Danza de Letras

Al son de las palabras

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Inquilinos. Publish or…

La última lectura conjunta que organizó la Nave Invisible a través de su grupo de Goodreds, allá por junio, fue la de esta antología de terror que puede encontrarse por lektu en una modalidad de pago algo extraña. “Paga si te gusta”.  Una modalidad para los seguros de si mismos. O los que cuentan con que la gente se sienta mal si decide no pagar.

Os dejo la sinopsis oficial del libro:
Los Inquilinos son quienes decoran las paredes de nuestras casas, los que deciden la vida que se vive en su interior. El amor que ocupa el corazón y que nos obliga a matar; la decencia que obliga a ocultar la realidad sean cuales sean las consecuencias. El inquilino es la vida, que se perpetua a pesar de las muertes que eso conlleve. 
Estos relatos de terror conmueven a quienquiera que se mire en el espejo y vea  a sus inquilinos más allá del brillo de sus propios ojos reflejados.
Vampiros, fantasmas, hadas, zombis, y seres humanos. 

¿Por qué la oficial? Porque esta antología de relatos no tiene un hilo conductor claro y al parecer, en la sinopsis parecen querer dársela. No la entiendo en absoluto. Pero si la autora ha decidido que es una buena sinopsis yo lo acepto humildemente y la transmito.

No, no le encuentro hilo conductor a Inquilinos. Es una antología extremadamente variada y heterodoxa dentro del género del terror. Y eso tiene su parte buena (es probable que algún relato te guste), pero también su parte mala porque parece indicar una falta de selección previa. De hecho da toda la sensación de que la autora ha publicado toda su producción del género. Porque ella lo vale. Claro que sí.

Reconozco que la leí a saltos. Cerraba cada relato sin esperar nada del siguiente. Como no sentía ninguna continuidad, no me importaba si acababa o no. La escritura de los relatos de Inquilinos es en ocasiones tentativa. En alguinos casos da la sensación de que se escapa de la historia que quiere contar. No es extremadamente original en casi ninguno de sus relatos. La mayor parte de ellos tampoco parecen transmitir un mensaje más profundo, o una exploración de una característica humana concreta. Son historias. Sólo historias. Y eso también está bien.

A todo lo anterior hay un par de excepciones, relatos que repescaría para otras rondas o simplemente que me parece que lo valen.  En estos casos, los relatos tienen caramelos, detalles que les dan mayor profundidad, más vida. Relatos que estará bien que descubráis.

Recomendado para: Deseosos de descubrir a la autora, amantes de los relatos como género
Abstenerse: Si buscáis antologías con mucha coherencia interna o experiencias de nivel de premio internacional

Título: Inquilinos
Autor: Alicia Pérez Gil
Año de publicación: 2012
Editorial: Autopublicado 

 

Torrente de Fuego y otras historias – Amor y criaturas semihumanas

Leí Torrente de fuego por una magnifica confluencia de casualidades. La primera fue que estaba empezando a oir hablar de la autora, Vonda McIntyre. Al tiempo hablaba con una gran amiga y autora sobre la dirección de un cuento que tenía entre manos y me dijo “échale un ojo a este libro, sobre todo a estos dos cuentos y verás el tratamiento del que te estaba hablando”. Y vaya si lo vi.

Esta primera colección de relatos de Vonda N. McIntyre incluye tres de las más famosas novelas cortas de estos últimos años: “Aztecas”, nominada para los premios Hugo y Nebula, describe una cultura interestelar en la que los vuelos por el espacio son de algún modo una prueba de resistencia. “Tapón Roscado” (seleccionada por Robert Silverberg para su antología The Crystal Ship ), es un relato de camaradería y sacrificio en un planeta carcelario. “De Niebla, Hierba y Arena”, que obtuvo el premio Nebula, cuenta la prodigiosa historia de un auténtico curador en un futuro no demasiado distante.
Un compendio de relatos que hablan de humanidad, seres trastocados para el uso de la sociedad humana y sobre el amor en casi todas sus formas.

Como todas las antologías, es un libro irregular, aunque en este caso mantiene un nivel bastante alto. Para mi gusto, claro. No es precisamente ciencia-ficción dura, no se centra en la posibilidad científica si no en la emotividad y el mensaje. Y en eso Vonda McIntyre es buena.

