2014

2014

Sacó su smartphone del bolsillo de la chaqueta y miró la hora. Llegaba con retraso. Comenzó a subir los escalones que daban a la puerta de la iglesia mientras apagaba el teléfono y le quitaba la batería. Toda precaución era poca.

Empujó la puerta de madera antigua, grasienta por miles de manos, y saltó el travesaño inferior sin demasiada gracia. El interior del templo era fresco, sintió la humedad del ambiente subirle por las pantorrillas. La sacudió un escalofrío y deseó que hubiese parecido cosa del fervor religioso.

Al pasar al lado de la pila bautismal deceleró el paso. Miró el agua con aprensión. Después, volvió sus ojos alrededor. Decidió que no la observaban y continuó andando sin mojar sus dedos y santiguarse como era preceptivo.

Buscó un hueco en las bancadas de las primeras filas. Aquellas tenían un acolchado del que carecían los puestos de atrás. Llevaba una falda plisada de un largo coqueto, así que prefería no tener que apoyarse sobre la dura madera.  Al lado del púlpito, con un catecismo en la mano, estaba Sergio. Le sonrió al acercarse, pero siguió con su discurso. No, no hablaba sobre religión. Hablaba sobre censura, privilegio del poder, libertad individual y reparto justo de la riqueza. De hecho, era el mismo discurso de siempre. A ella le parecía que había que hablar también de otros temas, como la igualdad entre sexos. Estaba harta de tener que llevar encima su DNI y el salvoconducto firmado por su padre y validado por un chupatintas del estado que decía que era una mujer sensata y honrada y que podía ir por la calle sin compañía masculina. En sus sueños solía destruir ese documento; lo quemaba, lo trituraba, lo hacía añicos con sus propias manos.

Se sentó en la segunda fila, procurando no mirar a la cara a los demás presentes. Sabía que el Padre Román estaba allí, de pie junto al confesionario, pero tampoco lo miró. No era vergüenza, sino más bien aprensión. Sabía que lo que hacía era un delito. Pero sentía que no hacerlo era un crimen.

La reunión estaba terminando. Aquel día se habían librado de la presencia de la policía, así que se había ahorrado el fingir que estaban rezando.  Ella no escuchaba. En ese sentido, sí que estaba usando la iglesia del mismo modo que los feligreses. Sólo que con otros Dios y otro Credo.

Un golpecito sobre sus rodillas la devolvió a la realidad. Bajó los ojos y vió que tenía en el regazo un tomo de la biblia bastante voluminoso. Desde el púlpito Sergio hablaba de tender la mano al hermano musulmán, de acoger la fuerza de la sharia. El califato no puede ser peor que lo que tenemos, argumentaba.  Algunos de sus camaradas asintieron. Ella negó lo con la cabeza. No se daban cuenta no sólo que no era una mejora, si no que sin una imagen de democracia jamás los aceptarían en la Unión Europea. Necesitaban una segunda fuerza internacional para no depender tanto del capricho de Estados Unidos.

Abrió la biblia. En un hueco recortado de las páginas había una pistola. Le habían asignado una misión de sangre. Cerró la tapa con un golpe seco y levantó la vista. Sergio le guiñó el ojo desde el púlpito.

Tenía miedo. Los golpes de sangre eran peligrosos. La Ley Carrero para la seguridad ciudadana, impulsada por el Segundo Generalísimo tras un atentado fallido, era extremadamente dura. Cualquiera podía desaparecer en cualquier momento: terrorista, socialista, comunista, espíritu libre. No importaba. Y los atentados en Europa por los islamistas lo habían vuelto aún más peligroso… Tenía mucho miedo.

Ella no había votado aquello. No estaba convencida de tener la superioridad moral suficiente para matar a alguien, aunque fuera un asesino. Sí, creía que tenían que cambiar las cosas. España llevaba ochenta años sin cambiar lo más mínimo. Pero veía el camino de la fuerza y se sentía sucia.

Dejó la biblia a un lado, se levantó sin cruzar la mirada con nadie y salió de la iglesia. Sus pisadas resonaban con una acusación manifiesta.  Al pasar por su lado, el Padre Román le rozó el brazo. Ella le miró y asintió levemente.  Tenía un turno de confesión.

En lo alto de las escaleras de piedra sacó su móvil, le puso la batería y lo encendió. La primera notificación que le llegó era de la Red Oficial de Noticias del Estado. Era una fotografía del Cuarto Generalísimo con Lady Gaga. A ella se la veía abiertamente incómoda. Aquella imagen le hizo sonreír.

Una broma

unaborma

–No lo entiendo –decía Kah Sdra mientras le ajustaban las cadenas –. Ese chiste me lo contaba mi abuelo.

–Lo sé, Kah –respondió su abogado atusándose el flequillo –. Has tenido mala suerte.

–Sabes que fue veterano de la campaña de S8B14. Él estaba allí cuando el tío del Emperador… ya sabes. –Se mordió el labio y su mirada se desvió al botón superior de la casaca del letrado. No quería empeorar su situación.

–Es para que sea ejemplarizante.

–Lo sé. Pero aún así… ¿no es demasiado? Quiero decir… Destierro de por vida a la colonia 4Luv3RC, que está en construcción, y sin ciudadanía. –Se le escapó una lagrima. Se acababa de dar cuenta de que lo había perdido todo. –Sólo era una broma.

–Ya lo sé –respondió él con un suspiro exhasperado –. Ha sido un mal momento. Con el auge de la resistencia en el sistema S8, lo último que necesita el Imperio es parecer endeble. Piensa en la cantidad de escándalos están estallando últimamente alrededor de los Consejeros Imperiales. El tema de las miles de dosis de Extreyas cargados al presupuesto del Consejo de Guerra, por ejemplo… Las cosas están mal para la estabilidad Imperial. –Kah le miró sin entender –. Eres su cortina de humo.

Dos guardias entraron por la puerta. Llevaban el uniforme completo de asalto, como si Kah fuera el criminal más peligroso del Imperio. El más alto hizo un gesto con la cabeza al abogado.

–Es el momento, Kah –le aleccionó el letrado –. Intenta sonreír mientras te llevan al transbordador. O al menos mantente recta. Si puedes hacer como que has llorado, mejor. Eso les dará una semana más de portadas paternalistas. Y puede que te llegue algo de solidaridad popular. Algún recurso, dinero, consejos.. Vas a necesitar de todo allí a donde vas.

