Cantre’r Gwaelod

La tormenta sorprendió a Gwen Jerningan en la playa.

Aquella no era una tormenta normal, eso quedaba claro. El agua formaba una cortina densa y pegajosa dispuesta a ahogar cualquier cosa que encontrase en su camino. El viento soplaba tan fuerte que derribaba señales y postes eléctricos. Creyó ver volar un antiguo señalizador, marcado con ocre y verdín. Sintió que el viento le arrancaba la ropa. Su colgante de la letra griega Psi salió despedido. Estaba perdida, estaba segura de ello.
 Aunque sabía que era una tontería, porque un gesto así jamás podría salvarla, enterró los pies en la arena tan profundo como pudo. Una voz dentro de ella, aquella que solía hacerse sentir mal, suspiró aliviada, alegrándose de que pesara sus buenos cien kilos. Gwen la obligó a guardar silencio. Y después escuchó.
La tormenta aullaba. Sonaba como las lonas de los grandes veleros y como el gemido del zorro en las noches de verano. Como miles de tambores de guerra en la lejanía. Como un arroyo embravecido grabado en una cinta antigua. Como el miedo.

Hasta que dejó de sonar.

El sol calentaba la piel pálida de Gwen y sacaba destellos rojizos de su pelo. La brisa era suave y olía a verdor, a musgo y solo ligeramente a mar. Oía pájaros cantores y pequeños movimientos entre hojarasca. Abrió los ojos.
Ante ella, un gran bosque se interponía con el horizonte. Sus pies pisaban un cultivo frondoso y verde que le pareció cebada. Se abrazó a sí misma, aunque en realidad no tenía frio, solo para sentir algo conocido.
—¿Dónde estoy? —dijo para sí.
—En Cantre’r Gwaelod —le respondió una voz salvaje como un viento nocturno. Gwen se giró para descubrir a una joven espigada, de piel verdosa y cabello castaño. No necesitó más para saberlo: una hija de los túmulos, una elfa.
—¿Cómo es posible… —comenzaron al tiempo. Gwen calló.
—…que una criatura tan hermosa como tú exista? —terminó ella con una sonrisa encantadora asomando en sus labios.
Gwen se sonrojó. Hermosa. La había llamado hermosa. A ella. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Dónde estaba la trampa?
La elfa le tendió la mano.
—Ven conmigo, mi doncella —susurró. Su aliento olía a frutas y ligeramente, muy ligeramente a descomposición. Gwenn titubeó. Ella volvió a sonreír, enseñando unos caninos largos y extremadamente afilados—. Ven—repitió, y esta vez no era una petición, sino una orden. Los pies de Gwen se movieron sin su consentimiento, simplemente obedecía. Tomó la mano de aquel ser.
Se vio arrastrada hasta el corazón del bosque, sin más voluntad que la de seguir caminando. Llegó ante una piedra tallada, llena de estrías y espirales.
—Siéntate —dijo la elfa con aquella misma voz que apremiaba y pesaba sobre el corazón de la chica como una losa. Obedeció.
En cuanto sus nalgas rozaron la piedra, unas enredaderas crecieron a su alrededor, inmovilizándola.
Justo antes de dejarla sola, la elfa sonrió y la mirada se le iluminó de un dorado resplandeciente. Solo entonces se dio cuenta Gwen de que sus sonrisas anteriores no habían llegado a sus ojos.

Sola en el claro, perdida dentro de un bosque mítico, Gwen lloró. No lo hizo ruidosamente, como una niña. Simplemente dejó que las lágrimas barrieran sus mejillas y mojaran sus vaqueros. A su alrededor, el bosque latía agradecido por el riego de angustia que estaba recibiendo. Agradeciendo lo que recibiría aquella noche: sangre y vida.

Oyó un pequeño gaspido a su derecha. Gwen levantó la cabeza y sorbió sus lágrimas. Fuera quien fuera, no quería otorgarle el poder de verla sufrir. Quería luchar. Anhelaba luchar.
El ser que se le presentó no era un elfo. Ni un duende, un goblin o una banshee. Era pequeño, peludo, con cuernos y una larga cola escamosa. También tenía patas peludas, como los de una cabra.