Curiosamente el relato que da título a la recopilación fue uno de los que menos me gustó, a pesar de tener una base interesante. Creo que podría resultar mejor desarrollado de otro modo. Me pasó algo parecido en menor medida con Los monstruos del genio, cuyo inicio me enamoró pero se desarrolló de un modo totalmente distinto al que esperaba.

Por su parte Espectros me revolvió por dentro porque me parece una metáfora extremadamente válida de la alienación social y la explotación laboral.
Y después está Recourse Inc, que no puedo decir que sea un gran relato, pero me hizo reír porque es genial en su ejecución poco convencional y en su concepto tan mundano.

Alas y Las montañas del ocaso, las montañas del alba son dos relatos muy bonitos sobre relaciones imposibles que además están relacionados entre sí. Ya sabéis que para mi esas cosas son puntos extras automáticos.  Aztecas y Tapón Roscado son impresionantes, Sólo de noche angustia muchísimo… Y De Niebla, Hierba y Arena me fascinó por completo, aunque por la forma de expresión y el mundo, me cuesta encuadrarlo en esta selección.

En resumen, una experiencia de lectura muy consistente para ser un libro de relatos que se asienta en explotar el sentido de la maravilla y se queda en un nicho de ciencia ficción blanda que hoy día muchos ya no consideran ciencia ficción.

Recomendado para: sentimentales con ganas de sufrir un poquito, aprendices de escritores y valoradores de mundos.
Abstenerse: incondicionales de la ciencia ficción dura, necesitados de cosas positivas.

Título: Torrente de fuego y otros relatos
Autor: Vonda McIntyre
Año de publicación: 1971-1979
Última edición en españa: 1982
Editorial: Edhasa

Odio el Verano

Abro lentamente mi ojo viscoso. A mi alrededor los cuerpos inertes de mi familia son acosados por las moscas. Odio el verano.

Renqueo por el cuarto a oscuras. Tanteo la puerta y la abro. Un movimiento llama mi atención al frente y me dirijo allí. Soy yo reflejada en el espejo del baño. Me miro hasta que me reconozco. Para estar muerta, no estoy tan mal.

Voy hasta la cocina y abro la puerta de la nevera, llena ya de marcas de mis fortísimas uñas. Tengo que preparar de comer para los míos. Después mi marido se levantará y se marchará hasta la noche. Él es un deambulador.

Cuando se ha ido, compruebo que todo está bien con los pequeños, que se han alimentado y van andrajosamente vestidos. Los agarro y me marcho. Dejo al mayor a cargo de una cuidadora mientras el pequeño, apenas un bebé, va mordisqueando mi pecho.

Vuelvo a la casa. No soy un buen zombie deambulante, prefiero emboscarme y esperar. Tengo mucho que enseñar a mi pequeño. Qué morder y qué no. Cómo no caerse demasiado.

El tiempo no tiene sentido para mí. Quisiera entenderlo.  El día pasa mientras lo observo con el chiquitín buscando su forma de ser alrededor de mis tobillos. Las moscas zumban a nuestro alrededor buscando los ojos, la boca, las heridas abiertas.

En el momento preciso, salgo de nuevo. Recojo al mayor. Tiene problemas para gruñir correctamente, así que hago cuanto puedo para ayudarle. Este también será un buen deambulador, aunque sus gruñidos suenen a ruido de vivos.

El sol se pone, y el deambulador papá vuelve a casa. No está contento. Nunca lo está. Estamos cansados. Hace calor. Las moscas siguen zumbando, molestas.

Y volvemos a tirarnos en el suelo para pasar la noche, para descansar. Y al menos yo, deseando que sea para siempre.

Cuentos del mañana para ayer. Bocados de nostalgia

Si me seguís desde hace tiempo sabéis que conozco a Begoña desde que publicó su Azul -el poder de un nombre, primera parte de una saga de space ópera de inicio, palomitera y muy fácil de leer que tuve el honor de presentar el pasado noviembre en la librería Chronos.  En abril, Begoña publicó esta pequeña selección de relatos. Por supuesto tenía que reseñarlo.

Hoy os voy a dejar la sinopsis de la propia autora porque es genial como presentación de la antología, pero sobre todo como presentación de su forma de vivir este mundo nuestro y, por supuesto, los suyos propios.