Nuevas Compañías

Nuevas compañias

Riss llevaba horas emboscando a un emboscado. Uno al que se le deba muy mal lo que estaba haciendo. Solo una persona muy despistada pasaría por alto aquella armadura negra mate y aquel pelo antinaturalmente rojo. Pero el mayor problema era su actitud. Todo él exudaba empeño en esconderse y alguien medianamente perceptivo oiría su tensión desde lejos.

Aquello le hacía gracia. Le atraía, del modo insano que los accidentes mortales atraen a las multitudes. Que aquel guerrero se acariciara de tanto en tanto  la muñeca y suspirara sólo aumentaba su encanto. Era como si el pobre llevase en la espalda la marca amarilla que entre los raterillos de su ciudad significaba “panoli”.

De hecho, aquel hombre tenía todos los números para morir.

Le pareció oir la Voz de la Diosa de nuevo. “Salva tres vidas y serás salvado”. Suspiró. ¿Acaso tenía otro remedio? Si había alguien en este plano que diera la bienvenida a todo tipo de baza para seguir vivo, era él. Además, era tan simple como evitar que se suicidara.

Se acercó al guerrero por la espalda. Estaba siendo sigiloso – era algo natural en él – pero si hubiese sido un jabalí en estampida, habría dado lo mismo. El hombre sólo tenía ojos para el camino. Estaba tan concentrado que Riss se permitió trepar al árbol más cercano y sentarse sobre una rama gruesa, prácticamente sobre su cabeza pelirroja.

–Bueno ¿A qué estamos esperando, amigo? –dijo socarronamente.

El guerrero se envaró y lanzó a Riss una mirada larga, evaluativa, con la que pretendía saber si el joven era peligroso, pero también transmitir una amenaza. Desde su asiento en la rama, Riss sitió una aprensión instintiva que no supo definir. Tal vez se había equivocado y aquel hombre no necesitaba ayuda.

Los hombros del pelirrojo se relajaron ligeramente mientras su vista volvía al camino.

–A una recua de esclavos –dijo con voz ronca.

La sonrisa de Riss desapareció por completo. Saltó de su rama y se puso al lado del guerrero.

–¿Esclavos? Están prohibidos desde antes de la Revolución

El guerrero soltó un bufido divertido y condescendiente

–Te sorprendería la cantidad de cosas que no deberían seguir existiendo y que aún pululan por ahí, chico. – Un brillo intermitente captó la atención de los dos.  –Ahí vienen – terminó  con una sonrisa inquietante.

Riss frunció el ceño. No es que imaginara cómo debían ser los esclavistas, pero aquellos reflejos no podían significar demasiadas cosas y ninguna era lo que había esperado. Armaduras pesadas bien lustradas, lo que significaba soldados entrenados y bien equipados, o estandartes metálicos, lo que implicaría que estaban bajo la protección de poderosas casas nobiliarias. O incluso peor, estandartes de cristal. Si eran de cristal, probablemente habría al menos un mago de combate.  En todo caso, lo que se avecinaba le inspiraba la misma confianza que la palabra de un Oeshi.

–¿Qué sabes de esos esclavistas? –La voz de Riss sonó más insegura de lo que había calculado. El guerrero arqueó una ceja.

–Absolutamente nada.

RIss le miró y se contagió de aquella sonrisa segura y afilada.

–Veo que eres todo un estratega. Como a mi me gusta.

Hizo un gesto vago de despedida y se escabulló entre la maleza. Al guerrero no pareció importarle. Su plan de todos modos no contaba con ningún joven aventurero.

Lo que vio Riss en el camino, desde su puesto entre las copas de los árboles, sí que cuadraba con la idea que tenía de unos traficantes de esclavos. Personas que en algún momento fueron asaltadores de caminos, cuatreros o, en el mejor de los casos, mercenarios. Hombres y mujeres que habían sido realmente duros, pero que la vida había masticado para escupirlos luego. Algunos habían sido derrotados por sus heridas, otros por sus adicciones, algunos por algún rival que los había despojado de su honor o su reputación. Todos tenían la misma mirada de hastío. La mirada de los aquellos que ya han perdido suficiente. Tenían por única ilusión vivir un día más y, tal vez, poder beber hasta perder el sentido otra vez. Contó media docena de  guardias para un grupo de unos veinte esclavos.

No había una sola armadura pesada. Ningún estandarte. Nadie validaba o protegía a aquellos hombres. Riss sintió un pinchazo en el pecho. Le costó unos momentos identificar que se trataba de un difuso orgullo.

Los presos –se negaba a pensar en ellos como esclavos– eran todos hombres. Estaban atados entre sí por las cinturas formando una especie de racimo de derrota. Los había jóvenes y ancianos, había varios todos de pelo, distintas pieles, pero la misma mirada vacía. No se buscaban entre sí, sólo caminaban en silencio.

En la parte media de la recua sobresalía un hombre. Caminaba mucho más erguido que los demás y la parte derecha de su cabeza lanzaba destellos metálicos. Sólo cuando se acercaron más Riss se dio cuenta de que una parte importante de aquel hombre estaba moldeada en metal inserto en la carne. El que brillaba estaba en la cabeza, pero también se veía en la cara, el cuello y al menos un brazo. Aquel hombre no estaba derrotado, estaba resistiendo.

Al final del grupo, rodeado por dos guardias, había otro hombre. Era muy alto, y tenía los huesos fuertes, marcados en su mandíbula y pómulos. Su mirada se perdía en el horizonte y daba una sensación general de cierta estulticia, una fuerza sin cerebro. Aquel hombre sin embargo no estaba derrotado ni se dejaba guiar como ganado. Aquel hombre estaba esperando.

El guerrero pelirrojo salió a mitad del camino con pasos elásticos, bloqueando el camino. Era un solo hombre, pero su presencia imponía como si fuera un pequeño ejército.  Riss preparó sus cuchillos arrojadizos. La triste comitiva se acercaba al pelirrojo, que llevó su mano lentamente a la empuñadura de su espada. Una de las dos guardias de la cabeza, una mujer de cabello rubio sucio con una cicatriz que le cortaba el labio, se adelantó para hablar con el guerrero. Estaba demasiado lejos para escuchar la conversación, pero Riss se dio cuenta de que no estaba siendo cordial. La tensión se dejaba ver en la postura de ambos, y era tan patente que incluso los presos se removieron inquietos.

El guerrero desenfundó su espada con un gesto calculado que la hizo soltar un gemido funesto. Al tiempo, la esclavista se llevó la mano a la parte baja de su espalda y blandió un alfanje, corto pero robusto.  Ambos contendientes se midieron unos segundos antes de abalanzarse el uno sobre el otro.

