Recuerda que eres mío

—¡Cógelo! — gritó Liam mostrándome su sonrisa pícara. Y yo lo cogí.

Él era mi mejor amigo desde que se mudó al piso de al lado. Estudiábamos en el mismo colegio y él se inventaba nuevos caminos para llegar a todas partes. A su lado, mi infancia fue más rica. Y ahora hacía mi vida mucho más interesante.  Me metía en líos pero también me sacaba de ellos. No me dejaba aburrirme.

Miré mi mano, que sujetaba una pelota de golf. Me reí. Cosas de Liam. Siempre había estado un poco loco.

Levanté los ojos y supe que el loco había sido yo.

Liam me sonreía. Sus ojos marrones brillaban con miles de motas doradas. Su piel resplandecía y su cabello, de pronto largo hasta su cintura, ondeaba como las ramas de un sauce al viento. Destacaba sobre los grises y azules de la noche en la ciudad, más extremos en callejón en el que nos refugiábamos de nuestra posible enésima pelea callejera. Pero lo que más llamaba la atención eran sus alas. Eran enormes, estilizadas, con irisaciones verdosas. Era hipnótico.

—¿Te gusta? —pronunció sin esconder cuánto se divertía. Incluso su voz había cambiado. Ahora era más melódica y grave. Quería decirle algo, preguntar, gritar. Tocarle. O incluso huir. Estaba paralizado.

Él se acercó, cogió la pelota de mi mano.

—Así será más fácil —dijo con el semblante serio—. Proteger a un ciego del mundo oculto puede ser agotador. —Una sombra le cruzó el rostro—. Además, así me ayudarás —añadió con una sonrisa.

Me sorprendí cuando mis labios se movieron para responderle.

—¿Qué necesitas que haga? —Sonreí. Me sentía invencible.

Corrimos por la ciudad. Incapaz de orientarme, me dejaba llevar por él. Carecía de control. Resultaba la mejor sensación que había experimentado nunca. Mi confianza no conocía límite, y tampoco mi asombro. Había transformado cada tono apagado, cada mota de suciedad, cada orín y decadencia en algo vibrante, nuevo, repleto de vida. Dio una patada a una lata de conserva caducada que teñía el suelo de orín y, al elevarse, estalló en chispas y alas de libélula.

Caminaba a su estela, embriagado. Mis dedos tocaban las paredes, de las que surgían hojas y flores en lugar de los grafitis que conocía.  Poco a poco fui cogiendo las campánulas más brillantes, los mejores lirios, la rosa más fresca. Tejí poco a poco un adorno para su pelo, mientras caminaba. Se lo coloqué entre risas, aunque tenía miedo de que se ofendiera. Estaba radiante con él, y de algún modo lo sabía.

Llegamos al barrio modernista de la ciudad. Me sorprendí; Liam solía evitarlo. Al menos cuando estaba conmigo. Tenía un perfil mucho más bajo que las zonas en las que salíamos, y era menos gris, mucho más terrosa. Pero esta noche… Esta  noche era pura magia. Las olas de piedra se volvían reales a mis ojos; los edificios bramaban y la sal llegaba a mi piel. Las ninfas hablaban entre sí de pedestal a pedestal, guardando el paso de las puertas de roble. Ojos luminosos espiaban entre las hojas pétreas bajo las ventanas. Las columnas de palmera se agitaban dejando caer frutos oscuros y melosos.

Al girar una esquina, cientos de mariposas translúcidas me atravesaron. El cosquilleo que producían era adictivo. Por un momento lo único que quise era perseguirlas, conseguir sentirlas una y otra vez hasta romperme. El calor de la mano de Liam en mi hombro me devolvió tiernamente al suelo, a esa realidad irreal que ahora compartíamos. Su mirada era tierna. No sabía qué le preocupaba, pero supe en ese instante que lo amaba.

Se encaró a una dama tallada en piedra sobre el marco de una puerta. Cantó y ella abrió sus ojos para cantar con él. Sentí que algo se revolvía en mi interior, una furia fría que me hacía sentirme lejos de aquello. Mis pies se arrastraron un poco hacia atrás, sabiendo que no pertenecía a aquel lugar ni a aquel momento.