Este libro es una sencilla colección de cuentos y microcuentos de género fantástico, casi todos de ciencia-ficción. No son una ventana por la que asomarse al futuro. El futuro será glorioso, pero no en este mundo y probablemente no para la raza humana. Estos cuentos son para el ayer, provienen de la ciencia-ficción clásica, unas historias del mañana que puedes disfrutar hoy, y en ellas encontrarás, entre otras cosas: las distintas escuelas filosóficas de una terrible y poderosa raza extraterrestre, el peor restaurante del universo, un cíborg especial tratando de entender lo único, una mariquita azul, la inmortalidad, una horrible solución muy necesaria…
¡Bienvenidos a mi ayer que es mi mañana dentro de mis mundos!

No voy a engañar a nadie. Es una recopilación de relatos, y como tal es desigual. No existe antología que no lo sea.

En este libro hay una gran variedad de extensiones. El relato más corto ocupa una única página, mientras que el más largo tiene sus buenas cincuenta. Encontramos relatos que se engloban en universos de la autora que ya conocemos, algunos que son parte de universos que serán llevados a nuevas obras y alguno que es un claro homenaje a algún grande como Lovecraft. Pero si hay algo que todos los relatos tienen en común es que están escritos sin pretensiones. Son historias que simplemente quieren ser contadas. Y que todas se pueden adscribir a un estilo muy clásico de la literatura de género.

Es complicado para mi escoger una favorita entre ellas, porque Begoña tiene conceptos muy interesantes y juega muy bien con ellos. Tal vez El flautista esté muy arriba en la lista.

Lo cierto es que es una experiencia de lectura amena, ligera y nada complicada. El libro es pequeño y dura menos de lo que me hubiera gustado.

Recomendado para: Curiosos, gente con un ratito que perder y fandom avanzado
Abstenerse:  Si realmente no te gusta nada de nada la ciencia ficción

Título: Cuentos del mañana para ayer
Autor: Begoña Pérez Ruiz
Año de publicación: 2017
Editorial: Eride

 

 

Nuevas Compañías

Nuevas compañias

Riss llevaba horas emboscando a un emboscado. Uno al que se le deba muy mal lo que estaba haciendo. Solo una persona muy despistada pasaría por alto aquella armadura negra mate y aquel pelo antinaturalmente rojo. Pero el mayor problema era su actitud. Todo él exudaba empeño en esconderse y alguien medianamente perceptivo oiría su tensión desde lejos.

Aquello le hacía gracia. Le atraía, del modo insano que los accidentes mortales atraen a las multitudes. Que aquel guerrero se acariciara de tanto en tanto  la muñeca y suspirara sólo aumentaba su encanto. Era como si el pobre llevase en la espalda la marca amarilla que entre los raterillos de su ciudad significaba “panoli”.

De hecho, aquel hombre tenía todos los números para morir.

Le pareció oir la Voz de la Diosa de nuevo. “Salva tres vidas y serás salvado”. Suspiró. ¿Acaso tenía otro remedio? Si había alguien en este plano que diera la bienvenida a todo tipo de baza para seguir vivo, era él. Además, era tan simple como evitar que se suicidara.

Se acercó al guerrero por la espalda. Estaba siendo sigiloso – era algo natural en él – pero si hubiese sido un jabalí en estampida, habría dado lo mismo. El hombre sólo tenía ojos para el camino. Estaba tan concentrado que Riss se permitió trepar al árbol más cercano y sentarse sobre una rama gruesa, prácticamente sobre su cabeza pelirroja.

–Bueno ¿A qué estamos esperando, amigo? –dijo socarronamente.

El guerrero se envaró y lanzó a Riss una mirada larga, evaluativa, con la que pretendía saber si el joven era peligroso, pero también transmitir una amenaza. Desde su asiento en la rama, Riss sitió una aprensión instintiva que no supo definir. Tal vez se había equivocado y aquel hombre no necesitaba ayuda.

Los hombros del pelirrojo se relajaron ligeramente mientras su vista volvía al camino.

–A una recua de esclavos –dijo con voz ronca.

La sonrisa de Riss desapareció por completo. Saltó de su rama y se puso al lado del guerrero.