El resto de guardias también desenfundaron sus armas. Dos de ellos –uno de cada grupo, como un movimiento ensayado– avanzaron para apoyar a la esclavista que contenía a su oponente con eficacia, pero con esfuerzo. En ese momento el hombre metálico, que en la mente de Riss ya se llamaba Hombre de Hojalata, agarró del cuello con una mano centelleante al guardia que quedaba y lo alzó sin esfuerzo. Éste pataleó unos segundos antes de caer al suelo, desmadejado.

El golpe del cuerpo de su compañero llamó la atención del puesto de retaguardia, un hombre de melena ensortijada tan negra como su piel. Dio dos pasos  temblorosos en dirección al cadáver. El hombre gigantesco sonrió muy lentamente98i. Pasó la cuerda que le unía al resto de los esclavos sobre la cabeza del hombre que llevaba días burlándose de el y apretó con saña hasta que sintió que sujetaba un peso sin vida.

La situación para el guerrero pelirrojo era más peliaguda. La esclavista rubia había recibido unas pocas heridas superficiales, pero aguantaba apoyada por sus compañeros. El guerrero tenía que repartir su energía para bloquear los golpes. La rubia atacaba con toda la fuerza de su diestra. A su lado, un espadachín zurdo de barba rala mantenía al pelirrojo a distancia con un acero recto de gran tamaño. Estaba flanqueado por los otros dos guardias: una mujer robusta de piel olivacea que atacaba con dos hachas dobles y un hombre extremadamente delgado de pelo pajizo que parecía usar dos espadas cortas con movimientos amplios pero rápidos.

Riss lanzó su mejor daga, que se incrustó en el cuello del esclavista rubio. Éste soltó sus armas y buscó el cuchillo con las manos justo antes de caer. Riss no pudo evitar una mueca de disgusto. Había fallado el tiro.

La distracción permitió al guerrero pelirrojo superar la defensa del hombre de la espada larga, despachándolo de una estocada en el corazón. En ese momento una de las hachas de la más baja de las esclavistas que quedaban se enganchó en una junta de la armadura del guerrero. Éste apretó los dientes mientras seguía defendiéndose de las embestidas furiosas del alfanje. La esclavista morena plantó su pie sobre las costillas del guerrero y estiró. Una pieza de armadura del brazo del guerrero salió despedida. El pelirrojo lanzó un grito preñado de dolor.

–¡Bastarda! –gruño mientras se giraba hacia a ella. Riss creyó ver un reflejo rojo en sus ojos.

El guerrero arremetió de frente, seguro de la superioridad de su blindaje. Alcanzó a la  esclavista morena y cerro su brazo desnudo alrededor de su cintura. En ese momento la mujer comenzó a gritar de dolor. La esclavista rubia aprovechó que el pelirrojo le daba la espalda para alzan su arma. Riss lanzó su segunda daga, que se estrelló contra la hoja del alfanje.

La mujer morena comenzó a arder. Sus gritos agónicos y el olor de la carne quemada colapsaban los sentidos de todos los que estaban cerca. Su compañera tuvo que contener  nauseas y  lágrimas al tiempo.

Riss saltó de su rama con dos dagas en las manos, dispuesto a dar el apoyo que hiciera falta. El guerrero pelirrojo soltó el esqueleto carbonizado de la mujer de las hachas y noqueó a la otra con un golpe seco con el codo, aprovechando su conmoción. Quedó tendida en el suelo, con la parte izquierda de la cara ensangrentada.

El guerrero recuperó su pieza de armadura y se la colocó con un gesto de alivio. A continuación, hincó una rodilla en el suelo al lado de la mujer inconsciente.

El grandullón, que se había arrancado las ataduras, se acercó pesadamente a la esclavista rubia y le hundió la cabeza de un pisotón.

–¿Por qué has hecho eso, bestia estúpida?– gritó el pelirrojo –. La necesitaba para encontrar a Blythe.

El Hombre de Hojalata, que se dedicaba a cortar las ataduras de los demás esclavos, levantó la cabeza al oír aquel nombre.

–No necesitabas –gruñó el hombretón –. Tu dices “bestia estúpida”. Ellos piensan también. Y hablan. Bestia estúpida sabe cosas. –Sonrió beatíficamente.

El hombre de Hojalata se acercó al guerrero pelirrojo, que volvía a acariciar la trenza de cabello que llevaba en la muñeca.

–Esa trenza es suya, de Blythe –dijo suavemente –. Reconozco el engarce que la cierra… ¿De qué conoces a mi hermana, guerrero?

El pelirrojo le mantuvo un momento la mirada. Parecía incómodo, sin saber qué responder. Un movimiento a la espalda de aquel hombre parcheado de metal le llamó la atención.

–¿Dónde crees que vas, Bestia? –recriminó el guerrero al hombre gigante, que se iba en silencio.

El hombretón no le miró ni ralentizó su marcha. Simplemente siguió su camino.

–No le llames Bestia –dijo Riss, evaluando al grandullón –. Puede que les llamen monstruos, u ogros, pero las personas como él son humanos. Completamente. –El hombretón se paró para mirarle. El joven le sonrió. –Tendrás familia. Y un nombre, ¿a que si?

–Ceim. –Se pensó la siguiente respuesta. –No hay familia.

–¿A dónde vas, Ceim?

–Al oeste. –De nuevo pareció pensar si decir lo siguiente. –No hay familia, pero hay amiga. La llevaron con las otras chicas. Ceim la busca.

Riss se giró para mirar a los otros dos hombres. Dibujó una sonrisa encantadora.

–Parece que los cuatro tenemos el mismo camino.  Personalmente, no pienso dejar que unos bastardos trafiquen con la gente. Y no se a vosotros, caballeros, pero a mi me encantaría teneros por compañía.

Se estaba arriesgando. Aquellos hombres eran extraordinarios y le vendrían bien en el oeste. Y eran tres, como decía la Voz de la Diosa. Aunque él no los había salvado, precisamente. Quería la ventaja que suponían todos aquellos músculos extra. Y en el fondo, sentía que molestar en todo lo posible a unos esclavistas era lo correcto. Podía venderlo como lo que hiciera falta. Observo la actitud de cada uno, y le sorprendió intuir que su bravata estaba calando.

Los cuatro se miraron entre sí y, uno a uno, asintieron. Irían al oeste juntos.

–Alguien debería acompañar a estos hombres a su casa, ¿no os parece? –comentó el guerrero refiriéndose a los hombres recién liberados.

Los cuatro se miraron. Ninguno quería dar a ese rodeo, pero tampoco querían decirlo.
Un anciano se adelantó de entre el grupo de presos.

–No os preocupéis por nosotros. Sabemos volver.

