No me olvides

Marcia Morton había vivido siempre al lado de un cementerio. No era un lugar triste donde los muertos reposan como abejas en su panal. Tampoco tenía nada de aséptico. Ni siquiera era pulcro. El cementerio de Marcia estaba vivo, al menos tanto como ella. Respiraba a través de cada lápida. Lloraba con el agua de la mañana que caía de las ramas de los árboles y de los dedos de las estatuas. E incluso reía cuando el viento del norte agitaba las hierbas demasiado altas y hacía entrechocar las hojas. Pero, sobre todo, perduraba.

El día del nacimiento de la pequeña Marcia llovía. Su madre se había parado al lado del camposanto, buscando amparo en el gran pórtico, apretada contra la verja de hierro. En aquel momento no se había visto con fuerza de caminar los cinco kilómetros que la separaban del convento de la Caridad, que era el lugar donde esperaba dejar a su hija. Puede que entre el viento y el agua llegara a dormirse, agotada, hasta que las contracciones la despertaron. Puede que no. Lo cierto es que dio a luz allí mismo y que aquel fue el punto que eligió para abandonar a la niña, un bebé sin legado ni nombre. No fue hasta la mañana siguiente que un celador encontró un hatillo ensangrentado junto a un pilar tallado con motivos de la Resurrección. Lo cogió con cuidado, pensando en cavar con rapidez una tumba anónima y muy pequeña. Aquella mañana las estatuas lloraban y Marcia también lloró. Fue ese grito primario el que la llevó de la puerta del cementerio a más allá de la tapia trasera.

El doctor Morton había sido reverendo de una iglesia extranjera, pero era también un buen médico. Un hombre en el que las gentes confían con rapidez. Cumplía la doble condición de saber qué hacer con un bebé recién nacido y tener el corazón y los recursos para ponerlo en práctica. El celador sabía que él se haría cargo y, además, vivía muy cerca.

La habitación de la infancia de Marcia tenía una sola ventana, alta y estrecha, a la que la niña había aprendido a trepar para contemplar las vistas. Desde allí podía contemplar la explanada verde y gris del cementerio, con todas sus pequeñas maravillas de color agarradas a las tumbas y la vida pequeña e invisible que correteaba por doquier. Era encaramada a aquella ventana donde más le gustaba estar, y donde aprendió que todo era mutable y al mismo tiempo permanente.

Cabía esperar, con semejante bagaje, que la pequeña Marcia hubiera sido una niña huraña o temerosa, tímida tal vez. En el peor de los casos tormentosa o inclinada a lo tétrico. Pero lo cierto es que era una chiquilla alegre y voluntariosa que se afanaba por ser de ayuda al doctor. Se aferraba a la vida como la nomeolvides se aferraba a las piedras de la tapia bajo su ventana. Y lo hacía con tal fuerza que no tardó en ganarse el apellido Morton aunque nunca fue adoptada, o siquiera reconocida. Era una ayudante tenaz, de estómago y corazón resistentes. En el pueblo la consideraban solitaria, aunque no era ella la que imponía sus distancias. Perseguía al doctor donde fuere, siempre silenciosa pero diligente. En su adolescencia ya una buena enfermera, pronto más bien una cuidadora de quien había sido su cuidador. Morton se convirtió en una densa sombra sobre ella, que solo buscaba la luz del sol. Cuando el doctor dejó de recibir visitas y apenas salía, nadie veía a Marcia. No la buscaron cuando, tras una larga ausencia, al fin encontraron el cuerpo del buen doctor tendido en calma en su cama. Tardaron varios dias más en buscarla. Cuando al fin abrieron su habitación solo encontraron una nomeolvides en la almohada.

No miraron por la ventana.

Enterraron al doctor Morton por la mañana un domingo nuboso, cerca de la tapia de su casa. Marcia ensayó su primera sonrisa, contenta porque estuviera tan cerca de sus flores favoritas.

Hubo otras personas importantes para Marcia. Eran luz de estrellas en sus noches, latidos de su corazón de terciopelo. Ella las llamaba sus niñas de verano.

La mayor de todas se llamaba Edith y era pelirroja. Tenía la mirada afilada de una ardilla y saltaba entre las tumbas como uno de esos roedores sin importarle si se manchaba su vestido bueno. A Marcia le hacía gracia verla corretear, pero no se había planteado nunca hablar con ella. Hasta aquel día.

—¿Qué haces? —le preguntó Edith, que entonces tenía siete años.
—Cojo flores—respondió Marcia desde lo alto. 
—¿Subida a una pared?
—No todas las flores crecen a ras de suelo.
—Pero las flores silvestres no sirven para hacer ramos —añadió Edith tercamente—. En todo caso ramilletes. Eso dice mamá.
—Pues haré ramilletes. O las daré de una en una. No hace falta ser ostentoso, ¿no crees?
Le tendió la delicada flor morada que acababa de recoger. La niña rió como solo los niños saben, y el cielo se abrió sobre Marcia, tiñéndola de dorado.

