debería acompañar a estos hombres a su casa, ¿no os parece? –comentó el guerrero refiriéndose a los hombres recién liberados.

Los cuatro se miraron. Ninguno quería dar a ese rodeo, pero tampoco querían decirlo.
Un anciano se adelantó de entre el grupo de presos.

–No os preocupéis por nosotros. Sabemos volver.

El resto de ellos asentían con un murmullo de aprobación. Riss les sonrió. Se acercó al anciano y le puso una mano sobre el delgado hombro, en un gesto de apoyo.

–Gracias. Vuestro valor salvará a los vuestros –le dijo suavemente.

–Ten cuidado, chico. Vas a viajar con tres monstruos –respondió el anciano con preocupación –. Yo no querría.

 

Los cuatro se dirigieron hacia el oeste. Sabían que había muchas cosas temibles en esa dirección. Sobre todo si llegaban a las Ciudades de los Muertos. Riss se quedó un poco retrasado, junto al guerrero pelirrojo.

–¿Puedo preguntarte algo? –comenzó.

–Suéltalo, chico.

–Riss –corrigió él –. Mi nombre es Riss. – Tomó aire. –¿Eres un dragón?

El caballero soltó una risita

–Muy perspicaz. Si. Soy un Caballero Dragón.

Riss le miró de nuevo, parándose en el color de su pelo y el brillo casi febril de sus ojos

–Pensaba que ya no quedaba ninguno.

–Ya te lo dije. Te sorprendería la cantidad de cosas que no existen y que aún andamos por ahí.

Riss se humedeció los labios, dubitativo.

–Y es verdad que, sin la armadura….

–¿Nos quemamos? –terminó el guerrero –. Si.

–Oh –respondió Riss, pensando en lo mucho que eso podía complicar la relación de su nuevo amigo con su amada.

A la sombra del linaje. Linaje significa esencia.

A la sombra del linaje es un libro corto, salido de las manos de mi autora adoptada. Este libro se puede comprar actualmente en librerías especializadas en autopublicados de Barcelona y, si no me engaña la memoria, Madrid.

51t74x1mHaL._SX331_BO1,204,203,200_[1]Mariana es una mujer sabia, mujer de sanación de los bosques del norte. Lo que llaman una meiga. Y está en una situación peligrosa. En su huida hacia su tierra, se encontrará con una niña que también está huyendo. Una niña que se parece a ella…
Acabar de asumir el trono de tu reino cuando va a estallar un conflicto con los pueblos de las montañas es duro. Pero si además de ser un joven rey necesitas ir al bosque a meditar cada luna llena porque eres un lobo, la cosa puede complicarse…
Aitana es una guerrera. Lo lleva siendo desde los 13 años, y serlo es un gran honor. Pero para ser guerrera ha tenido que renunciar a una parte de si misma…

A la sombra del linaje está compuesto por tres relatos. Tres relatos que aunque en principio parecen no tener relación entre si, más tarde se descubren pequeñas relaciones, además de una línea temática.

Que en una recopilación de relatos se descubra que pequeños detalles los conectan es una de mis debilidades. En este caso, A la sombra del linaje se desarrolla en un único mundo, en un tiempo parecido y en una cercanía geográfica. Un monasterio aparece una y otra vez… y parece siempre el mismo. Personajes secundarios parecen repetirse, aunque no se diga su nombre… E incluso se logra el desenlace final de una historia en medio de otra. Un trabajo complejo de narración cruzada, donde todo fluye con naturalidad y las relaciones surgen sin necesidad de verse forzadas.

Blanca Mart despliega en estas hojas una prosa hermosa, cuidada, de alto valor poético, que recuerda en algunos giros y repeticiones a las canciones tradicionales que hablan sobre personajes destacados. Una prosa que no es siempre prístina, pero que es muy disfrutable. En ella el linaje es una metáfora de la verdadera naturaleza de cada persona, sus capacidades y aquello que les hace felices. Todos estamos a la sombra de esto, y nuestro objetivo es descubrir cuál es esa esencia personal y explotarla para ser uno con nosotros mismos. Cada personaje principal en estos relatos tiene como reto principal éste y no otro.

Sí, A la sombra del linaje es una obra de fantasía. Una obra donde los hombres lobo son nobles y civilizados, los guerreros tienen fuerza para ser mucho más que guerreros y las meigas son personas sabias movidas a ayudar a los demás. Una fantasía heroica donde los héroes no son los que más matan o los que cambian el mundo, si no lo que aprenden y siguen adelante.