–¿Esclavos? Están prohibidos desde antes de la Revolución

El guerrero soltó un bufido divertido y condescendiente

–Te sorprendería la cantidad de cosas que no deberían seguir existiendo y que aún pululan por ahí, chico. – Un brillo intermitente captó la atención de los dos.  –Ahí vienen – terminó  con una sonrisa inquietante.

Riss frunció el ceño. No es que imaginara cómo debían ser los esclavistas, pero aquellos reflejos no podían significar demasiadas cosas y ninguna era lo que había esperado. Armaduras pesadas bien lustradas, lo que significaba soldados entrenados y bien equipados, o estandartes metálicos, lo que implicaría que estaban bajo la protección de poderosas casas nobiliarias. O incluso peor, estandartes de cristal. Si eran de cristal, probablemente habría al menos un mago de combate.  En todo caso, lo que se avecinaba le inspiraba la misma confianza que la palabra de un Oeshi.

–¿Qué sabes de esos esclavistas? –La voz de Riss sonó más insegura de lo que había calculado. El guerrero arqueó una ceja.

–Absolutamente nada.

RIss le miró y se contagió de aquella sonrisa segura y afilada.

–Veo que eres todo un estratega. Como a mi me gusta.

Hizo un gesto vago de despedida y se escabulló entre la maleza. Al guerrero no pareció importarle. Su plan de todos modos no contaba con ningún joven aventurero.

Lo que vio Riss en el camino, desde su puesto entre las copas de los árboles, sí que cuadraba con la idea que tenía de unos traficantes de esclavos. Personas que en algún momento fueron asaltadores de caminos, cuatreros o, en el mejor de los casos, mercenarios. Hombres y mujeres que habían sido realmente duros, pero que la vida había masticado para escupirlos luego. Algunos habían sido derrotados por sus heridas, otros por sus adicciones, algunos por algún rival que los había despojado de su honor o su reputación. Todos tenían la misma mirada de hastío. La mirada de los aquellos que ya han perdido suficiente. Tenían por única ilusión vivir un día más y, tal vez, poder beber hasta perder el sentido otra vez. Contó media docena de  guardias para un grupo de unos veinte esclavos.

No había una sola armadura pesada. Ningún estandarte. Nadie validaba o protegía a aquellos hombres. Riss sintió un pinchazo en el pecho. Le costó unos momentos identificar que se trataba de un difuso orgullo.

Los presos –se negaba a pensar en ellos como esclavos– eran todos hombres. Estaban atados entre sí por las cinturas formando una especie de racimo de derrota. Los había jóvenes y ancianos, había varios todos de pelo, distintas pieles, pero la misma mirada vacía. No se buscaban entre sí, sólo caminaban en silencio.

En la parte media de la recua sobresalía un hombre. Caminaba mucho más erguido que los demás y la parte derecha de su cabeza lanzaba destellos metálicos. Sólo cuando se acercaron más Riss se dio cuenta de que una parte importante de aquel hombre estaba moldeada en metal inserto en la carne. El que brillaba estaba en la cabeza, pero también se veía en la cara, el cuello y al menos un brazo. Aquel hombre no estaba derrotado, estaba resistiendo.

Al final del grupo, rodeado por dos guardias, había otro hombre. Era muy alto, y tenía los huesos fuertes, marcados en su mandíbula y pómulos. Su mirada se perdía en el horizonte y daba una sensación general de cierta estulticia, una fuerza sin cerebro. Aquel hombre sin embargo no estaba derrotado ni se dejaba guiar como ganado. Aquel hombre estaba esperando.

El guerrero pelirrojo salió a mitad del camino con pasos elásticos, bloqueando el camino. Era un solo hombre, pero su presencia imponía como si fuera un pequeño ejército.  Riss preparó sus cuchillos arrojadizos. La triste comitiva se acercaba al pelirrojo, que llevó su mano lentamente a la empuñadura de su espada. Una de las dos guardias de la cabeza, una mujer de cabello rubio sucio con una cicatriz que le cortaba el labio, se adelantó para hablar con el guerrero. Estaba demasiado lejos para escuchar la conversación, pero Riss se dio cuenta de que no estaba siendo cordial. La tensión se dejaba ver en la postura de ambos, y era tan patente que incluso los presos se removieron inquietos.

