Danza de Letras

Al son de las palabras

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La tarta de corazón

 

Mi novia quería que le hiciera una tarta de San Valentín. Busqué muchas recetas; ninguna me convencía. Lo único que entendí es que debía tener forma de corazón. Si quería demostrarle cuánto la amo, no debía tener tara alguna. Necesitaba como modelo el mejor de los corazones. Tomé de una anciana benévola el suyo. No era lo bastante fuerte y no duró. Abrí en canal a un maratoniano, quien resultó demasiado duro y egoísta. Lo intenté con el de un tierno bebé… que deseché inmediatamente al verlo de tan reducido tamaño. También arranqué los suyos a unos enamorados. Aunque estos últimos eran los mejores no acabaron de convencerme. Estuve cerca de rendirme.

Así que he hecho un dulce con mi sangrante corazón. Creo que es lo que buscaba. Tal vez  el ventrículo izquierdo sea algo grande…

Preparativos

Corrió por la pasarela elevada, mientras comprobaba en su CCP maestro cada uno de los cierres de seguridad de los pasajeros. Tenía exactamente medio minuto para llegar a otro lado antes de la deceleración del cambio al espacio subluz. Frenó en seco cuando una luz naranja le avisó de que tenía un viajero fuera de su puesto de seguridad. Todas las demás estaban azules. Gruñó y saltó de la pasarela a pasillo principal. Aquella era una maniobra prohibida, porque hacía sospechar a los pasajeros que había toda una nave oculta frente a sus ojos: la nave del servicio.

Forzó una sonrisa y obligó a atarse al pasajero, un hombre con un aspecto de unos cincuenta años que parecía especialmente interesado en que se quedase a su lado. Se negó con una excusa estándar. Aquella situación había sido prevista en su preparación. Cerró la puerta del camarote con un toque en su pantalla y corrió por el pasillo para alcanzar el siguiente puesto seguro. La sacudida le sorprendió a medio camino y se fue de bruces al suelo. Dio gracias al piloto por una entrada suave. Aquel golpe podría haber acabado con su vida.

Tenía cinco horas para bajar al planeta.

Recogió su CPP y comprobó que no había sufrido ningún daño. La pantalla comenzaba a señalar los primeros verdes, correspondientes a pasajeros dejando sus asientos de contención.  Se puso en pie y corrió unos pocos metros más para encaramarse a la pasarela de nuevo.
Corrió por ella hasta el intercambiador. Eligió el acceso al nivel de cantinas y se dirigió a la despensa. Levantó la tableta flexible que era su CCP para granjearse el paso. Abrió la pantalla y comprobó las existencias de todos los suministros, mientras los iba asegurando con una jaula magnética. Mientras metía la mano en una caja abierta de zumos individuales liofilizados para contabilizarlos, tocó la flexible matriz plateada. La levantó con la uña y con sumo cuidado la despegó del interior del contenedor de PBS. Se abrió la chaqueta con la otra mano y la pego con cuidado sobre su cinturón de modo que quedase oculta por la ropa.

El CCP vibró.

Tenía cuatro horas.

Corrió hasta el nivel más bajo. Abrió la puerta de la sala de motores y usó el CCP para comprobar los motores. Todos los indicadores mecánicos eran correctos. Los niveles de radiación eran seguros. Se dirigió a los paneles de los filtros y controles ambientales y anotó los recuentos de indicadores biológicos, patogénicos y de contaminación. Comprobó todos los datos dos veces. Envió los parámetros al control del puerto espacial para que dieran los permisos para entrar en la órbita del planeta. Dejó apoyado el CCP sobre la consola más cercana. Se agachó y metió el brazo con esfuerzo por un resquicio entre dos módulos de control. Cuando lo sacó, agarraba un estuche opaco. Lo abrió y comprobó que contenía una pequeña célula de energía. Un modelo experimental; potente, con gran independencia y del tamaño de un colgante. Cerró la caja y la metió en el bolsillo interior de su chaqueta.

Recogió el CCP. Acababa de llegar la confirmación de órbita.

Tenía tres horas.