Recomendado para: Gente que quiere leer una fantasía diferente, sin tramas pesadas y muy lírica
Abstenerse: Gente que quiere alta o baja fantasía estándar y su dosis de casquería

Título: A la sombra del Linaje
Autora: Blanca Mart
Año de publicación: 2010
Úlitma puvlicación en España: 2012
Editorial: Alfa Eridani

El huevo de achelota

huevodeachelota

Riss pegó su cuerpo contra la pared, deseando ser invisible. Sujetaba contra su pecho el huevo de achelota con mucho cuidado, porque le daba miedo que su propio terror le llevara a soltarlo o apretar demasiado. Parecía tan frágil…

No conocía a nadie que hubiera visto una achelota viva. Era más extraña aún que la albinela gigante, que vivía en el fondo de la cordillera volcánica de Peeazu. Encontrar la puesta había sido un ejercicio de intuición, suerte y confianza ciega en los principios de magia que había llegado a calarle de los monólogos al aire de todos los brujos y sacerdotes que había conocido. Y aún podía perderlo.

Aguzó el oído. Tenía que superar el sonido de su corazón desbocado y su respiración, que parecían llenar por completo el túnel. Estaba seguro de que sonaban voces en la oscuridad. Lo que significaría que las cavernas no eran el lugar salvaje y solitario que había pensado en un principio. Estaban habitados.

Ocultó su fósmima, que llevaba cómodamente colgada de una cadena al cuello entre sus ropas, en un gesto cuidadoso y lento. Hizo algo de ruido pero consiguió mitigar su luz. Eso le dejaría sin la capacidad de ver a quien se le acercara, pero le daba una oportunidad de pasar desapercibido.

Entrecerró los ojos e intentó escudriñar la oscuridad. No oía pasos acercándose, ni el chasqueo de las armaduras de cuero cuando los soldados se movían. Contuvo el aliento y lo dejó salir poco a poco.  Ahora estaba a oscuras y, si seguía sin percibir sonidos, no podría calcular sus posibilidades. Por el ruido de los pasos, Riss hubiese podido saber si los que se le acercaban eran humanos o de otro pueblo. Podría haber calculado cuántos eran. Tendría que confiar en la suerte y seguir adelante cuando se aburriese. Era un pensamiento bastante desesperante.

Se giró para observar la negrura por el otro lado del túnel. Unos ojos enormes de una luminiscencia verdosa le sorprendieron. Unas manos ágiles y fuertes le sujetaron y sintió un golpe seco en su cabeza. La misma oscuridad del túnel inundó su cabeza.

Le despertó la humedad del rocío sobre sus párpados. Estaba al aire libre, a pocos metros de una caverna. Supuso que una entrada a los túneles. Le dolía todo el cuerpo, y supo que cuando se revisase estaría lleno de moratones.

Le habían robado las botas, y también los correajes en los que habitualmente colgaba sus cuchillos, la bolsa de monedas y la caja en la que transportaba su albinela, la especie común que los viajeros usaban para encender pequeños fuegos. Por suerte, había guardado casi todo en la mochila antes de entrar en el complejo de grutas y le estaban esperando en el tocón hueco de un árbol. Sí que había perdido su daga favorita, pero lo superaría.

Se llevó la mano al cuello. Le habían aflojado la ropa por allí también, pero no se habían llevado nada. Su fósmima seguía allí, con su brillo estelar.

El pueblo tagsaidh. Los tagsaidh eran el pueblo de los túneles. Eran ágiles, fuertes y silenciosos. Veían en la oscuridad, y odiaban la luz. Por eso no tenían forjas, ni productos endurecidos al fuego. Tenía lógica que fueran ellos los que le habían sorprendido, y que fueran preferentemente por los cuchillos y los herrajes. También explicaría que parasen al encontrar la fósmima. Algo así era, a sus ojos, peligroso y probablemente anatema. El colgante podía haberle salvado la vida.

Se levantó de un salto. ¡El huevo! Él era impuro y había sido expulsado de los túneles pero, ¿qué habría sido del huevo?

