Margaritas

margaritas

La curva del vaso de margaritas parece suave, pero cuando te lo llevas a los labios es fría y cortante.  Igual que yo.  Por eso los bordes de los vasos, al hacer un cóctel, se endulzan o se salan. Para evitar el hielo, el cristal. Por eso busco a cada segundo la alquimia que me transforme, que haga néctar las partes punzantes de mi. Por eso estoy aquí, esta noche igual a todas las demás noches. Por la esperanza nunca alcanzada.

Ahora que me fijo, el borde de mi vaso de margarita no está decorado. Qué camarero más desconsiderado.

Deslizo la mirada por toda la barra del bar, con su luz cálida y sus solitarios acodados,  depredadores y seres depredados. Seres aislados, buscando llenarse, vaciarse  o ambas cosas al tiempo. Los que se sienten vacíos miran sus copas. Los que se sienten pletóricos miran hacia la pista, a su alrededor; también hacia mí, con miradas que miden y evalúan. No podrían ser más insignificantes. No podrían estar más huecos.

Me vuelvo para mirar la pista. Allí están los exultantes, los vivaces, los alegres. Los que están para divertirse. Las presas inconscientes, pero también los libres.

Y allí está ella. No sé cómo no la he presentido antes. Es toda energía.  Una fuerza salvaje, fresca. Maravillosa. Baila entre risas con los ojos cerrados, entregándose al momento. Su melena rizada se mueve como las ramas de un sauce al viento y acaricia su espalda desnuda rítmicamente.  Abre los ojos y nuestras miradas se cruzan. Enfrentamos la profundidad luminosa de sus ojos oscuros con la falsa transparencia de mi mirada azul. Y así, trabadas en nuestro mutuo duelo, una sonrisa estalla en sus iris y desciende a sus labios llenos.

Mi corazón redobla su marcha cuando ella baja los párpados con lentitud y cambia el ritmo de su baile. Alza sus brazos gráciles y con un suave movimiento ya ha capturado mi aliento, que escapa a ella tendiendo un puente entre nuestros cuerpos.  Mientras, me muestra poco a poco todos esos rincones perdidos en los que deseo posar mis labios.

Sin embargo los ocupo en mi copa un momento, justo antes de abandolarla a un lado. La música para y ella se acerca a mi. Su caminar es elástico, potente, y me permite admirar el magnífico contraste de la curva de su cadera y la de su cintura. Un escalofrío de anticipación recorre mi espalda y puedo jurar que un pequeño suspiro escapa de mis labios entreabiertos.

Con una risita se cuela a mi lado, y yo  la saludo con mi mejor sonrisa, tentadora. Siento  que mi piel aunque siga pareciendo nívea, ha tomado un ligero tono rosado. Ella se acerca y me susurra al oído. El calor de su aliento y el roce de sus cabellos en mi cuello me hacen estremecer y casi sin notarlo la rodeo con un brazo disfrutando de su calor.

Pícara, ella apoya un pie en mi taburete y se aúpa para quedar sentada sobre la barra. Su zapato cae al suelo, ahogando todos los demás sonidos. Acaricia con su pie mi pierna mientras me mira a los ojos, y sólo deseo que la distancia entre nosotras desaparezca. Tiendo mi mano hacia su cadera y ella me la atrapa, tirando de mi hasta auparme a la barra.

Su manos son gráciles y también expertas. Me acaricia el cuello y el hombro, haciendo que mi vestido se deslice con un susurro hasta la cadera. Yo acerco mi rostro al suyo, aspirando su aroma y depositando el primer roce de mis labios en el hueco entre su hombro y su clavícula. Su piel me responde erizándose y sonrío mientras recorro su espalda con mis dedos.

Ella se separa. Resplandece. Es la única luz viva del lugar. Su caricia acaba en mis manos, y juntas nos ponemos de pie. El sonido de mi vestido cayendo sobre la madera y nuestras respiraciones alteradas llenan el bar.

Dibuja la línea de mi mandíbula con un dedo mientras se acerca lentamente, y al fin llega. El roce aterciopelado y húmedo de sus labios en los míos. Delicada pero potente, ha vuelto a robarme la respiración y la voluntad. Entreabro mis labios y busco su lengua fresca, ávida. Y noto el latigazo del placer recorrer mi columna.

Poso mi palma en la parte baja de su espalda y la atraigo hacia mí, obligándola con suavidad a arquearse. Su respuesta es un breve gemido sorprendido que muere en el pequeño espacio entre nuestras bocas.

Noto que suelta mi sujetador con una mano mientras la otra avanza sobre mis costillas para recoger el volumen de mis senos llenos. Yo llevo mis manos por sus costados hasta rozar con mi pulgar uno de sus pezones que se intuyen bajo la tela de su top. Su gemido, esta vez abierto, me incita a explorar con la otra mano la suavidad del muslo que oculta su falda.