La puerta se abrió con un crujido lento. Liam me cogió la mano. Me sonrió con calidez, como supiera lo inseguro que me sentía. Su agarre era firme y me transmitía una fuerza calmada. Él se acercó y me susurró al oído.

—Pase lo que pase más allá de esta puerta, recuerda que eres mío.

La luz del interior era dorada, pero no venía de ninguna lámpara. Mis pasos se hundían en alfombras mullidas mientras recorríamos un pasillo decorado con cortinas de hiedra y cristal. Al fondo la luz cambiaba, se había más suave. De allí venía una algarabía de risas mezcladas con flautas y tambores. El resultado era una cacofonía extraña pero atrayente. Quise bailar, llegar hasta los músicos y arrebatarles las baquetas para tocar fuerte el ritmo de mi alma.
Liam no me soltaba la mano, y ese contacto me recordaba el escalofrío que había sentido con su aliento en mi cuello unos minutos antes.

Me guio a través la fiesta, saludando algunos seres como él. Como él… pero ninguno tan hermoso. Una candorosa sonrisa escondía unos dientes afilados. Los ojos que pretendían ser seductores eran pantanos muertos. Nadie podía comparársele. Tenía razón al decir que yo era suyo; estaba en mí, en mi sangre, en mi hueso.

La música llamaba a una parte de mí que deseaba correr a la pista y bailar. Él lo sabía. Su agarre se fue endureciendo. Me acercó casi a rastras hasta una mesa en la que había comidas extrañas. En otra situación me habrían parecido sospechosas, incluso asquerosas, pero no cuando él me las ofrecía. Probé platos delicados que no sabría describir, bayas dulces y vino amargo que me hicieron sentir eterno.

Cuando creyó que era suficiente, hizo que me girara hacia él. Me miró a los ojos y me quedé petrificado. Puso sus manos sobre mis hombros y deseé creer que él también me amaba.

—Eres mi propiedad, mi amor, mi hechizado—me dijo, y cada pequeña porción de mí saltó de alegría—. Por el rayo y el viento, la tierra y el cielo. Por la piedra, la sangre y el hueso, te ordeno. Espérame aquí. No te muevas. No hables.

Desapareció de la fiesta y yo me quedé allí, plantado, incapaz de hacer o decir nada. Observando el desfile de seres grotescos y almas en pena. Viendo cómo bailaban, como se amaban y odiaban, cómo conspiraban. Siendo testigo mudo de una decadencia exquisita.

Poco a poco algunos invitados se acercaron a mí. No eran hermosos. No eran mágicos. Eran personas, igual que yo. Estaban pálidos y se movían de un modo fluido, como arrastrados por corrientes invisibles. Se arremolinaban a mi alrededor de tal modo que no podía verlos del todo, si no que percibía partes. La mano de un anciano surcada de venas azules. El cabello quebradizo de una muchacha. Las ojeras profundas de un hombre.
—Pobre. Pobre alma en pena — susurraban con sus labios cortados—. Sin piedad te han hechizado. Pobrecillo. Nada hermoso te espera a partir de ahora.

Huyeron de pronto, como una bandada de palomas ante un niño. Al apartarse vi a Liam, que venía hacía mi con paso rápido. Apresuradamente tomo mi rostro y me besó mientras colaba bajo mi chaqueta un objeto.

—No lo mires. No lo toques —me conminó con voz ronca—. Ven conmigo.

Le seguí, feliz, disfrutando del fantasma de su tanto. Le estaba ayudando al fin. Podría darle algo a cambio de tanta maravilla. Me llevo a una pequeña habitación algo apartada. A nuestro paso otros invitados nos miraban. Algunos, humanos celosos, negaban con la cabeza. Otros murmuraban. Sonaban risitas cómplices que me hicieron imaginar cosas que hasta aquella noche no había imaginado que deseaba.

Cerró la puerta de la estancia y, sin decir nada, la atravesó. Sacó un trozo de yeso de su bolsillo y dibujó otra puerta, justo al otro lado. 

—Te vas a ir ahora —me dijo. — No estoy descontento contigo, al contrario —aclaró ante mi cara de consternación —. Pero es lo mejor para ambos.