El resto de ellos asentían con un murmullo de aprobación. Riss les sonrió. Se acercó al anciano y le puso una mano sobre el delgado hombro, en un gesto de apoyo.

–Gracias. Vuestro valor salvará a los vuestros –le dijo suavemente.

–Ten cuidado, chico. Vas a viajar con tres monstruos –respondió el anciano con preocupación –. Yo no querría.

 

Los cuatro se dirigieron hacia el oeste. Sabían que había muchas cosas temibles en esa dirección. Sobre todo si llegaban a las Ciudades de los Muertos. Riss se quedó un poco retrasado, junto al guerrero pelirrojo.

–¿Puedo preguntarte algo? –comenzó.

–Suéltalo, chico.

–Riss –corrigió él –. Mi nombre es Riss. – Tomó aire. –¿Eres un dragón?

El caballero soltó una risita

–Muy perspicaz. Si. Soy un Caballero Dragón.

Riss le miró de nuevo, parándose en el color de su pelo y el brillo casi febril de sus ojos

–Pensaba que ya no quedaba ninguno.

–Ya te lo dije. Te sorprendería la cantidad de cosas que no existen y que aún andamos por ahí.

Riss se humedeció los labios, dubitativo.

–Y es verdad que, sin la armadura….

–¿Nos quemamos? –terminó el guerrero –. Si.

–Oh –respondió Riss, pensando en lo mucho que eso podía complicar la relación de su nuevo amigo con su amada.

Encarcelados

encarcelados

Miró a C, asustada. Llevaban juntos en aquella mezcla de cárcel y zoológico muchos años. Con el tiempo habían ido dejando sus puestos asignados, y ambos se daban apoyo en la parte oscura de su gigantesca celda, lo más alejados posible de la pared de cristal.

C era elegante, alto, y T le admiraba especialmente por su capacidad de ser transparente en todas las situaciones. C admiraba a T porque siempre mantenía una sonrisa, tenía una gran corazón y llevaba siempre consigo sus herramientas. En aquellas circunstancias, la resistencia y fortaleza que demostraba manteniendo la esperanza eran algo realmente único.

T empezó a temblar sin poder remediarlo; el cambio de luz indicaba sin duda que venían. La pared de cristal se dividió en dos y se retiró hacia atrás.

-Tranquila. Respira. Mírame a mi. –le dijo C. con voz profunda y brillante. -Así me gusta.

Su sonrisa centelleaba, y T sonrió también, tímida, aún nerviosa. Pero se sentía mucho más segura a su lado, y sabía que estando tranquila llamaría menos la atención y podría seguir allí al menos un día mas.

A lo largo de los años, T y C habían comprobado que los que eran escogidos solían volver cambiados. No sabían qué les ocurría, pero tras unos días fuera lo que regresaba eran personas totalmente diferentes. Habían perdido su brillo; apenas hablaban o balbucían incoherencias sin descanso. Algunos se mantenían dolorosamente quietos, intentando estar siempre despiertos, siempre alerta; otros no dejaban de vagar excepto cuando presentían que se acercaban sus carceleros, sus amos. De cuando en cuando, alguno no volvía. Entonces, con una rapidez pasmosa, los carceleros acudían para llevarse a otro… Hoy, ellos dos eran los únicos que todavía no habían sido llevados. Eran los que se mantenían más enteros.

Sabían que aquello no podría durar mucho, que pronto los separarían, y que los cambiarían para siempre. Y aquello aterrorizaba a ambos. Por suerte, aquel carcelero sólo depositó a algunos condenados en el duro suelo, cerró las puertas y se fue

T miró a C y supo que no podría soportarlo, si los separaban.

C miró a T y supo que no se perdonaría nunca que la llevaran, volver a verla sin reconocerla.

Tenían que escapar. Y tenían que hacerlo aquella noche.

Las luces comenzaron a bajar. T se dirigió a las puertas. Era un movimiento arriesgado. Ella estaba convencida de que había una lógica en las rutinas de los carceleros, que elegían unos tipos u otros de prisioneros según algunos rasgos de su aspecto. Sus observaciones indicaban que cerca de la noche, no escogerían a alguien como ella. C no estaba tan seguro, y la incertidumbre hacía que le temblara el pulso. A pesar de las indicaciones de T, C se acercó también. Sabía que si elegían a T, él se rebelaría. No lo había hecho nunca porque no había manera de vencer a aquellos monstruos que eran sus carceleros, pero sentía que era lo correcto, que defendería a T hasta la última de las consecuencias…

Los carceleros se acercaban; hoy sus pasos eran rápidos y potentes. Muchos presos temblaban y chocaban entre sí… Sólo T parecía serena. Las puertas se abrieron y C notó como todo su ser entraba en tensión. Pero no eligieron a T, a pesar de pasar rozándola varias veces. Ella se mantuvo firme. Dispuesta pero segura. C pensó que nunca la había visto tan hermosa como en ese momento, bañada por la luz dorada de un sol moribundo.

Las puertas se cerraban; era su momento. T deslizó una pequeña parte de su cuerpo en la junta entre las dos hojas, impidiendo que cerraran por completo. Para su sorpresa, aunque pesadas, no ejercían fuerza extra. La tensión era dolorosa, pero merecía la pena. Aguantó.

Cuando se hizo de noche por completo, C se acercó a ella y le ayudó a abrir la puerta. Se sonrieron. Ahora venía lo duro. Para salir tenían que salvar una distancia importante. Tomaron aire juntos y saltaron.

Un estruendo despertó a Susana, que se levantó alarmada y recorrió la casa con el corazón en un puño. Casi se cortó con los trozos de la copa y la taza que habían caído del aparador.

Adios

adios

Las campanas doblaban lentamente, marcando el paso del cortejo fúnebre. Desde la ventana sucia de la vieja carpintería, un espíritu burlón, que nadie podía ver, seguía atentamente el devenir de aquella triste y exigua comitiva. Sabía que debía sentirse alegre, o al menos aliviado. Era libre, después de tantos años. Podía vagar a placer, hacer lo que le viniera en gana sin que nadie le detuviera. Era libre de aquella dimensión humana, tan llena de normas y límites. Sin embargo se sentía pesado, aburrido en exceso. Sentía una gravedad en el centro de su ser que no sabía con qué relacionar.

Se sentó en el columpio de una jaula desportillada y se balanceó tristemente. Se dio cuenta de que le iba a echar de menos. De que había perdido mucho más que alguien que le viera, que había perdido a un segundo padre.