Sus prendas caen alrededor como la hojas de otoño y acompañan a las mías con rapidez. Estiro del lazo que anuda su tanga, mostrándola al fin gloriosa, magnífica, entera. Suspiro de deseo. Ella desliza sus dedos por mis caderas liberándome de la última tela que nos separaba. Acompaña la prenda hasta el suelo, besando mi vientre en su bajada, desatando oleadas de placer.

Acaricio su nuca, haciendo que ella entrecierre los ojos, y bajo a su altura para seguir disfrutando de todos los secretos de su calidez.

Y enredadas reímos, henchidas de deseo y de poder. Beso en su sien el nacimiento de uno de sus cuernos dorados mientras despliego con placer mis alas feéricas.
Pobres efímeros humanos, que han abandonado su esencia para entregárnosla  en éste altar de nuestro amor.

Frío

Frio

Te me metes dentro en soledad. Sin buscarte, me arrinconas. Sin buscarte y sin dejarte de buscar.

Frio.

Estableces campamento por todo mi interior. Conviertes mis huesos en hielo. Ahuyentas mi calor.

Frio.

Tu garra helada atenaza mi corazón, eliminando el fuego interno con una lágrima a traición.

El testamento de Ilya

Hace mucho tiempo, tuve nombre. Me llamaban Ilia. Yo era Rhea Silvia. Ahora soy el susurro del llanto en una gruta.

Hace mucho tiempo fui la joven hija del rey de esta tierra. Era una niña hermosa y feliz.

Entonces, mi tio accedió al trono. Mi padre murió, y también mi hermano. Me quedé sola con mi tio. Y él decidió que no soportaba ver mi rostro.

Un día de verano, vino al palacio una mujer vestida de blanco. Aunque era la primera vez que la veía, yo sabía quien era. Era una mujer santa. Una sacerdotisa de Vesta.

Mi tio nos dejó solas, y la vestal me tomó de las manos. Me dijo que por voluntad de la Diosa, me habían capturado.

A partir de aquel momento, comenzó mi nueva vida. Dejé atrás mi vida como Ilia, la niña, la princesa. Dejé atrás mis vestidos infantiles, mis juguetes y todas mis posesiones. Me llevaron al templo de la Diosa, me purificaron y me impusieron las ropas de las sirvientas de Vesta, la toga recta de las novias y la toga de las matronas, en tela blanca. Así, me volví una vestal más. Una esposa del fuego, dama sagrada y protectora del pueblo.

Me educaron, tal y como se hace con las mujeres sagradas, en todos los misterios de la Diosa y en todas las tareas sagradas que nos encomendaba.

Encontré la felicidad en esta nueva vida. Preparaba con regocijo los aceites y especias sagrados para los sacrificios, y llevaba con orgullo mi condición de esposa de la ciudad, de virgen sagrada.

Pasó el tiempo, y yo adopté en esta vida mi nuevo nombre, Rhea Silvia. Me había convertido en una mujer hermosa como una reina. Envidiada y deseada por partes iguales. Pero siempre respetada.

Llegó la primavera. Era el mediodía y decidí salir a pasear cerca de la loma principal de la ciudad. Entonces era joven, tal vez descuidada. Me senté a descansar bajo la sombra de un árbol. La brisa movía las ramas que proyectaban la sombra de sus hojas sobre todos los objetos que había alrededor. Dotaban de una ilusión de vida a una estatua de Marte preciosamente elaborada que alguien colocó hacia mucho tiempo.

No sé como, me quedé dormida. Soñé con Marte. En toda su gloria y belleza, surgía de su propia estatua, se acercaba a mi y me hablaba. Después, sin yo poder hacer nada, me tomaba. Antes de desaparecer me dijo “Tus descendientes serán la gloria del pueblo y del mundo”.

Me desperté totalmente segura de que aquello no había sido un sueño. Turbada, muy asustada, volví al templo corriendo y oré con todas mis fuerzas a la Diosa. Pero ella no me respondió.

Al poco tiempo mis temores se vieron ratificados. Estaba embarazada.

Use mis derechos como vestal por última vez en mi vida. Convoqué a las ancianas del templo y a los poderes de la ciudad. Cuando todos estuvieron reunidos, expuse mi caso. Confiaba en la buena voluntad de aquellos a los que había servido durante tanto tiempo.

Cuando les hable de Marte y mi sueño, no me creyeron. Muchas fueron las voces entre mis compañeras vestales y sobre todo, entre los hombres de la ciudad que me acusaron de ser una pérfida. Para ellos lo único cierto era mi embarazo, la prueba definitiva de que había roto mi voto como vestal. Había mancillado no solo mi honor, si no el de la ciudad.

Allí mismo me acusaron de vivir como una loba, de ser una ramera y una traidora. Algunas de mis compañeras, llenas de rabia, me atacaron. Me golpearon. Estiraron de mi pelo y rasgaron mis ropas. Me dejaron condenada como una mujer sin nombre ni origen, como una simple prostituta, en el centro del círculo de venerables.

Yo solamente lloraba. Rogando a la Diosa a la que había dedicado mi existencia y maldiciendo a aquel que había manchado mi alma y destruido mi vida. Pero ninguno de ellos, ni ninguna otra divinidad escucho mis lamentos.