—Ey, chica —le dijo— ¿Quieres una ayudita?
—¿Qué eres tú?¿Un demonio?
—Sí. No. Yo qué sé. Lo que tú quieras.
—Si eres un demonio, no puedo confiar en ti.
—¿Pero sí en una shide que te va a sacrificar para mantener el bosque a flote?
—¡Tampoco!
—Pues bien que has venido aquí —respondió con sorna el pequeño demonio.
—Yo no quería. Ella me ha… me ha…
—¿…hechizado? Eso dicen todas.
—Vete a la mierda. ¿Me vas a ayudar o no?
—Claro que si. Solo que…
—¿Solo que qué?
—Bueno, que hay un precio. Quid pro quo o como se diga.
—¿Qué quieres de mí? ¿Mi alma?
—Almas. Puf —se rio el demonio— ¿para qué quiero yo eso?
—¿Entonces qué? ¿No serás un íncubo de esos?
—En todo caso súcubo. Aunque bueno, eso es más o menos opcional.
—¿Más o menos…? Mira, déjalo. Dime tu precio.
—Que me busques. Cuando vuelvas.
—Buscarte. Ya. ¿Algún tipo de indicación? ¿Nombre? ¿Ubicación? ¿Dirección de email?
—Ya te las arreglarás. Ahora calla. Se está acercando. Solo acepta.
—Vale.
—¿Vale?
—Que sí, que acepto.
—¡Genial! —el demonio sonrió con una sinceridad que abarcaba el claro entero. Por primera vez en mucho tiempo, Gwen se sintió reconfortada. Los cuernos del pequeño súcubo rozaron la barbilla de la chica mientras éste le colocaba algo al cuello. Se trataba de su colgante. La letra psi brilló bajo el fulgor de los ojos del demonio, negra y pesada. Una pieza de hierro. Las enredaderas que aprisionaban a la chica se retiraron, como si ella quemara.

La elfa entró en el claro dando grandes zancadas mientras mascullaba algo que Gwen no llegó a entender. El demonio se vaporizó en una voluta de humo sulfuroso.
La shide estaba furiosa. Su rostro perfecto era bello, pero solo como es bella una tormenta.
—¡Quítate eso! —gritó. Su voz sonaba igual de imponente que antes, pero a Gwen no le importó. La elfa ya no tenía poder sobre ella.
—No —dijo con la voz clara y firme.
La shide chilló, y con ella lo hizo el bosque entero. El entorno se aceleró. Todo se volvió confuso y borroso. La chica cerró los ojos intentando no desmayarse.
El viento azotaba a Gwen, perdida entre los ecos guturales de aquella voz ultraterrena. Cuando volvió a abrirlos se encontraba rodeada de tocones petrificados. Sus pies estaban profundamente enterrados en la arena. A lo lejos sonaba una sirena y alguien le preguntaba si estaba bien.
Gwen apretó su colgante con la mano, sintiendo el frío tranquilizador del hierro.
—Sí. Bien— respondió al policía que la interrogaba.

«Ahora tendré que buscar a alguien»,  decidió.


Este relato corresponde al #OrigiReto2019 de Stiby y Katty (normas aquí y aquí)
Objetivo 19 (relato basado en una noticia. En mi caso, esta: https://actualidad.rt.com/actualidad/315662-mitico-bosque-gales-reemerge-tras-tormenta ) y objetos ocultos 21 (un demonio) y 7 (una letra griega)
1058 palabras. Milpalabarista. Interesante

2 Comentarios

  • Stiby

    Muy buenas!

    Qué bien escribes, jodía. Me encanta cómo transmites la esencia de los lugares que tienes en la cabeza, sobre todo, ya que yo soy más de narrar en sitios más indeterminados sobre personas más indeterminadas.Me ha gustado como has introducido a una persona gorda en tu relato, te ha quedado genial. También el componente fantástico y los sentimientos que refleja la protagonista cuando llora en silencio. Muy reales.

    Tengo una historia con la letra psi y es que cada profesor de la carrera la escribía diferente y yo ya tenía un cacao porque claro cuando empecé pues ni idea del alfabeto griego. Así que un día me lo busqué en google para saber cual era cual y resultó que algunos la hacían mayúscula, otros minúscula y que a parte la letra tiene 2 formas de escribirse en cada. Un cristo jajaja.

    Un abrazote!

  • Frida

    Tu prosa está llena de matices y sensaciones. Es delicada y a la vez sabe golpear el alma de quien te lee. Desde que Gwen aparece en escena y nos la describes no he podido dejar de pensar en Terry Pratchett. Y es que además está esa elfa hermosa que no es muy buena, el súcubo graciosete que la salva y luego todo desaparece como si no hubiese estado ahí o quizás como si se supiese camuflar con el entorno sin revelar a no ser que un ojo experimentado lo vea.

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