La princesa cisne

Cuando éramos pequeños, éramos una familia feliz. Doce niños y niñas sonrientes, doce príncipes. Nuestro padre era, por supuesto, el rey. Un rey amable y bondadoso. Me gustaría decir que sabio, pero no voy a mentiros: no lo era. Padre era ese tipo de hombre que no sabe estar solo, que necesita del amor de otros para amar a su vez y de la confianza de otros para sentirse fuerte.
Nosotros, sus trece hijos e hijas, nunca contamos como otros, pero esto no será relevante hasta más adelante.

Cuando éramos pequeños, madre eligió a uno de sus retoños, en quien se veía a sí misma, y la educó como a una princesa. Mientras, cada uno de nosotros correteaba por nuestro hogar en pos de nuestra particular estrella, la luz en el centro de nuestro corazón.
El alma de esa luz, en todos los casos, era nuestra hermana menor, nuestra princesita.

Ella era la favorita de todos. Era hermosa y dulce, terca y consentida. Nada de ello era, debo reconocer, culpa de madre o padre. Si debo culpar a alguien, nos culpo a nosotros: los doce príncipes.
Todos sabíamos que, en cierto modo, nuestra reina y nuestra princesa eran parte la una de la otra. Y ambas eran todo lo que amábamos. Por eso no perdimos mucho cuando perdimos a nuestra madre. No la perdimos del todo. La teníamos a ella. Y la cuidamos. Éramos doce hermanos y hermanas volcados en hacerla feliz, turnándonos para darle aquellos que éramos.
Cada uno de nosotros la guiamos por nuestras pasiones. Juno y Maia le enseñaron a bailar en salones y corazones, política y romance, ilusión y compromiso, eso le dieron. Jano le enseñó que siempre hay cambios y nuevos comienzos. Nana que hay un tiempo para la risa y otro para el silencio. Augusto le enseño las dos caras del orgullo y Julio a manejar la rivalidad y a arriesgar cuando era necesario. Abril le enseñó la música de los sauces. Februa a mirar las señales pequeñas que preceden a las cosas grandes. Octavio le enseñó que hay cosas que merece la pena conservar. Neve le enseñó a esperar sin desesperarse mientras Nico le traía siempre el color del cielo antes de que se alce un nuevo día. Yo, por mi parte, le enseñé cuántas maneras distintas hay de luchar.

Como ya he dicho, ninguno de los doce príncipes perdimos cuando madre murió. Nos teníamos los unos a los otros. La teníamos a ella. Pero hubo dos personas que lo perdieron todo: nuestra princesa se perdió a si misma, y nuestro padre perdió lo que le sustentaba.
Tal vez fuimos ciegos, egoístas. Tal vez éramos todos demasiado pequeños para entenderle, para que nuestro amor o nuestro respeto contara para algo. No contó.
Fué entonces cuando llegó la nueva reina.

Era hermosa, eso nadie podía negarlo. Hermosa como el brillo en el filo de una espada. Hermosa como el hielo sobre el estanque. Tenía el brillo maravilloso de un fuego fatuo. Sonreía con la dulzura del digital.
También era fría. Lo sentimos todos al conocerla.
Recuerdo que, cuando puso sus ojos sobre mi, se esfumó mi ansia de lucha. Lo único que noté fue un vacío oscuro y un escalofrío que me sacudía de la cabeza a los pies.
Ella se rió con suavidad, apoyó una mano sobre mi hombro y me dijo:
Pareces aterida, cielo. No te preocupes. Te tejeré un jersey. Os tejeré un jersey a todos.

Lo hizo.
Tejió doce prendas, a la medida de doce cuerpos diferentes. Nos reunió a todos y nos pidió con los ojos llenos de ilusión que nos los pusiéramos.
Doce pares de manos temblorosas, doce almas dubitativas, divididas entre la responsabilidad de mantener una familia unida y el hecho de que el punto era horroroso y tenía aspecto de picar. Muchísimo.