Tampoco lo hizo mi tio. Él se limitó a asentir y observar la escena. En aquel momento él era un hombre anciano y triste. Algún hado oscuro había hecho un nido sobre su lecho, y no había conseguido tener un solo hijo. Yo era el único pariente que le quedaba. Aún así, no tuvo ningún problema en sellar mi muerte como único castigo posible ante mi delito.

Me hicieron caminar casi desnuda y ya condenada ante el pueblo, al que le contaron que había violado mis votos sagrados. Las gentes a las que tanto había amado y ayudado y que tanto me habían querido ahora me insultaban, me lanzaban objetos y me escupían. De este modo me llevaron a las mazmorras de la ciudad.

Pasé mis horas de encierro rogando a todos los dioses. No recuerdo ya lo que llegué a ofrecerles por mi vida, por la vida del niño que llevaba dentro. Nada ocurrió. Ningún Dios vino en mi ayuda.

Pero, a los pocos días, recibí la visita de mi Suma Sacerdotisa. Ella era la mujer que me captó para las vestales, mi maestra, mi amiga durante muchos años. Su nombre era Roma. Al contrario que muchas otras vestales, ella no estaba enfadada conmigo. De algún modo, había decidido creerme. “El corazón del rey se ha movido” – me dijo. “No morirás hasta que des a luz. Entonces, tú serás ejecutada como traidora. Tu hijo será puesto en manos de los Dioses. Lo entregarán al río, y si sobrevive o no, ya no será una decisión humana.”

Ella me cogió de la mano, que temblaba desconsoladamente ante la perspectiva de la muerte de ambos, la mía y la de mi hijo. “No te preocupes”, – me dijo con cariño.  “Siendo progenie de los dioses, no es posible que le dejen morir tan fácilmente.” Y dicho esto, me volvió a dejar sola.

No negaré que gran parte del tiempo que pasé en la celda, lo pase odiando a la ciudad que me había dado la espalda. A todos los hombres que habiéndome deseado en secreto, prefirieron tratarme como a una ramera antes que creerme. Odié a los dioses, a todos. Especialmente al que me había arruinado. Durante mucho tiempo después seguí odiándolos.

Al cabo de un tiempo, di a luz. Aquel fue un momento feliz para mi, aunque implicaba el final de mi vida. Tuve dos bebés preciosos. Dos varones gemelos. Magníficos como dioses recién nacidos.

Casi inmediatamente me quitaron a mis pequeños de mis brazos. Me hicieron levantarme, y aún sangrando, me sacaron de la celda y me hicieron caminar hasta el río.

Justo delante de mí, caminaba un guerrero, con las enseñas de la ciudad, que llevaba a mis niños en un cesto mal fabricado. Me obligaron a ver como los entregaban a las frias aguas del río.

Entonces los soldados que me custodiaban me hicieron caminar más allá del río, en lugar de volver a la ciudad. No me dijeron ni una sola palabra.

Llegamos a una cueva a los pies de la montaña. Me hicieron entrar en ella, y entonces bloquearon la entrada. Los oí alejarse de allí mientras cantaban para no escuchar mis gritos desde el interior.

Después de eso, no podría decir cuánto tiempo pasó, pero recibí por fin la respuesta a alguna de mis plegarias, y una Diosa apareció ante mí. Afrodita, llena de belleza y bondad. Con ella trajo estas herramientas de escritura, para que mi historia no sea olvidada. Y con ella trajo noticias de mis hijos, y de sus hijos. Rómulo y Remo les llamaron, y con el tiempo, refundaron la ciudad, llamándola Roma, por amor a la mujer que mejor les cuidó. Con el tiempo, la ciudad pasó a ser un imperio, y nuestra lengua se extendió por todas partes.

Hoy, ya nada queda como estaba. El tiempo ha pasado. Y lo que queda aquí soy yo. Esta voz en las grutas que ha aprendido a dejar atrás el odio y la rabia. Una sierva de los dioses, como tantas otras, elevando eternamente sus plegarias.


Para Vaelia, que me recordó este escrito de la forma más mágica, coincidentemente.

Sangre de otoño

Es el terrible encuentro,

Señor contra Señor.

En todas partes el lamento,

El bramido y el terror

Llenando bosques y llanos.

Orgulloso uno, orgullosos todos

Contando sus infinitas puntas

Los grandes dioses viajan solos.

Se cruzan, y bravos disputan

Sus derechos a muerte.

Con tesón cruzan sus armas,

En la lid más igualada

Pero la suerte gira para uno,

Bañan de sangre la rama sagrada

El espíritu del bosque despierta y reclama:

Osais mancillar con ira el reposo

De quien os acogerá en muerte

Sea por honor o amor veleidoso,

No será excusa suficiente

Aquí expiareis por siempre la ofensa.

Esta es vuestra promesa

Si debeis seguir luchando

Chocareis sólo asta contra asta

Sin derramar una gota de sangre

Y para recordaros la palabra

Las hojas en derredor

De rojo se teñirán solas.


 

Reto de creación. Un poema mitológico escrito para el otoño.