Danza de Letras

Al son de las palabras

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Odio el Verano

Abro lentamente mi ojo viscoso. A mi alrededor los cuerpos inertes de mi familia son acosados por las moscas. Odio el verano.

Renqueo por el cuarto a oscuras. Tanteo la puerta y la abro. Un movimiento llama mi atención al frente y me dirijo allí. Soy yo reflejada en el espejo del baño. Me miro hasta que me reconozco. Para estar muerta, no estoy tan mal.

Voy hasta la cocina y abro la puerta de la nevera, llena ya de marcas de mis fortísimas uñas. Tengo que preparar de comer para los míos. Después mi marido se levantará y se marchará hasta la noche. Él es un deambulador.

Cuando se ha ido, compruebo que todo está bien con los pequeños, que se han alimentado y van andrajosamente vestidos. Los agarro y me marcho. Dejo al mayor a cargo de una cuidadora mientras el pequeño, apenas un bebé, va mordisqueando mi pecho.

Vuelvo a la casa. No soy un buen zombie deambulante, prefiero emboscarme y esperar. Tengo mucho que enseñar a mi pequeño. Qué morder y qué no. Cómo no caerse demasiado.

El tiempo no tiene sentido para mí. Quisiera entenderlo.  El día pasa mientras lo observo con el chiquitín buscando su forma de ser alrededor de mis tobillos. Las moscas zumban a nuestro alrededor buscando los ojos, la boca, las heridas abiertas.

En el momento preciso, salgo de nuevo. Recojo al mayor. Tiene problemas para gruñir correctamente, así que hago cuanto puedo para ayudarle. Este también será un buen deambulador, aunque sus gruñidos suenen a ruido de vivos.

El sol se pone, y el deambulador papá vuelve a casa. No está contento. Nunca lo está. Estamos cansados. Hace calor. Las moscas siguen zumbando, molestas.

Y volvemos a tirarnos en el suelo para pasar la noche, para descansar. Y al menos yo, deseando que sea para siempre.

Ghost

ghost

Ella lloraba abrazada a Oda Mae, desconsolada. Era tan difícil aceptar, tan difícil asumir. Tan difícil seguir adelante. Le sentía donde quiera que fuera. Estaba marcada para siempre por su relación. Por la forma que tenía de amarla.

—¿Estáis bien? —dijo una voz.

Era la voz de Sam. Un último quejido se heló en su garganta mientras las lágrimas corrían por su mejillas

—¿Sam? —preguntó con voz queda.

—Molly

—Puedo oírte. —dijo, y su voz acusaba la tormenta de emociones que sentía.

Una luz sobrenatural comenzó a colarse en la habitación. No parecía venir de ninguna parte, ni tampoco llegar a ninguna parte. Sin embargo era una luz cálida, que tocaba el corazón y lo abría a la maravilla. Bajo aquella luz, ambas mujeres pudieron ver cómo se perfilaba la imagen translúcida del joven. Molly miraba aquel milagro, incrédula, mientras sus hombros aún se agitaban victimas de sus sollozos.

Sam se acercó poco a poco a ella, como hacía tan a menudo para consolarla, y acercó su cara fantasmal hasta la de su chica. Molly sintió el cosquilleo frio del roce de los labios de su novio difunto sobre los suyos.

—Sam —les interrumpió Oda Mae —Te están esperando.

Sam miró a la médium un momento y asintió ligeramente. Dejó a Molly y se dirigió a su nueva amiga.

—Adiós, Oda Mae. Y gracias.

—Adiós, Sam. Eres un buen tío.

Sam sonrió ligeramente. Sí lo era. Era un gran tío.

Molly se puso en pie cuando vio que Sam volvía hacia ella. Quería decirle muchísimas cosas, pero no encontraba las palabras y sólo consiguió suspirar.

—Te quiero, Molly —le dijo él tiernamente

Ella no pudo reprimir una risa emocionada. Él la quería. Claro que la quería. Se lo había dicho muchas veces. Casi demasiadas veces..

—Ídem —respondió, como respondía siempre.

La sonrisa de Sam se volvió radiante.

—¡Qué maravilla, Molly! No sabes cuánto me alegro de que me digas eso.