Y picaba. Pero no como nos habíamos imaginado.
Cuando el tejido pasó por mi cabeza, cuando tocó mi piel, sentí un ardor caustico que echó raíces en mis nervios. El dolor se extendió veloz, atravesando cada centímetro de mi ser. Sentí restallar mis tendones, se soltaron de sus posiciones y se retorcieron. Los huesos se ahuecaron, cambiaron, se quebraron una y otra vez, reconfigurándose. Mis ojos se separaron, mi cuello se alargó. Mis labios desaparecieron, fundidos en un morro coriáceo. Me salieron plumas. Mis gritos acuchillaron la noche hasta que se transformaron en le quejido agónico de un pájaro.
Y, junto a los míos, los de mis hermanos.

En unos pocos minutos dejamos de ser los hijos del rey para ser una bandada de cisnes salvajes.
Volamos, volamos lejos, mientras la risa de la nueva reina nos perseguía.

No puedo contaros qué se siente cuando el viento te levanta, cuando el aire te agita las plumas. Cómo se ve el mundo desde arriba. Cómo el pensamiento se desdibuja al volar. Todo lo que te había importado se esfuma y se vuelve una bruma al fondo de la mente. El cielo, los colores, el polvo y las nubes, sentir el magnetismo del mundo ordenandolo todo…
Es muy difícil de entender cuando no vives con ello. Pero toda esa nueva realidad nos hizo olvidar quienes habíamos sido.
Eramos doce cisnes salvajes volando sobre el país.

Pero un día, recordamos.
No podría decir que fue. La risa del agua, la danza de la hierba, el brillo de la estrella del alba… Todo ello. O tal vez nada. Quizá el tiempo nos devolvía nuestra humanidad.
Recordamos. Y nos dimos cuenta de que la habíamos abandonado.

Doce pájaros blancos volaron directos a palacio. Doce corazones arrepentidos.
Ella nos vio, o nos sintió. El viento, que hasta el momento había sido nuestro aliado, se volvió en nuestra contra. Golpeaba, cortaba, se levantaba como un muro.
Decidimos disgregarnos. Iríamos a ella de uno en uno. Un pájaro, un solo pájaro, no era nada. Doce cisnes juntos llamaban la atención. Uno solo, no.

Así, los doce príncipes volvimos a velar por la princesa. Uno de nosotros estaba con ella siempre. Alrededor de su alcoba, en el patio, en el lago… Cada noche, nos colábamos en el cuarto y guardábamos sus sueños. Siempre nos marchábamos antes del alba. Pero le dejábamos una prueba: una pluma arrancada de nuestro pecho.

Fuimos ingenuos. Sí, lo fuimos.
Nuestra princesa también lo era.

Ella recogía cada pluma, cada pequeño tesoro. Comenzó a guardarlos. Con el tiempo, se hizo una almohada. Maldita idea, maldita almohada.

La princesa crecía, toda luz, y risa, tal parecida a su madre que la nueva reina no podía si no detestarla. Era demasiado querida para padre, no podía olvidarla como nos olvidó a nosotros.
No podíamos saberlo, solo imaginarlo.

«¿Dónde estará mi primogénito?», preguntaría mi padre. «No tiene importancia, mi rey», respondería ella. «Los niños vienen y van. Corren aventuras. Los reyes se quedan y deben velar por su felicidad. ¿Eres feliz conmigo?» Y padre diría que sí y se olvidaría.

Pero con la pequeña no podía ser. Y la reina lo sabía.
Un amanecer, nuestra hermana no despertó. La muerte la había visitado entre el despuntar del alba y el primer rayo de sol. Mientras yo salía por la ventana.
Asfixiada con su almohada.

El reino lloraba.
Nosotros llorábamos.

Doce porteadores llevaban un ataúd abierto al patio del palacio. La princesa en el dormía el sueño de los inocentes, su piel pálida ya no volvería a verse arrebolada.
Doce cisnes blancos descendimos del cielo. Los porteadores huyeron, la reina chilló. El rey dejó de llorar. Alzamos nuestras voces acusadoras.
«Ella la mató. Ella nos hechizó. Ella. Ella».
Una bandada salvaje de cisnes furiosos atacó a la reina. Lagrimas, sangre y espinas. La malvada reina desapareció.

Doce cisnes se arrancaron doce plumas de sus pechos. Doce plumas besaron sus labios. Doce hermanos y hermanas se arrodillaron alrededor de su amada benjamina.
Doce lágrimas rodaron, doce tristes recuerdos anegaron su frente.
Y sus ojos se abrieron. Nunca más una niña inocente, pero viva de nuevo. Trece hermanos se abrazaron.