La puerta de la tienda se abrió, y la campanilla de latón sonó como si todo pudiera ser como hacía veinte años. Entró un hombre de cabello pajizo y ojos enrojecidos. Sus hombros hundidos indicaban que no se encontraba mucho mejor que el duende que le observaba desde la pajarera. Aquel hombre pasaba distraído los dedos por las superficies, llenándoselos de polvo y suciedad. Era un gesto nostálgico.

El pequeño espíritu sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el hombre tocó la jaula. Sólo tenía que cerrar la portezuela, y podría verlo. Si aquel hombre le encerraba, tendría de nuevo un cuerpo pequeño y un penacho de pelo rabiosamente rojo, tendría de nuevo un padre y una razón para seguir existiendo en el mundo de los humanos.

El hombre pasó de largo y tras un pequeño paseo volvió a salir ahogando un sollozo con el repiqueteo de la campanilla.

El duende invisible dejó escapar un lamento. Había perdido su última esperanza. Era hora de desaparecer. Hora de crecer. Hora de dejar de ser Pumuki.

 

Sigue la luz

sigue la luz

Luz se apoyaba indolentemente en aquella maleta-trolley rosa fucsia que tanto detestaba. De nuevo en aquel piso antiguo de molduras blancas, techos altos y suelos de madera oscura que crujían como las tripas de una bestia centenaria.

Llevaba casi diez años siguiendo aquella tradición de mudanzas estacionales. Primavera en la ciudad con sus abuelos maternos, verano la playa con su padre, otoño en el ático de su padrastro y finalmente invierno en aquella especie de cueva decimonónica de su abuela paterna, a la que no veía nunca ni aún viviendo en el mismo lugar. Un ciclo eterno de aburrimiento que la llevaba a no sentirse cómoda en ningún sitio y la preparaba para independizarse en cualquier momento.

De todos los lugares en los que había vivido, aquel piso era el peor. Era frio y muy grande. La puerta de entrada daba a un hall con una pequeña mesita en la que sólo cabía un centro de mesa de plástico, y dos sillas estilo Luis XVI blancas y doradas. Tenía dos alas. La derecha era la que ocupaba la abuela. Sólo tenía permiso para llegar a las dos primeras puertas: la cocina y la despensa. El resto era terreno prohibido, anatema geográfico. Su espacio era el ala izquierda. Lo primero que tenía era un saloncito que servía de tapón al pasillo que conducía a una pequeña biblioteca, una enorme habitación y un baño alicatado en blanco y azul que podrían utilizar diez chicas como ella sin estorbarse.

Resopló para apartar de sus ojos un mechón rojizo. Esperaba a que su abuela se dignase a acercarse y recibirla. La vio llegar por su pasillo, como viniendo de otra dimensión, una mujer cuya edad no sabría calcular, que miraba más allá de ella y que era incapaz de llamarla por su nombre.  La muchacha se apartó de la maleta y se acercó a la anciana, que le dio dos besos sin contacto, dejándole las fosas nasales colapsadas con su aura de talco.

Le habían dicho que era igual que su abuela de joven, pero ella lo dudaba muchísimo. No veía en aquella mujer enjuta, seca de trato y parca en palabras nada que quisiera pensar que había en sí misma. Su abuela era un entidad primigenia que existía tal y como existen los elementos naturales y a la que no se le podía imaginar un alma humana. Era mejor asumirlo y seguir adelante.

Miró cómo su abuela se alejaba de nuevo y, resignada, se dirigió a su cuarto haciendo rebotar las ruedas de su maleta por la madera con un sentimiento de rabiosa rebeldía adolescente, alegrándose de romper la perfección apolillada del entorno. Se detuvo un momento ante el cuadro de sus pesadillas infantiles. Cogió aire, enderezó sus hombros y se dijo a si misma que no había nada que temer. Ya no era una niña.

Era un cuadro grande con un marco pesado lleno de volutas negras y brillantes que parecían  sospechosamente orgánicas. La pintura reproducía la habitación en la que estaba, demostrando que toda la casa estaba congelada en el tiempo y que ella, simplemente, sobraba. La única diferencia entre el cuadro y el saloncito era la iluminación. El salón recibía mucho sol durante gran pare del día, pero el cuadro era muy oscuro. Daba la impresión de que se había pintado en un momento en el que el sol, la luna y las estrellas se hubieran apagado de golpe y se pudiera ver exactamente la fuerza de la existencia de cada objeto. Aquello ya era bastante inquietante por si mismo, pero aquella chica pelirroja que creía haber visto varias veces en distintas poses y lugares a lo largo de los años acababa de hacerlo espeluznante.

Claro que, ahora que ya tenía dieciséis años, sabía que aquello no eran más que tonterías, imaginaciones de una niña pequeña sola en un mundo demasiado grande. Y sin embargo, hacía esfuerzos por no pestañear.

Luz no podía dormir.  Conocía bien la sensación de extrañar la cama, y sabía que no era eso lo que le impedía conciliar el sueño. Lo que la estaba enervando era un sonido ahogado, como si alguien rascase una tela. No había descansos en el sonido, pero tampoco era constante. Parecía claro que lo producía algo vivo.

Desesperada por el cansancio, decidió averiguar qué pasaba. Descolgó sus pies por un lado de la cama, demasiado alta, que la hacía sentirse insignificante, y saltó.Tanteó la pared en busca del interruptor, lo accionó pero solo recibió un click. Volvió a intentarlo un par de veces más, pero quedaba claro que no funcionaba. Cogió su teléfono, que había puesto a cargar, pero tampoco consiguió nada de él. La batería estaba agotada; no podría usarlo para alumbrarse aquella noche. Suspiró. La abuela habría olvidado conectar la electricidad de aquella parte de la casa.

Abrió con esfuerzo los postigos de su ventana y comenzó a buscar alguna linterna, pero la único que encontró que una palmatoria con una vieja vela. Dudó un segundo. El fuego era una de las prohibiciones de su abuela. Fuego, luces encendidas fuera de la habitación en la que estaba… la lista era larga. Pero había algo urgente en el sonido, algo que le empujaba a desobedecer las normas. El olor a azufre y carbón de la cerilla inundó la habitación, recordándole el infierno, mientras ella encendía la vela.

A la luz de la pequeña llama, las sombras en los pasillos se convertían en algo móvil e impredecible. Los sueños dormidos y polvorientos cobraban vida en los rincones y su corazón latía con un ritmo irregular, incapaz de coordinar las órdenes de calmarse que le daba su mente y la aprensión involuntaria. El sonido le guiaba hacia el saloncito. Sentía que se le erizaba el cabello a cada paso que daba.