Edith fue el verano para Marcia durante todos los años en los que el verano olía a mirto y azahar.

Igual que las flores salvajes, Edith aparecía cuándo y cómo le apetecía. Era voluble en sus actos, pero su corazón fue leal incluso después de casarse, de los niños y las obligaciones. En su juventud, plantaron juntas un castaño durante una mañana de sol. Edith llevó el plantón y Marcia eligió el lugar donde crecería. Junto a la tapia trasera, rodeado de nomeolvides, bajo lo que parecía una antigua ventana. Marcia lloró junto a aquel castaño, como lloran los árboles del cementerio, el día en que la enterraron muchos años después. En su lápida, cuando todos los demás deudos de aquella Edith anciana se hubieron ido, añadió una palabra, escrita con todo el cuidado de aquellos que hacen algo importante que saben que no se les da bien: Nomeolvides.

El verano de los melocotones fue el tiempo de Esther, que tenía el pelo caoba y se ocultaba entre las tumbas para contarse historias. Marcia tardó muchos días en dar un solo paso hacia ella, porque Esther siempre parecía ocupada. Se quedaba sentada tras un tocón, en una sombra, y observaba cómo cantaban las musas para aquella chica desgarbada. Al principio lo único que veía eran los susurros que se escapaban distraídos entre los labios rosas, el rasgar del lápiz contra el papel, la súbita furia cuando algo no acababa de surgir. Poco a poco, año a año, aquello cambió. Esther paseaba, corría, declamaba sus textos. Los poemas, muy quieta; los diálogos, cambiando las voces. Gesticulaba, paraba y apuntaba. Una y otra vez. Mientras tanto Marcia reía suave, confundiendo su hálito con el viento, invisible. O eso creía ella. Esther sonreía. Llevaba frutas de su huerto y las dejaba bajo el castaño de Edith. Después seguía escribiendo.

Marcia comenzó a dejar para ella flores violetas de los muros. Y, aunque no se hablaban, se conocían.

El tiempo de los melocotones terminó el día que Esther publicó su primer libro. Fue el último día que la joven la visitó en el cementerio, pero no el último en el que pensó en su amiga hecha de brisa y sombras. Marcia aparecía en todas las historias de Esther del mismo modo que aparecía en sus recuerdos: una figura difusa pero amable y cálida. Alguien sin protagonismo pero que hacía de sostén para los demás personajes. No era algo inconsciente por parte de Esther, era un sentido homenaje, tan silencioso como su silenciosa amiga a la que solo había entrevisto durante años pero que siempre la había apoyado. Confiaba en que Marcia leyera sus obras.

Pasaron muchos años sin verano hasta que Esther regresó al cementerio. Hubo un oficio extraño para ella, llena de rostros bohemios vacíos a fuerza de alcohol y snobismo y de versos mucho más sonoros que sentidos. Todos se fijaban más en los otros que en la temprana partida de Esther. Marcia talló una flor de nomeolvides delante de todos, pero nadie se dio cuenta.

Los veranos de Marcia hoy pertenecen a Ruth, que tiene el cabello del color del ala de un cuervo, se sube al árbol de Edith y come distraídamente sus frutos. Ruth, que colecciona ediciones de la obra de Esther. Estos son veranos que huelen a incienso y khol.

Ruth pasea por el cementerio lejos de los caminos y acaricia el musgo que crece sobre las lápidas. Se pregunta quién vive bajo las piedras y, en su fuero interno, desea ser una bruja. Una de verdad. Porque se merece que la vida sea un poco mágica. Marcia está sopesando el modo de conocerla y darle su primera flor. Aunque lo que en el fondo desea es que sea Ruth la que la encuentre, al fin, y tener su propia lápida.

Solo desea que no la olviden.

2 Comentarios

  • Frida

    Hace ya algunos días que me llegó el mail con esta entrada y he estado buscando el hueco perfecto para leerla, porque sabía que cada palabra sería pura delicadeza, de esa que te arrastra hacia el mundo que lees y te aprisiona el corazón. Qué talento tienes, Aitziber, es una historia preciosa, llena de magia y emotividad. La historia de Marcia es increíble, la puesta en escena mejor, las mujeres que pasan por su vida mientras ella busca a alguien que le ofrezca un nomeolvides es de esas que se queda clavada. He leído y a la vez notaba que la emoción me embargaba.

    Una delicia, como siempre, leerte.

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