El guerrero desenfundó su espada con un gesto calculado que la hizo soltar un gemido funesto. Al tiempo, la esclavista se llevó la mano a la parte baja de su espalda y blandió un alfanje, corto pero robusto.  Ambos contendientes se midieron unos segundos antes de abalanzarse el uno sobre el otro.

El resto de guardias también desenfundaron sus armas. Dos de ellos –uno de cada grupo, como un movimiento ensayado– avanzaron para apoyar a la esclavista que contenía a su oponente con eficacia, pero con esfuerzo. En ese momento el hombre metálico, que en la mente de Riss ya se llamaba Hombre de Hojalata, agarró del cuello con una mano centelleante al guardia que quedaba y lo alzó sin esfuerzo. Éste pataleó unos segundos antes de caer al suelo, desmadejado.

El golpe del cuerpo de su compañero llamó la atención del puesto de retaguardia, un hombre de melena ensortijada tan negra como su piel. Dio dos pasos  temblorosos en dirección al cadáver. El hombre gigantesco sonrió muy lentamente98i. Pasó la cuerda que le unía al resto de los esclavos sobre la cabeza del hombre que llevaba días burlándose de el y apretó con saña hasta que sintió que sujetaba un peso sin vida.

La situación para el guerrero pelirrojo era más peliaguda. La esclavista rubia había recibido unas pocas heridas superficiales, pero aguantaba apoyada por sus compañeros. El guerrero tenía que repartir su energía para bloquear los golpes. La rubia atacaba con toda la fuerza de su diestra. A su lado, un espadachín zurdo de barba rala mantenía al pelirrojo a distancia con un acero recto de gran tamaño. Estaba flanqueado por los otros dos guardias: una mujer robusta de piel olivacea que atacaba con dos hachas dobles y un hombre extremadamente delgado de pelo pajizo que parecía usar dos espadas cortas con movimientos amplios pero rápidos.

Riss lanzó su mejor daga, que se incrustó en el cuello del esclavista rubio. Éste soltó sus armas y buscó el cuchillo con las manos justo antes de caer. Riss no pudo evitar una mueca de disgusto. Había fallado el tiro.

La distracción permitió al guerrero pelirrojo superar la defensa del hombre de la espada larga, despachándolo de una estocada en el corazón. En ese momento una de las hachas de la más baja de las esclavistas que quedaban se enganchó en una junta de la armadura del guerrero. Éste apretó los dientes mientras seguía defendiéndose de las embestidas furiosas del alfanje. La esclavista morena plantó su pie sobre las costillas del guerrero y estiró. Una pieza de armadura del brazo del guerrero salió despedida. El pelirrojo lanzó un grito preñado de dolor.

–¡Bastarda! –gruño mientras se giraba hacia a ella. Riss creyó ver un reflejo rojo en sus ojos.

El guerrero arremetió de frente, seguro de la superioridad de su blindaje. Alcanzó a la  esclavista morena y cerro su brazo desnudo alrededor de su cintura. En ese momento la mujer comenzó a gritar de dolor. La esclavista rubia aprovechó que el pelirrojo le daba la espalda para alzan su arma. Riss lanzó su segunda daga, que se estrelló contra la hoja del alfanje.

La mujer morena comenzó a arder. Sus gritos agónicos y el olor de la carne quemada colapsaban los sentidos de todos los que estaban cerca. Su compañera tuvo que contener  nauseas y  lágrimas al tiempo.

Riss saltó de su rama con dos dagas en las manos, dispuesto a dar el apoyo que hiciera falta. El guerrero pelirrojo soltó el esqueleto carbonizado de la mujer de las hachas y noqueó a la otra con un golpe seco con el codo, aprovechando su conmoción. Quedó tendida en el suelo, con la parte izquierda de la cara ensangrentada.

El guerrero recuperó su pieza de armadura y se la colocó con un gesto de alivio. A continuación, hincó una rodilla en el suelo al lado de la mujer inconsciente.

El grandullón, que se había arrancado las ataduras, se acercó pesadamente a la esclavista rubia y le hundió la cabeza de un pisotón.

–¿Por qué has hecho eso, bestia estúpida?– gritó el pelirrojo –. La necesitaba para encontrar a Blythe.