Lo localizó muy cerca de él, tirado a un lado sobre una cama de helechos. Se acercó con cuidado, como temiendo que el sonido de sus pisadas hicieran colapsar la superficie blanda y gelatinosa. Se arrodilló ante el huevo con las manos extendidas hacia él. Desde fuera, el gesto casi parecía religioso. El pulso le temblaba. Estaba aterrorizado. Hasta ese momento no había sido consciente de lo importante que se había vuelto aquella frágil esfera para él.

Cuando lo tocó, el corazón negro del huevo dio un vuelco y la superficie emitió una suave luminiscencia azul.

Estaba vivo. Sano.

Lágrimas de alivio surcaron sus mejillas sin que se diera cuenta, mientras sentía su corazón hacerse más y más grande, a fuerza de amor y agradecimiento.

Las ciudades de los muertos

lasciudadesdelosmuertos

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.

Pero la brújula de Seol no dejaba de indicar que su camino estaba en el oeste. Oeste. Oeste. Daba igual cuántos planes hiciera, cuántas variables incluyera. Todo pasaba por el oeste. Maldijo la brújula y al brujo Resmur, que se la había dado. Maldijo a todas las sacerdotisas de Phelis, Diosa de la Verdad, y sus asquerosas profecías. Desesperado le dio un cabezazo al tronco del árbol en el que estaba apoyado. El dolor, caliente y sordo, le hizo arrepentirse de toda aquella línea de pensamiento.

Llevaba un mapa en su mochila. No le gustaba sacarlo por temor a que lo vieran. La mayor parte de los mapas del reino ardieron durante la Revolución del Guía. Los viejos nacionalistas verían en él un símbolo de traición y adhesión a la Orden de Cartografía. Y los más de los jóvenes lo que entenderían es que si tenía algo así, posiblemente también llevara encima huevos de oro, cuernos de avundoz o alguna otra cosa igual de escasa y valiosa. En resumen, era peligroso.

Pero el camino no parecía transitado, y la hora empezaba a ser un poco tardía así que supuso que no habría jornaleros volviendo a casa ni nadie que le sorprendiera. Estaba bastante perdido en la espesura. Se sentó en una roca que tenía un lateral ennegrecido por el fuego. Posiblemente los eventuales viajeros aprovechaban aquel claro para acampar y, ahora que lo pensaba, no era del todo mala idea. Con cautela sacó el envoltorio de cuero flexible que tenía aprisionado contra el espaldar de la mochila y lo desplegó. El mapa se desplegó con él, crujiendo ominosamente.

Riss colocó la brújula sobre el mapa como Resmur le había enseñado. Incluso murmuró la fórmula mágica, aunque en el fondo de su alma creyera que el viejo se lo había inventado. La brújula seguía indicando el oeste.

Oeste, a través del Bosque de Fannor. Oeste, más allá de la antigua ciudad de Thisnis

Decían que había cientos de tipos de muertos en el oeste. Que había algunos que eran cruelmente retorcidos y otros que estaban simplemente locos. Decían que algunos estaban hambrientos y dejaban a los aventureros reducidos a huesos quebrados.

Decían que había algunos que asumían tu forma y volvían para procurarte una muerte pública e infame. Decían que algunos encerraban tu alma en una antorcha y ocupaban tu cuerpo para disfrutarlo, para llevarlo al límite y dejarlo destrozado a un lado del camino.

Decían que algunos se metían en tu mente y te hacían experimentar lo que desearan. Algunos te hacían creer que salías airoso y proseguías tu viaje. Otros te sumergían en un infierno de locura o dolor. Algunos te daban aquello que deseas en el fondo de tu alma. Placer. Amor. Victoria…Mientras tanto disfrutaban de ver tu cuerpo ceder, deteriorarse y morir.

No conocía a nadie que hubiera vuelto de un viaje al oeste. Incluso Cobarde Pete, que había dado la vuelta  poco después de superar Thisnis, se había perdido en las tierras de los muertos. Decían que ahora Cobarde Pete no dormía porque los muertos aullaban en sus oídos. Algunos decían incluso que el día que Cobarde Pete se uniera a ellos, se convertiría en un portal y los muertos ya no estarían confinados en sus ciudades. Decían que Cobarde Pete no había vuelto en realidad.

Riss guardó el mapa en silencio, sintiendo el frio del miedo calarle hasta los huesos. Se marchaba al oeste. Aunque se sintiera vacío y aterrorizado. Aunque al oeste estuvieran las ciudades de los muertos.

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