Se dirigió a los muelles de carga. Mientras se acercaba abrió los manifiestos. Comprobó cada sección. Las horas de apertura y cierre de cada puerta. Los anclajes de cada caja y contenedor. Era vital que las redes magnéticas estuvieran en perfecto estado. La entrada estaba controlada por una guía de tracción, pero podrían producirse vibraciones. Si la carga se desestabilizaba, había una posibilidad de perder la guía y caer sin control en un punto del planeta. El riesgo era tanto para la compañía como para la población que acogían. Se tomó su tiempo para asegurarlo todo. EL CCP vibró de nuevo. EL tiempo se agotaba. Entró en el submuelle cero; objetos perdidos. Fue directo a la bandeja antifricción y cogió un cristal blanquecino del tamaño de una pelota de golf. Una enorme memoria de datos. Se lo metió en el bolsillo del pantalón.

Tenía dos horas.

Con todo correcto, se fue a su camarote. Dejó el CCP en su base de carga, correctamente configurado para su siguiente usuario. El CCP maestro era una parte más de la nave.

Cogió su maleta y la puso sobre su cama. Sacó de sus cajones sus pocas prendas y efectos personales. Guardó dentro el cristal de datos y la batería. Dejó la matriz en su cinturón, que se volvería a poner. Se desnudó y tomó una ducha de vibración. La hizo larga. Más relajado, se puso el traje de gala, repasó la maleta y la cerró.

Tenía una hora.

Se colocó en su puesto al lado de la puerta principal. Dejó la maletita a su espalda, en contacto con sus piernas. Varios miembros de la tripulación tenían equipajes similares. Aquello le dio seguridad. Se cuadró, mirando la punta de sus zapatos. Cuando levantó la cabeza lo hizo con aplomo y la mejor de sus sonrisas. Comenzó a dar la mano y despedir a los pasajeros, que ni siquiera se fijaban en las personas que les habían servido las últimas semanas.

Sólo quedaban unos minutos.

Cogió la maleta y bajó por la pasarela junto a varios compañeros. Se despidió de ellos con un gesto de la mano, prometiendo llamar para salir por ahí un día de estos. Tomó el ascensor, que en el planeta llamaban orbital, para pisar la superficie del planeta.

Unos pocos segundos.

La puerta del ascensor se abrió. La luz del sol le deslumbró, pero siguió andando. Estaba en casa, y sólo tenía que ensamblarla en una carcasa para que su amor estuviera a su lado. ¡Qué estúpida esa ley que no permite el viaje interestelar a las IAs!

Esta vez su sonrisa era sincera.

2014

2014

Sacó su smartphone del bolsillo de la chaqueta y miró la hora. Llegaba con retraso. Comenzó a subir los escalones que daban a la puerta de la iglesia mientras apagaba el teléfono y le quitaba la batería. Toda precaución era poca.

Empujó la puerta de madera antigua, grasienta por miles de manos, y saltó el travesaño inferior sin demasiada gracia. El interior del templo era fresco, sintió la humedad del ambiente subirle por las pantorrillas. La sacudió un escalofrío y deseó que hubiese parecido cosa del fervor religioso.

Al pasar al lado de la pila bautismal deceleró el paso. Miró el agua con aprensión. Después, volvió sus ojos alrededor. Decidió que no la observaban y continuó andando sin mojar sus dedos y santiguarse como era preceptivo.

Buscó un hueco en las bancadas de las primeras filas. Aquellas tenían un acolchado del que carecían los puestos de atrás. Llevaba una falda plisada de un largo coqueto, así que prefería no tener que apoyarse sobre la dura madera.  Al lado del púlpito, con un catecismo en la mano, estaba Sergio. Le sonrió al acercarse, pero siguió con su discurso. No, no hablaba sobre religión. Hablaba sobre censura, privilegio del poder, libertad individual y reparto justo de la riqueza. De hecho, era el mismo discurso de siempre. A ella le parecía que había que hablar también de otros temas, como la igualdad entre sexos. Estaba harta de tener que llevar encima su DNI y el salvoconducto firmado por su padre y validado por un chupatintas del estado que decía que era una mujer sensata y honrada y que podía ir por la calle sin compañía masculina. En sus sueños solía destruir ese documento; lo quemaba, lo trituraba, lo hacía añicos con sus propias manos.

Se sentó en la segunda fila, procurando no mirar a la cara a los demás presentes. Sabía que el Padre Román estaba allí, de pie junto al confesionario, pero tampoco lo miró. No era vergüenza, sino más bien aprensión. Sabía que lo que hacía era un delito. Pero sentía que no hacerlo era un crimen.