Abrió la puerta despacio y coló la vela en el salón. El titilar de la luz se unía al temblor de su mano. La estancia estaba vacía pero el rasgar seguía, nítido, fuerte. Giró su cabeza hacia la chimenea, buscando siempre a procedencia del ruido.

Una mano muy blanca arañaba el cuadro sobre la chimenea. Una mano humana, joven, estilizada, muy similar a la suya. Y, tras la mano, el rostro triste de una chica pelirroja que podía ser perfectamente ella misma.

Luz respiraba superficialmente. Una lágrima inadvertida resbalaba por su mejilla, y sentía que perdía toda su estabilidad. Antes de darse cuenta de lo que hacía, corría hacia el cuadro con la vela por delante. No sabía que quería hacer, si quería confirmar lo que veía, asegurar lo imposible.

Luz aplicó la llama de la vela a la base del marco que tanto había odiado. La chica del cuadro había parado de rascar y le sonreía. El marco se retorció bajo el calor del fuego con un chirrido agudo, como si estuviera quemando la muda de un insecto gigante. Un grito sonó en las habitaciones de la abuela.

El cuadro prendía con rapidez, emitiendo una especie de chillido agónico. La danza del fuego era hipnótica para Luz, que observaba todo, paralizada. La chica del cuadro veía como su mundo se destruía con una expresión de paz.

De pronto sintió una garra en su hombro que la obligó a girarse. La mano esquelética, calcinada, de la abuela manchó de hollín su pijama y alcanzó a ver en el fondo de sus ojos vacíos una llama de odio puro justo antes de que la criatura que llamaba abuela se desplomara convertida en cenizas.

Los flashes intermitentes de los servicios de emergencias se colaba por la ventana. Alguien apuntaba una linterna a sus ojos.

—Sigue la luz, guapa —le decía una voz tranquilizadora.

 

Ghost

ghost

Ella lloraba abrazada a Oda Mae, desconsolada. Era tan difícil aceptar, tan difícil asumir. Tan difícil seguir adelante. Le sentía donde quiera que fuera. Estaba marcada para siempre por su relación. Por la forma que tenía de amarla.

—¿Estáis bien? —dijo una voz.

Era la voz de Sam. Un último quejido se heló en su garganta mientras las lágrimas corrían por su mejillas

—¿Sam? —preguntó con voz queda.

—Molly

—Puedo oírte. —dijo, y su voz acusaba la tormenta de emociones que sentía.

Una luz sobrenatural comenzó a colarse en la habitación. No parecía venir de ninguna parte, ni tampoco llegar a ninguna parte. Sin embargo era una luz cálida, que tocaba el corazón y lo abría a la maravilla. Bajo aquella luz, ambas mujeres pudieron ver cómo se perfilaba la imagen translúcida del joven. Molly miraba aquel milagro, incrédula, mientras sus hombros aún se agitaban victimas de sus sollozos.

Sam se acercó poco a poco a ella, como hacía tan a menudo para consolarla, y acercó su cara fantasmal hasta la de su chica. Molly sintió el cosquilleo frio del roce de los labios de su novio difunto sobre los suyos.

—Sam —les interrumpió Oda Mae —Te están esperando.

Sam miró a la médium un momento y asintió ligeramente. Dejó a Molly y se dirigió a su nueva amiga.

—Adiós, Oda Mae. Y gracias.

—Adiós, Sam. Eres un buen tío.

Sam sonrió ligeramente. Sí lo era. Era un gran tío.

Molly se puso en pie cuando vio que Sam volvía hacia ella. Quería decirle muchísimas cosas, pero no encontraba las palabras y sólo consiguió suspirar.

—Te quiero, Molly —le dijo él tiernamente

Ella no pudo reprimir una risa emocionada. Él la quería. Claro que la quería. Se lo había dicho muchas veces. Casi demasiadas veces..

—Ídem —respondió, como respondía siempre.

La sonrisa de Sam se volvió radiante.

—¡Qué maravilla, Molly! No sabes cuánto me alegro de que me digas eso.

Se acercó aún más a ella y, sin dejar de mirarla tiernamente a los ojos, introdujo una mano en el pecho su chica. La retiró de golpe, teñida de sangre, apretando en su puño el corazón aún palpitante de Molly.

Oda Mae gritó sin poder evitarlo al ver el cuerpo de la amada del fantasma al que había ayudado los últimos días desmadejado en el suelo. Sam miró amenazadoramente a la médium.

—No sabes cuánto amor me llevo —le dijo con una sonrisa demente en sus labios justo antes de desaparecer para siempre en el más allá.

Memento

memento

Cayó hacia adelante.

Sintió que le sostenían con fuerza de los brazos para evitar que besara el suelo. Se sentía mareado. Muy mareado. Y confuso.

–Tranquilo, nuevo. –Le dijeron entre risas. –Todos los nuevos sois unos debiluchos.

El que hablaba era un tipo robusto vestido de tela vaquera de la cabeza a los pies. Un hombre saludable con el que no querrías encontrarte peleando a la salida de un bar pero que transmitía la sensación de que ese era precisamente su lugar. Aquel hombre le sujetaba con firmeza de un brazo, con una sonrisa cordial pero un poco triste. El otro brazo lo mantenía firmemente asido otro hombre igual de grande vestido por completo de comando.

–Mi amigo es el señor Moon. –siguió hablando el hombretón. –Es un tipo silencioso, no se lo tengas en cuenta. Yo soy Hugh.

Una arcada recorrió su cuerpo cuando intentó responder.

–Entiendo que te sientes mal. –le dijo Hugh en voz baja, como una confidencia. –Os pasa a todos los nuevos. No te preocupes. Ve a la fila con los otros nuevos.

Sintió que las manos le soltaban y afianzó los pies en el suelo. Era firme pero blando y de un blanco inmaculado. Comprobó con sus pies descalzos que también era cálido. Tambaleante, caminó unos pasos mientras buscaba el lugar al que debía ir.  Al fondo de la sala, también completamente blanca, había una fila de personas vestidas con una especie de pijama . El mismo pijama que llevaba él. Todos parecían terriblemente confusos, algunos incluso asustados. Se dirigió hacia ellos tenso, sin saber si lo que hacía era lo correcto o no. Los ojos del Hugh y Moon se clavaban en su espalda, añadiéndole un peso extra.

El tiempo que tardó en llegar a la fila de los pijamas blancos y colocarse en un extremo le pareció eterno. Todos los ojos de aquellos hombres le seguían, algunos interesados pero la mayor parte tristes o vacíos. Empezó a pesarle el corazón e intentó camuflar un escalofrío.

