Sombras

Las sombras de los árboles marcaban con su paso sobre el coche blanco un código funesto. El mismo que quemaba su alma. Huir. Correr todo lo que pudiera. La nariz congelada, la sangre parada, protegiendo lo que quedaba de su corazón. Los gritos aún frescos en los oídos, todo reproches que seguía repitiendo para sí, como había repetido siempre. Los mismos errores, una y otra vez.

Los ojos le ardían incluso cuando hacía esfuerzos para parpadear. Conducía sin ver, agarrotando las manos sobre el volante; volando hacia su rincón seguro en un ciclo sin final.

No sabía qué había atropellado. Un borrón, una sombra oscura rodando sobre el capó y el golpe. Sólo el golpe. Seco, hueco, vacío y reverberante.

Apretó el freno en un reflejo; la pierna agarrotada. El coche patinó y metió el morro entre la hojarasca del terraplén, avergonzado. Dolor. Los brazos, las piernas y la espalda eran un todo de tensión y sufrimiento. El golpe en el esternón apenas le dejaba respirar y sentía latir la herida en su sien.

La puerta abollada se resistió unos segundos, pero se abrió con un gemido de metal. Trastabilló, aupándose con dificultad hasta la calzada. Tenía que pedir ayuda. Buscó su móvil solo para comprobar que estaba apagado. No podía llamar a nadie. Se mordió los labios secos. Tenía que solucionar aquello… No sabía dónde buscar a su víctima, pero toda su determinación estaba puesta en encontrarla. Se paró jadeante. Tenía que hacer lo correcto, dejar de escapar y asumir responsabilidades.

La carretera estaba vacía a la luz esquiva de la luna menguante. Nada a ninguno de los lados. Alrededor, bosque caduco, denso y monótono. Gris sobre gris, negro sobre negro, verde tan oscuro como la misma noche. Las marcas del frenazo le indicaron la dirección de la que venía. La dirección en la que buscar el cuerpo.

Deshizo su trayecto a pasos lentos, fijándose en los arcenes que se fundían con el sotobosque. El viento soplaba contra su cuerpo, haciéndole tiritar. Ráfagas de tierra suelta y pequeñas hojas le golpeaban en rostro. El corazón le daba un vuelco cada vez que una sombra parecía más densa que las demás. Su aliento se arremolinaba alrededor de sus pestañas en una bruma resacosa. «Que haya sido un ciervo», se repetía.

De entre el polvo se alzó una sombra oscura que se abalanzó en su dirección. Sin poder creer lo que veían sus ojos, y sin tiempo para reaccionar, sólo pudo contener un chillido con espanto cuando la figura, tan pronto oscura, densa y enorme como fluida, pequeña y neblinosa, le atravesó. Sintió el impacto, candente y físico. Le dolía como si le hubieran partido las piernas, como si sus costillas fueran meros añicos que perforaban sus entrañas. Las lágrimas al fin rodaban por sus mejillas.

Se giró buscando una señal de lo que le había arrollado. La carretera estaba vacía, bañada por la luna. El viento fluía constante pero suavemente, haciendo susurrar al bosque una canción de cuna.

Se cruzó las manos sobre el torso en un gesto mecánico, protector. Se tambaleó en estado de shock de nuevo hacia el coche, sin saber qué hacer. Sin entender qué había sentido ni adivinar qué tipo de fuerza podría haberle golpeado de aquella manera.

Su cuerpo se convulsionó en una nausea repentina. Sintió que su piel se tensaba, ahora en el vientre, ahora en el costado. Y lo supo. Supo que tenía algo dentro. Algo que tiraba, arrastraba, obligaba; algo que consumía. Algo que crecía y seguiría creciendo y golpeando. Algo que le destrozaría. Algo que le haría cambiar para siempre.

De pronto se encontró intentando recordar de qué estaba huyendo hacía solo unos minutos. No era capaz de verlo. Se rio sin humor, de un modo compulsivo y perturbado, de la nimiedad de todos los miedos que había sufrido en su vida.

Aquello en su interior se retorcía. Buscaba la luz. Ejercía su influencia más y más rápido dentro de su cuerpo: un parásito agresivo. Lo sentía fortalecerse a cada segundo, alimentado por la luna. El cielo se oscureció de pronto, y pudo comprobar como el dolor remitía. El intruso descansaba. Intuyó que aquella cosa que se alimentaba de su carne rehuiría las sombras.

Se adentró en el bosque, pensando que la densidad del follaje le protegería. Pero la luz encontraba el camino entre las hojas. La oscuridad era esquiva. Tenía que bailar, que correr en su búsqueda. Huir de los rayos lunares, cambiantes entre la arboleda. Así que huyó, más rápido y más desesperadamente de lo que había huido nunca. Porque esta vez no podía dejar atrás los temores de los que escapaba. Esta vez era plenamente consciente de que llevaba su miedo en el mismo centro de su ser.

Las ramas, finas y afiliadas, habían picado su ropa y arañado su piel. El bosque en penumbra era peligroso. El suelo irregular parecía feliz de acogerle con dureza a cada caída. Las raíces de los árboles le ponían la zancadilla. Su ropa no le protegía del frio o de los golpes. La humedad había calado sus zapatos y subía por sus huesos congelando cada articulación en una tortura cruel. Había llegado a su límite, y lo había superado. Lo había dejado atrás tantas veces que no podía recordarlo. Su mente estaba bloqueada, atenta sólo a correr y a evitar la luz. A cada despiste, a cada fallo, aquello en su interior crecía, acercándole a su inevitable final: el cambio o la muerte.

No podía decidir cuál de las cosas le apetecía menos. Porque en el fondo, aunque no lo hubiera reconocido nunca, se amaba. Amaba vivir. Amaba sus bondades e incluso sus defectos. No quería pensar en desaparecer, y ambas opciones implicaban eso. Cambiar o morir eran la misma cosa: la anulación de su identidad.

El amanecer le sorprendió corriendo. La luz dorada le alcanzó con lentitud, como un baño de miel. El destino se cristalizó sobre su piel, y en cada célula se cerró el pacto demoniaco. Estaba hecho. La sentencia había sido dictada.

El rictus en sus labios podía entenderse como una mueca de horror… o el rostro mismo de la felicidad.



3 Comentarios

  • Frida

    Pues durante la lectura, a partir de que sabemos que es un atropello, me he pasado el tiempo diciendo: «que no dé mucho miedo, que no dé mucho miedo», mientras, la piel se me erizaba. He de agradecer que cumplieses con mi deseo.

    He vivido la tensión durante todo el nudo. No sé qué diantres sería esa cosa, pero he vivido la sensación de dualidad, esa llama que quema y obliga a vivir que se apodera de él al final. Vaya perrada que para una vez en la vida que decide aceptar las consecuencias de sus actos se le meta en el interior un ente desconocido.

    También te digo, que eso de atropellar por la noche en el medio de la nada a algo o alguien, bajar del coche es horrible ya de por sí.

    Bien narrado, lleno de sensaciones y con un buen final, de esos abiertos que dejan al lector metido de lleno en la lúgubre/asfixiante atmósfera creada.

    • admin

      Pues muchas gracias por todo. Y por atreverte a leerme.
      Por cierto… ¿has caido en la trampa del Él por defecto? Intentaba que fuera un relato sin marcas de género. Igual no lo he conseguido

      • Frida

        No hay de qué. Pues lo cierto es que ha sido por defecto y quizás también porque relaciono ente con masculino. Ciertamente no tenía género.

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