La reunión estaba terminando. Aquel día se habían librado de la presencia de la policía, así que se había ahorrado el fingir que estaban rezando.  Ella no escuchaba. En ese sentido, sí que estaba usando la iglesia del mismo modo que los feligreses. Sólo que con otros Dios y otro Credo.

Un golpecito sobre sus rodillas la devolvió a la realidad. Bajó los ojos y vió que tenía en el regazo un tomo de la biblia bastante voluminoso. Desde el púlpito Sergio hablaba de tender la mano al hermano musulmán, de acoger la fuerza de la sharia. El califato no puede ser peor que lo que tenemos, argumentaba.  Algunos de sus camaradas asintieron. Ella negó lo con la cabeza. No se daban cuenta no sólo que no era una mejora, si no que sin una imagen de democracia jamás los aceptarían en la Unión Europea. Necesitaban una segunda fuerza internacional para no depender tanto del capricho de Estados Unidos.

Abrió la biblia. En un hueco recortado de las páginas había una pistola. Le habían asignado una misión de sangre. Cerró la tapa con un golpe seco y levantó la vista. Sergio le guiñó el ojo desde el púlpito.

Tenía miedo. Los golpes de sangre eran peligrosos. La Ley Carrero para la seguridad ciudadana, impulsada por el Segundo Generalísimo tras un atentado fallido, era extremadamente dura. Cualquiera podía desaparecer en cualquier momento: terrorista, socialista, comunista, espíritu libre. No importaba. Y los atentados en Europa por los islamistas lo habían vuelto aún más peligroso… Tenía mucho miedo.

Ella no había votado aquello. No estaba convencida de tener la superioridad moral suficiente para matar a alguien, aunque fuera un asesino. Sí, creía que tenían que cambiar las cosas. España llevaba ochenta años sin cambiar lo más mínimo. Pero veía el camino de la fuerza y se sentía sucia.

Dejó la biblia a un lado, se levantó sin cruzar la mirada con nadie y salió de la iglesia. Sus pisadas resonaban con una acusación manifiesta.  Al pasar por su lado, el Padre Román le rozó el brazo. Ella le miró y asintió levemente.  Tenía un turno de confesión.

En lo alto de las escaleras de piedra sacó su móvil, le puso la batería y lo encendió. La primera notificación que le llegó era de la Red Oficial de Noticias del Estado. Era una fotografía del Cuarto Generalísimo con Lady Gaga. A ella se la veía abiertamente incómoda. Aquella imagen le hizo sonreír.

Una broma

unaborma

–No lo entiendo –decía Kah Sdra mientras le ajustaban las cadenas –. Ese chiste me lo contaba mi abuelo.

–Lo sé, Kah –respondió su abogado atusándose el flequillo –. Has tenido mala suerte.

–Sabes que fue veterano de la campaña de S8B14. Él estaba allí cuando el tío del Emperador… ya sabes. –Se mordió el labio y su mirada se desvió al botón superior de la casaca del letrado. No quería empeorar su situación.

–Es para que sea ejemplarizante.

–Lo sé. Pero aún así… ¿no es demasiado? Quiero decir… Destierro de por vida a la colonia 4Luv3RC, que está en construcción, y sin ciudadanía. –Se le escapó una lagrima. Se acababa de dar cuenta de que lo había perdido todo. –Sólo era una broma.

–Ya lo sé –respondió él con un suspiro exhasperado –. Ha sido un mal momento. Con el auge de la resistencia en el sistema S8, lo último que necesita el Imperio es parecer endeble. Piensa en la cantidad de escándalos están estallando últimamente alrededor de los Consejeros Imperiales. El tema de las miles de dosis de Extreyas cargados al presupuesto del Consejo de Guerra, por ejemplo… Las cosas están mal para la estabilidad Imperial. –Kah le miró sin entender –. Eres su cortina de humo.

Dos guardias entraron por la puerta. Llevaban el uniforme completo de asalto, como si Kah fuera el criminal más peligroso del Imperio. El más alto hizo un gesto con la cabeza al abogado.

–Es el momento, Kah –le aleccionó el letrado –. Intenta sonreír mientras te llevan al transbordador. O al menos mantente recta. Si puedes hacer como que has llorado, mejor. Eso les dará una semana más de portadas paternalistas. Y puede que te llegue algo de solidaridad popular. Algún recurso, dinero, consejos.. Vas a necesitar de todo allí a donde vas.