Con un aleteo furioso, doce hermosos cisnes salvajes remontaron el vuelo.
Seguiríamos cuidando de ella. Siempre.
Nuestra princesa cisne.


Este relato forma parte del #Origireto2019 organizado por Stiby y Katty Podéis ver las bases aquí y aquí
Cumple con el requisito 12: haz tu propia versión de un cuento conocido (los doce cisnes salvajes). Incluye el objeto oculto 15 (pluma) y 34 (una resurrección).
Relato de más de mil palabras. Narrador en primera persona. Protagonista mujer.

11 Comentarios

  • Frida

    Pues cuando leí doce cisnes creí que era una crítica sobre el cuento, así que me he llevado una gran sorpresa al hallarme un érase otra vez. Debo decir que este cuento nunca acabó de gustarme del todo. porque los doce cisnes era como si estuviesen alli un poco por hacer bulto y parecía que la única persona importante era la hermana, algo que has sabido explotar muy bien en tu cuento. Otro de los detalles que le han dado magnitud a la historia ha sido la forma en la que has tratado los sentimientos del rey y las hermanas y hermanos de la pequeña princesa. El querer no siempre es sinónimo de otorgar lo mejor. Y el egoísmo, por su parte, en ocasiones nos lleva a tomar decisiones nefastas para los nuestros.

  • Chery

    ¡Hola!
    En realidad yo no conozco el cuento de los 12 cisnes, pero me gustó mucho el tuyo, creo que el amor de una madre, educando a sus hijos de una manera, que cuando ella no esté, no les haga falta porque se tienen entre ellos. Aún siendo tan pequeños he inocentes, se dieron cuenta que eso no era suficiente y luego lucharon porque las cosas fueran diferentes y creo que lo lograron. Es una moraleja al fin de cuentas.

    • admin

      Es un cuento de Andersen en el que la protagonista principal es la princesa y los hermanos están un poco por estar. Quise darle una vuelta, que la importancia recayera en la familia y en los hermanos en si.
      Muchas gracias por comentar <3

  • KATTY

    Wolas!

    Uf no sé por donde empezar… Me ha sorprendido mucho este relato. No esperaba una narración tan meliflua y tan típica de cuento clásico. Me ha parecido genial y aunque recuerdo el original solo a medias, me iba volviendo a la memoria mientras leía. Muy adecuado, ya que estás dando el punto de vista de los hermanos, que en el original eran más bien de bonito. Me ha gustado mucho, los cuentos son una de mis pasiones y el tuyo es precioso.

    Tienes frases como: “Era hermosa, eso nadie podía negarlo. Hermosa como el brillo en el filo de una espada. Hermosa como el hielo sobre el estanque. Tenía el brillo maravilloso de un fuego fatuo.”, que me parece que describen al personaje perfectamente sin explicaciones innecesarias.

    Y bueno por último, no es necesario que pongas 3 enlaces a los bogs ^^ basta cono las dos entradas a las normas de ambas y si pones Katty en lugar de Musajue lo agradecería, @Musajue solo lo uso como @ porque KATTY siempre está pillado xDDDDDD Lo demás todo genial ^^ Un abrazote y enhorabuena.

    .KATTY.
    @Musajue

    • admin

      Muchas gracias por tus palabras. Me alegra que te haya gustado 🙂

      Ahora cambio lo del nombre (te soy sincera, me hago un lio lindo con los nombres y las arrobas y la mitad de las veces te llamo Kitty, Lo siento. Por favor, no me mates)

  • Stiby

    Muy buenas!
    Me ha parecido un relato muy fluido, como ya te han dicho en otros comentarios. Me has atrapado con la historia a pesar de que yo no conocía el cuento original. Pensé que sería una versión de la peli de Disney La princesa cisne, que a su vez es una adaptación de la ópera El lago de los cisnes xd
    Me ha gustado mucho como describes el amor de los hermanos y el modo en que van dejando sus plumas y eso acaba por delatarlos.
    Muy bien traídos los objetos!

    Solo he visto dos tildes que diría que faltan, estas dos frases:

    No podría decir que fue. -> sería qué
    La princesa en el dormía el sueño de los inocentes -> en él. Aunque quedaría más claro “la princesa, en su interior, dormía…”

    Enhorabuena por el relato!

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