Memento

memento

Cayó hacia adelante.

Sintió que le sostenían con fuerza de los brazos para evitar que besara el suelo. Se sentía mareado. Muy mareado. Y confuso.

–Tranquilo, nuevo. –Le dijeron entre risas. –Todos los nuevos sois unos debiluchos.

El que hablaba era un tipo robusto vestido de tela vaquera de la cabeza a los pies. Un hombre saludable con el que no querrías encontrarte peleando a la salida de un bar pero que transmitía la sensación de que ese era precisamente su lugar. Aquel hombre le sujetaba con firmeza de un brazo, con una sonrisa cordial pero un poco triste. El otro brazo lo mantenía firmemente asido otro hombre igual de grande vestido por completo de comando.

–Mi amigo es el señor Moon. –siguió hablando el hombretón. –Es un tipo silencioso, no se lo tengas en cuenta. Yo soy Hugh.

Una arcada recorrió su cuerpo cuando intentó responder.

–Entiendo que te sientes mal. –le dijo Hugh en voz baja, como una confidencia. –Os pasa a todos los nuevos. No te preocupes. Ve a la fila con los otros nuevos.

Sintió que las manos le soltaban y afianzó los pies en el suelo. Era firme pero blando y de un blanco inmaculado. Comprobó con sus pies descalzos que también era cálido. Tambaleante, caminó unos pasos mientras buscaba el lugar al que debía ir.  Al fondo de la sala, también completamente blanca, había una fila de personas vestidas con una especie de pijama . El mismo pijama que llevaba él. Todos parecían terriblemente confusos, algunos incluso asustados. Se dirigió hacia ellos tenso, sin saber si lo que hacía era lo correcto o no. Los ojos del Hugh y Moon se clavaban en su espalda, añadiéndole un peso extra.

El tiempo que tardó en llegar a la fila de los pijamas blancos y colocarse en un extremo le pareció eterno. Todos los ojos de aquellos hombres le seguían, algunos interesados pero la mayor parte tristes o vacíos. Empezó a pesarle el corazón e intentó camuflar un escalofrío.

Desde su puesto vio que la sala no era realmente homogénea. A su derecha había una puerta lo suficientemente grande para que pasaran por ellas dos personas. Se abría con una barra, como si fuera una puerta antiincendios, pero no había señales de que hubiera sido usada en mucho tiempo. La barra estaba mate y algo polvorienta y los goznes parecían oxidados. Aquella era la única salida, exceptuando una ventana alta a la izquierda que sólo era visible por estar ligeramente abierta. Era ancha, más bien un rectángulo apaisado apenas lo suficientemente grande para que un hombre se deslizase por ella. Se preguntó cómo había llegado allí.

Empezó a sonar un zumbido que fue cogiendo fuerza. Hugh y Moon caminaron hacia el centro de la habitación de nuevo, dejándolo a su suerte. Los hombres del pijama blanco también miraban a un punto luminoso que empezaba a latir allí donde habían ido los dos hombretones, aunque algunos se miraban los pies o cerraban con fuerza los ojos.

Uno de los hombres de blanco se coló a su lado, empujando suavemente a su compañero.

–Hola, nuevo. ¿Cómo te llamas? –le dijo con una sonrisa en su cara pecosa, mientras evitaba que mirase hacia aquella misteriosa luz.

–No lo sé. –respondió un poco molesto. –No lo recuerdo.

–¿No lo recuerdas? ¡Qué lástima! –dijo el pecoso algo contrariado. –Bueno, ya te vendrá. Yo soy “Tomando un café con Charlie por la mañana”. Me puedes llamar Charlie. O Café. Ambos me gustan.

–Vale, Charlie. –masculló mientras intentaba ver qué ocurría con aquella luz. El zumbido seguía subiendo de volumen. Si seguía así pronto sería insoportable.

Charlie se puso frente a él y le tomo de los brazos, obligándolo a girarse a la derecha mientras le tapaba el ángulo de visión.

–No mires, nuevo. No es agradable. –le dijo Charlie con voz seria. –Ahora es cuando te das cuenta de que has nacido para morir.

–¿De qué demonios hablas? –Intentó zafarse de aquel chalado.

–De lo que nos espera a todos, nuevo. –gritó el pecoso para hacerse oír sobre el zumbido atronador que llenaba la sala. –¿Ves ese tipo de ahí? –Señaló a un hombre tres puestos más allá en la fila de pijamas blancos. –Es Maldito Tarado, aunque él quiere que le llamen Olvidas. Dice que Maldito Tarado suena fatal. Su nombre completo es “Olvidas todo cada vez que te duermes, maldito tarado”. Cuando llegó yo ya estaba aquí, ¿sabes?. Le preguntó a Hugh qué significaba su nombre. Al parecer, cuando se apagan las luces nosotros tendríamos que salir de aquí por aquella puerta… –Señaló la puerta a sus espaldas. –Con el señor Moon. Y allí demostraríamos nuestra valía. Los mejores iríamos a Medio Plazo, o a Largo Plazo… Pero como ves, la puerta no se puede abrir. Así que cuando se apaguen las luces, desapareceremos.

El zumbido se convirtió en una explosión, acompañada de un fogonazo. Cuando miró, Moon y Hugh sujetaban por los brazos a un hombre en pijama blanco.

No podía creer lo que veían sus ojos.

–Así nacemos todos, nuevo. Vas a tener que asumirlo.

–Billy. –respondió. –Llámame Billy.

Charlie sonrió

–Genial, Billy. Te dije que irías recordando.

–Oye, Charlie –le interrumpió. –¿Sabes a dónde da la ventana?

–No. ¿Por qué?

–Porque si voy a morir, al menos lo haré intentando seguir vivo. –respondió Billy con media sonrisa.

–No te van a dejar, Billy. Puede que no podamos ir por la puerta, pero Moon y Hugh mantienen el orden como si no pasara nada.

–Entonces necesitaré vuestra ayuda.

Las sonrisas de ambos hombres eran ilusionantes.

El zumbido regresó. Billy había hablado con todos los hombres de la hilera de hombres de blanco. Cuando el ruido empezó a ser muy intenso, todos salieron corriendo en distintas direcciones, sobrepasando a Hugh y Moon por fuerza de su número.

Billy y Charlie corrieron a la ventana. Charlie se colocó para aupar a Billy y, con esfuerzo éste se deslizó fuera. Billy cayó casi de bruces, justo en el momento en que el estruendo indicaba que un nuevo hombre del pijama acababa de nacer.

Intentaría buscar una salida para todos, por ese nuevo al que no había podido ver la cara. Pero por si no lo conseguía antes de que se apagara la luz, tenía que conseguir que hubiese un registro de todos. Incluso de él, de “una tarde en el parque con mi nieto Billy”.

William suspiró. Tenía la boca seca. Había escrito todo su día en un cuaderno, como al parecer hacía siempre.
Después se había colocado el prototipo de holomemoria que le había traído su nuera. Nancy era brillante, y suponía que el prototipo había funcionado, pero no se atrevía a comprobarlo. Tal vez mañana.

Mañana sería el momento perfecto para ver cómo había sido la tarde en el parque con su nieto favorito, el que llevaba su nombre.

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