Desde su puesto vio que la sala no era realmente homogénea. A su derecha había una puerta lo suficientemente grande para que pasaran por ellas dos personas. Se abría con una barra, como si fuera una puerta antiincendios, pero no había señales de que hubiera sido usada en mucho tiempo. La barra estaba mate y algo polvorienta y los goznes parecían oxidados. Aquella era la única salida, exceptuando una ventana alta a la izquierda que sólo era visible por estar ligeramente abierta. Era ancha, más bien un rectángulo apaisado apenas lo suficientemente grande para que un hombre se deslizase por ella. Se preguntó cómo había llegado allí.

Empezó a sonar un zumbido que fue cogiendo fuerza. Hugh y Moon caminaron hacia el centro de la habitación de nuevo, dejándolo a su suerte. Los hombres del pijama blanco también miraban a un punto luminoso que empezaba a latir allí donde habían ido los dos hombretones, aunque algunos se miraban los pies o cerraban con fuerza los ojos.

Uno de los hombres de blanco se coló a su lado, empujando suavemente a su compañero.

–Hola, nuevo. ¿Cómo te llamas? –le dijo con una sonrisa en su cara pecosa, mientras evitaba que mirase hacia aquella misteriosa luz.

–No lo sé. –respondió un poco molesto. –No lo recuerdo.

–¿No lo recuerdas? ¡Qué lástima! –dijo el pecoso algo contrariado. –Bueno, ya te vendrá. Yo soy “Tomando un café con Charlie por la mañana”. Me puedes llamar Charlie. O Café. Ambos me gustan.

–Vale, Charlie. –masculló mientras intentaba ver qué ocurría con aquella luz. El zumbido seguía subiendo de volumen. Si seguía así pronto sería insoportable.

Charlie se puso frente a él y le tomo de los brazos, obligándolo a girarse a la derecha mientras le tapaba el ángulo de visión.

–No mires, nuevo. No es agradable. –le dijo Charlie con voz seria. –Ahora es cuando te das cuenta de que has nacido para morir.

–¿De qué demonios hablas? –Intentó zafarse de aquel chalado.

–De lo que nos espera a todos, nuevo. –gritó el pecoso para hacerse oír sobre el zumbido atronador que llenaba la sala. –¿Ves ese tipo de ahí? –Señaló a un hombre tres puestos más allá en la fila de pijamas blancos. –Es Maldito Tarado, aunque él quiere que le llamen Olvidas. Dice que Maldito Tarado suena fatal. Su nombre completo es “Olvidas todo cada vez que te duermes, maldito tarado”. Cuando llegó yo ya estaba aquí, ¿sabes?. Le preguntó a Hugh qué significaba su nombre. Al parecer, cuando se apagan las luces nosotros tendríamos que salir de aquí por aquella puerta… –Señaló la puerta a sus espaldas. –Con el señor Moon. Y allí demostraríamos nuestra valía. Los mejores iríamos a Medio Plazo, o a Largo Plazo… Pero como ves, la puerta no se puede abrir. Así que cuando se apaguen las luces, desapareceremos.

El zumbido se convirtió en una explosión, acompañada de un fogonazo. Cuando miró, Moon y Hugh sujetaban por los brazos a un hombre en pijama blanco.

No podía creer lo que veían sus ojos.

–Así nacemos todos, nuevo. Vas a tener que asumirlo.

–Billy. –respondió. –Llámame Billy.

Charlie sonrió

–Genial, Billy. Te dije que irías recordando.

–Oye, Charlie –le interrumpió. –¿Sabes a dónde da la ventana?

–No. ¿Por qué?

–Porque si voy a morir, al menos lo haré intentando seguir vivo. –respondió Billy con media sonrisa.

–No te van a dejar, Billy. Puede que no podamos ir por la puerta, pero Moon y Hugh mantienen el orden como si no pasara nada.

–Entonces necesitaré vuestra ayuda.

Las sonrisas de ambos hombres eran ilusionantes.

El zumbido regresó. Billy había hablado con todos los hombres de la hilera de hombres de blanco. Cuando el ruido empezó a ser muy intenso, todos salieron corriendo en distintas direcciones, sobrepasando a Hugh y Moon por fuerza de su número.

Billy y Charlie corrieron a la ventana. Charlie se colocó para aupar a Billy y, con esfuerzo éste se deslizó fuera. Billy cayó casi de bruces, justo en el momento en que el estruendo indicaba que un nuevo hombre del pijama acababa de nacer.

Intentaría buscar una salida para todos, por ese nuevo al que no había podido ver la cara. Pero por si no lo conseguía antes de que se apagara la luz, tenía que conseguir que hubiese un registro de todos. Incluso de él, de “una tarde en el parque con mi nieto Billy”.

William suspiró. Tenía la boca seca. Había escrito todo su día en un cuaderno, como al parecer hacía siempre.
Después se había colocado el prototipo de holomemoria que le había traído su nuera. Nancy era brillante, y suponía que el prototipo había funcionado, pero no se atrevía a comprobarlo. Tal vez mañana.

Mañana sería el momento perfecto para ver cómo había sido la tarde en el parque con su nieto favorito, el que llevaba su nombre.

El huevo de achelota

huevodeachelota

Riss pegó su cuerpo contra la pared, deseando ser invisible. Sujetaba contra su pecho el huevo de achelota con mucho cuidado, porque le daba miedo que su propio terror le llevara a soltarlo o apretar demasiado. Parecía tan frágil…

No conocía a nadie que hubiera visto una achelota viva. Era más extraña aún que la albinela gigante, que vivía en el fondo de la cordillera volcánica de Peeazu. Encontrar la puesta había sido un ejercicio de intuición, suerte y confianza ciega en los principios de magia que había llegado a calarle de los monólogos al aire de todos los brujos y sacerdotes que había conocido. Y aún podía perderlo.

Aguzó el oído. Tenía que superar el sonido de su corazón desbocado y su respiración, que parecían llenar por completo el túnel. Estaba seguro de que sonaban voces en la oscuridad. Lo que significaría que las cavernas no eran el lugar salvaje y solitario que había pensado en un principio. Estaban habitados.

Ocultó su fósmima, que llevaba cómodamente colgada de una cadena al cuello entre sus ropas, en un gesto cuidadoso y lento. Hizo algo de ruido pero consiguió mitigar su luz. Eso le dejaría sin la capacidad de ver a quien se le acercara, pero le daba una oportunidad de pasar desapercibido.