Encarcelados

encarcelados

Miró a C, asustada. Llevaban juntos en aquella mezcla de cárcel y zoológico muchos años. Con el tiempo habían ido dejando sus puestos asignados, y ambos se daban apoyo en la parte oscura de su gigantesca celda, lo más alejados posible de la pared de cristal.

C era elegante, alto, y T le admiraba especialmente por su capacidad de ser transparente en todas las situaciones. C admiraba a T porque siempre mantenía una sonrisa, tenía una gran corazón y llevaba siempre consigo sus herramientas. En aquellas circunstancias, la resistencia y fortaleza que demostraba manteniendo la esperanza eran algo realmente único.

T empezó a temblar sin poder remediarlo; el cambio de luz indicaba sin duda que venían. La pared de cristal se dividió en dos y se retiró hacia atrás.

-Tranquila. Respira. Mírame a mi. –le dijo C. con voz profunda y brillante. -Así me gusta.

Su sonrisa centelleaba, y T sonrió también, tímida, aún nerviosa. Pero se sentía mucho más segura a su lado, y sabía que estando tranquila llamaría menos la atención y podría seguir allí al menos un día mas.

A lo largo de los años, T y C habían comprobado que los que eran escogidos solían volver cambiados. No sabían qué les ocurría, pero tras unos días fuera lo que regresaba eran personas totalmente diferentes. Habían perdido su brillo; apenas hablaban o balbucían incoherencias sin descanso. Algunos se mantenían dolorosamente quietos, intentando estar siempre despiertos, siempre alerta; otros no dejaban de vagar excepto cuando presentían que se acercaban sus carceleros, sus amos. De cuando en cuando, alguno no volvía. Entonces, con una rapidez pasmosa, los carceleros acudían para llevarse a otro… Hoy, ellos dos eran los únicos que todavía no habían sido llevados. Eran los que se mantenían más enteros.

Sabían que aquello no podría durar mucho, que pronto los separarían, y que los cambiarían para siempre. Y aquello aterrorizaba a ambos. Por suerte, aquel carcelero sólo depositó a algunos condenados en el duro suelo, cerró las puertas y se fue

T miró a C y supo que no podría soportarlo, si los separaban.

C miró a T y supo que no se perdonaría nunca que la llevaran, volver a verla sin reconocerla.

Tenían que escapar. Y tenían que hacerlo aquella noche.

Las luces comenzaron a bajar. T se dirigió a las puertas. Era un movimiento arriesgado. Ella estaba convencida de que había una lógica en las rutinas de los carceleros, que elegían unos tipos u otros de prisioneros según algunos rasgos de su aspecto. Sus observaciones indicaban que cerca de la noche, no escogerían a alguien como ella. C no estaba tan seguro, y la incertidumbre hacía que le temblara el pulso. A pesar de las indicaciones de T, C se acercó también. Sabía que si elegían a T, él se rebelaría. No lo había hecho nunca porque no había manera de vencer a aquellos monstruos que eran sus carceleros, pero sentía que era lo correcto, que defendería a T hasta la última de las consecuencias…

Los carceleros se acercaban; hoy sus pasos eran rápidos y potentes. Muchos presos temblaban y chocaban entre sí… Sólo T parecía serena. Las puertas se abrieron y C notó como todo su ser entraba en tensión. Pero no eligieron a T, a pesar de pasar rozándola varias veces. Ella se mantuvo firme. Dispuesta pero segura. C pensó que nunca la había visto tan hermosa como en ese momento, bañada por la luz dorada de un sol moribundo.

Las puertas se cerraban; era su momento. T deslizó una pequeña parte de su cuerpo en la junta entre las dos hojas, impidiendo que cerraran por completo. Para su sorpresa, aunque pesadas, no ejercían fuerza extra. La tensión era dolorosa, pero merecía la pena. Aguantó.

Cuando se hizo de noche por completo, C se acercó a ella y le ayudó a abrir la puerta. Se sonrieron. Ahora venía lo duro. Para salir tenían que salvar una distancia importante. Tomaron aire juntos y saltaron.

Un estruendo despertó a Susana, que se levantó alarmada y recorrió la casa con el corazón en un puño. Casi se cortó con los trozos de la copa y la taza que habían caído del aparador.

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