El Hombre de Hojalata, que se dedicaba a cortar las ataduras de los demás esclavos, levantó la cabeza al oír aquel nombre.

–No necesitabas –gruñó el hombretón –. Tu dices “bestia estúpida”. Ellos piensan también. Y hablan. Bestia estúpida sabe cosas. –Sonrió beatíficamente.

El hombre de Hojalata se acercó al guerrero pelirrojo, que volvía a acariciar la trenza de cabello que llevaba en la muñeca.

–Esa trenza es suya, de Blythe –dijo suavemente –. Reconozco el engarce que la cierra… ¿De qué conoces a mi hermana, guerrero?

El pelirrojo le mantuvo un momento la mirada. Parecía incómodo, sin saber qué responder. Un movimiento a la espalda de aquel hombre parcheado de metal le llamó la atención.

–¿Dónde crees que vas, Bestia? –recriminó el guerrero al hombre gigante, que se iba en silencio.

El hombretón no le miró ni ralentizó su marcha. Simplemente siguió su camino.

–No le llames Bestia –dijo Riss, evaluando al grandullón –. Puede que les llamen monstruos, u ogros, pero las personas como él son humanos. Completamente. –El hombretón se paró para mirarle. El joven le sonrió. –Tendrás familia. Y un nombre, ¿a que si?

–Ceim. –Se pensó la siguiente respuesta. –No hay familia.

–¿A dónde vas, Ceim?

–Al oeste. –De nuevo pareció pensar si decir lo siguiente. –No hay familia, pero hay amiga. La llevaron con las otras chicas. Ceim la busca.

Riss se giró para mirar a los otros dos hombres. Dibujó una sonrisa encantadora.

–Parece que los cuatro tenemos el mismo camino.  Personalmente, no pienso dejar que unos bastardos trafiquen con la gente. Y no se a vosotros, caballeros, pero a mi me encantaría teneros por compañía.

Se estaba arriesgando. Aquellos hombres eran extraordinarios y le vendrían bien en el oeste. Y eran tres, como decía la Voz de la Diosa. Aunque él no los había salvado, precisamente. Quería la ventaja que suponían todos aquellos músculos extra. Y en el fondo, sentía que molestar en todo lo posible a unos esclavistas era lo correcto. Podía venderlo como lo que hiciera falta. Observo la actitud de cada uno, y le sorprendió intuir que su bravata estaba calando.

Los cuatro se miraron entre sí y, uno a uno, asintieron. Irían al oeste juntos.

–Alguien debería acompañar a estos hombres a su casa, ¿no os parece? –comentó el guerrero refiriéndose a los hombres recién liberados.

Los cuatro se miraron. Ninguno quería dar a ese rodeo, pero tampoco querían decirlo.
Un anciano se adelantó de entre el grupo de presos.

–No os preocupéis por nosotros. Sabemos volver.

El resto de ellos asentían con un murmullo de aprobación. Riss les sonrió. Se acercó al anciano y le puso una mano sobre el delgado hombro, en un gesto de apoyo.

–Gracias. Vuestro valor salvará a los vuestros –le dijo suavemente.

–Ten cuidado, chico. Vas a viajar con tres monstruos –respondió el anciano con preocupación –. Yo no querría.

 

Los cuatro se dirigieron hacia el oeste. Sabían que había muchas cosas temibles en esa dirección. Sobre todo si llegaban a las Ciudades de los Muertos. Riss se quedó un poco retrasado, junto al guerrero pelirrojo.

–¿Puedo preguntarte algo? –comenzó.

–Suéltalo, chico.

–Riss –corrigió él –. Mi nombre es Riss. – Tomó aire. –¿Eres un dragón?

El caballero soltó una risita

–Muy perspicaz. Si. Soy un Caballero Dragón.

Riss le miró de nuevo, parándose en el color de su pelo y el brillo casi febril de sus ojos

–Pensaba que ya no quedaba ninguno.

–Ya te lo dije. Te sorprendería la cantidad de cosas que no existen y que aún andamos por ahí.

Riss se humedeció los labios, dubitativo.

–Y es verdad que, sin la armadura….

–¿Nos quemamos? –terminó el guerrero –. Si.

–Oh –respondió Riss, pensando en lo mucho que eso podía complicar la relación de su nuevo amigo con su amada.

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