Entrecerró los ojos e intentó escudriñar la oscuridad. No oía pasos acercándose, ni el chasqueo de las armaduras de cuero cuando los soldados se movían. Contuvo el aliento y lo dejó salir poco a poco.  Ahora estaba a oscuras y, si seguía sin percibir sonidos, no podría calcular sus posibilidades. Por el ruido de los pasos, Riss hubiese podido saber si los que se le acercaban eran humanos o de otro pueblo. Podría haber calculado cuántos eran. Tendría que confiar en la suerte y seguir adelante cuando se aburriese. Era un pensamiento bastante desesperante.

Se giró para observar la negrura por el otro lado del túnel. Unos ojos enormes de una luminiscencia verdosa le sorprendieron. Unas manos ágiles y fuertes le sujetaron y sintió un golpe seco en su cabeza. La misma oscuridad del túnel inundó su cabeza.

Le despertó la humedad del rocío sobre sus párpados. Estaba al aire libre, a pocos metros de una caverna. Supuso que una entrada a los túneles. Le dolía todo el cuerpo, y supo que cuando se revisase estaría lleno de moratones.

Le habían robado las botas, y también los correajes en los que habitualmente colgaba sus cuchillos, la bolsa de monedas y la caja en la que transportaba su albinela, la especie común que los viajeros usaban para encender pequeños fuegos. Por suerte, había guardado casi todo en la mochila antes de entrar en el complejo de grutas y le estaban esperando en el tocón hueco de un árbol. Sí que había perdido su daga favorita, pero lo superaría.

Se llevó la mano al cuello. Le habían aflojado la ropa por allí también, pero no se habían llevado nada. Su fósmima seguía allí, con su brillo estelar.

El pueblo tagsaidh. Los tagsaidh eran el pueblo de los túneles. Eran ágiles, fuertes y silenciosos. Veían en la oscuridad, y odiaban la luz. Por eso no tenían forjas, ni productos endurecidos al fuego. Tenía lógica que fueran ellos los que le habían sorprendido, y que fueran preferentemente por los cuchillos y los herrajes. También explicaría que parasen al encontrar la fósmima. Algo así era, a sus ojos, peligroso y probablemente anatema. El colgante podía haberle salvado la vida.

Se levantó de un salto. ¡El huevo! Él era impuro y había sido expulsado de los túneles pero, ¿qué habría sido del huevo?

Lo localizó muy cerca de él, tirado a un lado sobre una cama de helechos. Se acercó con cuidado, como temiendo que el sonido de sus pisadas hicieran colapsar la superficie blanda y gelatinosa. Se arrodilló ante el huevo con las manos extendidas hacia él. Desde fuera, el gesto casi parecía religioso. El pulso le temblaba. Estaba aterrorizado. Hasta ese momento no había sido consciente de lo importante que se había vuelto aquella frágil esfera para él.

Cuando lo tocó, el corazón negro del huevo dio un vuelco y la superficie emitió una suave luminiscencia azul.

Estaba vivo. Sano.

Lágrimas de alivio surcaron sus mejillas sin que se diera cuenta, mientras sentía su corazón hacerse más y más grande, a fuerza de amor y agradecimiento.

Las ciudades de los muertos

lasciudadesdelosmuertos

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.

Pero la brújula de Seol no dejaba de indicar que su camino estaba en el oeste. Oeste. Oeste. Daba igual cuántos planes hiciera, cuántas variables incluyera. Todo pasaba por el oeste. Maldijo la brújula y al brujo Resmur, que se la había dado. Maldijo a todas las sacerdotisas de Phelis, Diosa de la Verdad, y sus asquerosas profecías. Desesperado le dio un cabezazo al tronco del árbol en el que estaba apoyado. El dolor, caliente y sordo, le hizo arrepentirse de toda aquella línea de pensamiento.

Llevaba un mapa en su mochila. No le gustaba sacarlo por temor a que lo vieran. La mayor parte de los mapas del reino ardieron durante la Revolución del Guía. Los viejos nacionalistas verían en él un símbolo de traición y adhesión a la Orden de Cartografía. Y los más de los jóvenes lo que entenderían es que si tenía algo así, posiblemente también llevara encima huevos de oro, cuernos de avundoz o alguna otra cosa igual de escasa y valiosa. En resumen, era peligroso.

Pero el camino no parecía transitado, y la hora empezaba a ser un poco tardía así que supuso que no habría jornaleros volviendo a casa ni nadie que le sorprendiera. Estaba bastante perdido en la espesura. Se sentó en una roca que tenía un lateral ennegrecido por el fuego. Posiblemente los eventuales viajeros aprovechaban aquel claro para acampar y, ahora que lo pensaba, no era del todo mala idea. Con cautela sacó el envoltorio de cuero flexible que tenía aprisionado contra el espaldar de la mochila y lo desplegó. El mapa se desplegó con él, crujiendo ominosamente.

Riss colocó la brújula sobre el mapa como Resmur le había enseñado. Incluso murmuró la fórmula mágica, aunque en el fondo de su alma creyera que el viejo se lo había inventado. La brújula seguía indicando el oeste.

Oeste, a través del Bosque de Fannor. Oeste, más allá de la antigua ciudad de Thisnis

Decían que había cientos de tipos de muertos en el oeste. Que había algunos que eran cruelmente retorcidos y otros que estaban simplemente locos. Decían que algunos estaban hambrientos y dejaban a los aventureros reducidos a huesos quebrados.

Decían que había algunos que asumían tu forma y volvían para procurarte una muerte pública e infame. Decían que algunos encerraban tu alma en una antorcha y ocupaban tu cuerpo para disfrutarlo, para llevarlo al límite y dejarlo destrozado a un lado del camino.

Decían que algunos se metían en tu mente y te hacían experimentar lo que desearan. Algunos te hacían creer que salías airoso y proseguías tu viaje. Otros te sumergían en un infierno de locura o dolor. Algunos te daban aquello que deseas en el fondo de tu alma. Placer. Amor. Victoria…Mientras tanto disfrutaban de ver tu cuerpo ceder, deteriorarse y morir.

No conocía a nadie que hubiera vuelto de un viaje al oeste. Incluso Cobarde Pete, que había dado la vuelta  poco después de superar Thisnis, se había perdido en las tierras de los muertos. Decían que ahora Cobarde Pete no dormía porque los muertos aullaban en sus oídos. Algunos decían incluso que el día que Cobarde Pete se uniera a ellos, se convertiría en un portal y los muertos ya no estarían confinados en sus ciudades. Decían que Cobarde Pete no había vuelto en realidad.

Riss guardó el mapa en silencio, sintiendo el frio del miedo calarle hasta los huesos. Se marchaba al oeste. Aunque se sintiera vacío y aterrorizado. Aunque al oeste estuvieran las ciudades de los muertos.