—Quiero estar contigo —supliqué. Pero su mirada fue clara. No podía claudicar.

—Guarda eso que te he dado. Guárdalo como un recuerdo precioso. Que sea solo para ti. Una prenda. Sí, una prenda de la promesa de que volveré a por ti. ¿De acuerdo?

Asentí. El tocó dos veces en la pared, dentro de la puerta pintada, y esta se abrió.

—Recuerda que eres mío —escuche que decía mientras atravesaba el umbral y la negrura se cernía sobre mí.

Cuando abrí los ojos era de día y estaba en mi cama. Bajo mi chaqueta tenía un trozo de tubería. Pensé en la noche anterior, en Liam y en la magia. La tubería brilló. Bajo esa apariencia, supe, había algo más. La guardé bajo mi cama. La prenda preciada de una promesa.

Aquí le esperaré, junto a mi puerta, aún en el silencio y el frío. Sin pájaros que me canten ni estrellas que me alumbren. Aquí le espero. Aunque se desvanezca la maravilla. Le esperaré uno y cien inviernos a que vuelva a susurrarme. “Recuerda que eres mío”.


Este relato corresponde al #OrigiReto2019 de Stiby y Katty (normas aquí y aquí)
Objetivo 24 (haz un fanfic: en este caso es un retelling de “La belle dame sans merci” de Keats) y objetos ocultos 9 (lata de conserva caducada) y 10 (instrumento musical)
1508 palabras. Milpalabarista.

7 Comentarios

  • Chery

    ¡Hola!
    Es una historia que me ha gustado, pero me ha dejado un poco descolocada. Ahora tengo que leerme el original, por así decirlo, para entenderlo mejor jejejeje. Por un momento llegué a pensar que era un sueño lo que tenía, porque tantas flores, mariposas y Hadas en los balcones no era normal. Muy agradable de leer.

    • duxiet

      Gracias ^^
      El narrador está hechizado. Cuando coge la pelota comienza a ver el mundo de las hadas, imbricado en el mundo normal (Si, esto es muy changeling el ensueño, el juego de rol, y soy consciente). Por eso todo parce un poco un subidón de LSD

  • Daniela Novoa

    Aunque no conozo el retelling en el cual situaste tu relato, a través de las descripciones realizadas me sumergí en el mágico escenario que construiste. Me encantó ese tratamiento que le diste a cada detalle, no es fácil, sino que por el contrario para mi es muy dificil lograr escribir fantasía y lograr cautivar al lector, por lo que admiro lo que has realizado en tu fanfic. De todas maneras leeré “La Belle Dame sans Merci”.
    Muchos saludos desde Chile

    • duxiet

      Si he conseguí hacerte leer ese poema de Yeats, ya me doy por contenta. Es una maravilla romántica 🙂
      Me gusta mucho este tipo de fantasía urbana y feerica. Quiero seguir haciendo relatos en este estilo, que es el mismo del relato que tengo en El cuervo de un ojo y el elfo de Vuelo de cuervos (que está gratis en Lektu)

  • Atthis

    ¡Me ha parecido un relato muy musical!
    Ojalá entender un poco más del mundo en el que suceden los acontecimientos, me encantaría seguir leyendo sobre esas criaturas misteriosas y sus hechizados.
    Muy entretenido ( y con mogollón de tensión sexual no resuelta!)
    Nos leemos!
    Atthis
    @CMarcapaginas

    • Anónimo

      Las hadas es lo que tienen, son encantadoras xD Me encanta este tema, no descarto hacer más historias con este tipo de hada y fantasía urbana en el futuro…

  • Kalen - Raúl

    Este relato es una delicia. Me encanta el ritmo, la cadencia tan poética que has imprimido a la historia. La elección de las palabras, los incisos, los sonidos… es todo muy perfecto. Es cierto que al principio aturde un poco y cuesta hacerse a la idea del contexto pero según avanzas la magia te envuelve y te atrapa como a nuestro protagonista. No recuerdo haber leído ese poema de Keats antes de hoy aunque me ha evocado a las clases en la UAM con el profesor Mortimore, qué tiempos… y me ha gustado reencontrarme con Keats. En definitiva, que felicidades y a seguir deleitándonos con cosas así.

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