Se acercó aún más a ella y, sin dejar de mirarla tiernamente a los ojos, introdujo una mano en el pecho su chica. La retiró de golpe, teñida de sangre, apretando en su puño el corazón aún palpitante de Molly.

Oda Mae gritó sin poder evitarlo al ver el cuerpo de la amada del fantasma al que había ayudado los últimos días desmadejado en el suelo. Sam miró amenazadoramente a la médium.

—No sabes cuánto amor me llevo —le dijo con una sonrisa demente en sus labios justo antes de desaparecer para siempre en el más allá.

Las ciudades de los muertos

lasciudadesdelosmuertos

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.

Pero la brújula de Seol no dejaba de indicar que su camino estaba en el oeste. Oeste. Oeste. Daba igual cuántos planes hiciera, cuántas variables incluyera. Todo pasaba por el oeste. Maldijo la brújula y al brujo Resmur, que se la había dado. Maldijo a todas las sacerdotisas de Phelis, Diosa de la Verdad, y sus asquerosas profecías. Desesperado le dio un cabezazo al tronco del árbol en el que estaba apoyado. El dolor, caliente y sordo, le hizo arrepentirse de toda aquella línea de pensamiento.

Llevaba un mapa en su mochila. No le gustaba sacarlo por temor a que lo vieran. La mayor parte de los mapas del reino ardieron durante la Revolución del Guía. Los viejos nacionalistas verían en él un símbolo de traición y adhesión a la Orden de Cartografía. Y los más de los jóvenes lo que entenderían es que si tenía algo así, posiblemente también llevara encima huevos de oro, cuernos de avundoz o alguna otra cosa igual de escasa y valiosa. En resumen, era peligroso.

Pero el camino no parecía transitado, y la hora empezaba a ser un poco tardía así que supuso que no habría jornaleros volviendo a casa ni nadie que le sorprendiera. Estaba bastante perdido en la espesura. Se sentó en una roca que tenía un lateral ennegrecido por el fuego. Posiblemente los eventuales viajeros aprovechaban aquel claro para acampar y, ahora que lo pensaba, no era del todo mala idea. Con cautela sacó el envoltorio de cuero flexible que tenía aprisionado contra el espaldar de la mochila y lo desplegó. El mapa se desplegó con él, crujiendo ominosamente.

Riss colocó la brújula sobre el mapa como Resmur le había enseñado. Incluso murmuró la fórmula mágica, aunque en el fondo de su alma creyera que el viejo se lo había inventado. La brújula seguía indicando el oeste.

Oeste, a través del Bosque de Fannor. Oeste, más allá de la antigua ciudad de Thisnis

Decían que había cientos de tipos de muertos en el oeste. Que había algunos que eran cruelmente retorcidos y otros que estaban simplemente locos. Decían que algunos estaban hambrientos y dejaban a los aventureros reducidos a huesos quebrados.

Decían que había algunos que asumían tu forma y volvían para procurarte una muerte pública e infame. Decían que algunos encerraban tu alma en una antorcha y ocupaban tu cuerpo para disfrutarlo, para llevarlo al límite y dejarlo destrozado a un lado del camino.

Decían que algunos se metían en tu mente y te hacían experimentar lo que desearan. Algunos te hacían creer que salías airoso y proseguías tu viaje. Otros te sumergían en un infierno de locura o dolor. Algunos te daban aquello que deseas en el fondo de tu alma. Placer. Amor. Victoria…Mientras tanto disfrutaban de ver tu cuerpo ceder, deteriorarse y morir.

No conocía a nadie que hubiera vuelto de un viaje al oeste. Incluso Cobarde Pete, que había dado la vuelta  poco después de superar Thisnis, se había perdido en las tierras de los muertos. Decían que ahora Cobarde Pete no dormía porque los muertos aullaban en sus oídos. Algunos decían incluso que el día que Cobarde Pete se uniera a ellos, se convertiría en un portal y los muertos ya no estarían confinados en sus ciudades. Decían que Cobarde Pete no había vuelto en realidad.

Riss guardó el mapa en silencio, sintiendo el frio del miedo calarle hasta los huesos. Se marchaba al oeste. Aunque se sintiera vacío y aterrorizado. Aunque al oeste estuvieran las ciudades de los muertos.

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