Encarcelados

encarcelados

Miró a C, asustada. Llevaban juntos en aquella mezcla de cárcel y zoológico muchos años. Con el tiempo habían ido dejando sus puestos asignados, y ambos se daban apoyo en la parte oscura de su gigantesca celda, lo más alejados posible de la pared de cristal.

C era elegante, alto, y T le admiraba especialmente por su capacidad de ser transparente en todas las situaciones. C admiraba a T porque siempre mantenía una sonrisa, tenía una gran corazón y llevaba siempre consigo sus herramientas. En aquellas circunstancias, la resistencia y fortaleza que demostraba manteniendo la esperanza eran algo realmente único.

T empezó a temblar sin poder remediarlo; el cambio de luz indicaba sin duda que venían. La pared de cristal se dividió en dos y se retiró hacia atrás.

-Tranquila. Respira. Mírame a mi. –le dijo C. con voz profunda y brillante. -Así me gusta.

Su sonrisa centelleaba, y T sonrió también, tímida, aún nerviosa. Pero se sentía mucho más segura a su lado, y sabía que estando tranquila llamaría menos la atención y podría seguir allí al menos un día mas.

A lo largo de los años, T y C habían comprobado que los que eran escogidos solían volver cambiados. No sabían qué les ocurría, pero tras unos días fuera lo que regresaba eran personas totalmente diferentes. Habían perdido su brillo; apenas hablaban o balbucían incoherencias sin descanso. Algunos se mantenían dolorosamente quietos, intentando estar siempre despiertos, siempre alerta; otros no dejaban de vagar excepto cuando presentían que se acercaban sus carceleros, sus amos. De cuando en cuando, alguno no volvía. Entonces, con una rapidez pasmosa, los carceleros acudían para llevarse a otro… Hoy, ellos dos eran los únicos que todavía no habían sido llevados. Eran los que se mantenían más enteros.

Sabían que aquello no podría durar mucho, que pronto los separarían, y que los cambiarían para siempre. Y aquello aterrorizaba a ambos. Por suerte, aquel carcelero sólo depositó a algunos condenados en el duro suelo, cerró las puertas y se fue

T miró a C y supo que no podría soportarlo, si los separaban.

C miró a T y supo que no se perdonaría nunca que la llevaran, volver a verla sin reconocerla.

Tenían que escapar. Y tenían que hacerlo aquella noche.

Las luces comenzaron a bajar. T se dirigió a las puertas. Era un movimiento arriesgado. Ella estaba convencida de que había una lógica en las rutinas de los carceleros, que elegían unos tipos u otros de prisioneros según algunos rasgos de su aspecto. Sus observaciones indicaban que cerca de la noche, no escogerían a alguien como ella. C no estaba tan seguro, y la incertidumbre hacía que le temblara el pulso. A pesar de las indicaciones de T, C se acercó también. Sabía que si elegían a T, él se rebelaría. No lo había hecho nunca porque no había manera de vencer a aquellos monstruos que eran sus carceleros, pero sentía que era lo correcto, que defendería a T hasta la última de las consecuencias…

Los carceleros se acercaban; hoy sus pasos eran rápidos y potentes. Muchos presos temblaban y chocaban entre sí… Sólo T parecía serena. Las puertas se abrieron y C notó como todo su ser entraba en tensión. Pero no eligieron a T, a pesar de pasar rozándola varias veces. Ella se mantuvo firme. Dispuesta pero segura. C pensó que nunca la había visto tan hermosa como en ese momento, bañada por la luz dorada de un sol moribundo.

Las puertas se cerraban; era su momento. T deslizó una pequeña parte de su cuerpo en la junta entre las dos hojas, impidiendo que cerraran por completo. Para su sorpresa, aunque pesadas, no ejercían fuerza extra. La tensión era dolorosa, pero merecía la pena. Aguantó.

Cuando se hizo de noche por completo, C se acercó a ella y le ayudó a abrir la puerta. Se sonrieron. Ahora venía lo duro. Para salir tenían que salvar una distancia importante. Tomaron aire juntos y saltaron.

Un estruendo despertó a Susana, que se levantó alarmada y recorrió la casa con el corazón en un puño. Casi se cortó con los trozos de la copa y la taza que habían caído del aparador.

Adios

adios

Las campanas doblaban lentamente, marcando el paso del cortejo fúnebre. Desde la ventana sucia de la vieja carpintería, un espíritu burlón, que nadie podía ver, seguía atentamente el devenir de aquella triste y exigua comitiva. Sabía que debía sentirse alegre, o al menos aliviado. Era libre, después de tantos años. Podía vagar a placer, hacer lo que le viniera en gana sin que nadie le detuviera. Era libre de aquella dimensión humana, tan llena de normas y límites. Sin embargo se sentía pesado, aburrido en exceso. Sentía una gravedad en el centro de su ser que no sabía con qué relacionar.

Se sentó en el columpio de una jaula desportillada y se balanceó tristemente. Se dio cuenta de que le iba a echar de menos. De que había perdido mucho más que alguien que le viera, que había perdido a un segundo padre.

La puerta de la tienda se abrió, y la campanilla de latón sonó como si todo pudiera ser como hacía veinte años. Entró un hombre de cabello pajizo y ojos enrojecidos. Sus hombros hundidos indicaban que no se encontraba mucho mejor que el duende que le observaba desde la pajarera. Aquel hombre pasaba distraído los dedos por las superficies, llenándoselos de polvo y suciedad. Era un gesto nostálgico.

El pequeño espíritu sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el hombre tocó la jaula. Sólo tenía que cerrar la portezuela, y podría verlo. Si aquel hombre le encerraba, tendría de nuevo un cuerpo pequeño y un penacho de pelo rabiosamente rojo, tendría de nuevo un padre y una razón para seguir existiendo en el mundo de los humanos.

El hombre pasó de largo y tras un pequeño paseo volvió a salir ahogando un sollozo con el repiqueteo de la campanilla.

El duende invisible dejó escapar un lamento. Había perdido su última esperanza. Era hora de desaparecer. Hora de crecer. Hora de dejar de ser Pumuki.

 

Sigue la luz

sigue la luz

Luz se apoyaba indolentemente en aquella maleta-trolley rosa fucsia que tanto detestaba. De nuevo en aquel piso antiguo de molduras blancas, techos altos y suelos de madera oscura que crujían como las tripas de una bestia centenaria.

Llevaba casi diez años siguiendo aquella tradición de mudanzas estacionales. Primavera en la ciudad con sus abuelos maternos, verano la playa con su padre, otoño en el ático de su padrastro y finalmente invierno en aquella especie de cueva decimonónica de su abuela paterna, a la que no veía nunca ni aún viviendo en el mismo lugar. Un ciclo eterno de aburrimiento que la llevaba a no sentirse cómoda en ningún sitio y la preparaba para independizarse en cualquier momento.

De todos los lugares en los que había vivido, aquel piso era el peor. Era frio y muy grande. La puerta de entrada daba a un hall con una pequeña mesita en la que sólo cabía un centro de mesa de plástico, y dos sillas estilo Luis XVI blancas y doradas. Tenía dos alas. La derecha era la que ocupaba la abuela. Sólo tenía permiso para llegar a las dos primeras puertas: la cocina y la despensa. El resto era terreno prohibido, anatema geográfico. Su espacio era el ala izquierda. Lo primero que tenía era un saloncito que servía de tapón al pasillo que conducía a una pequeña biblioteca, una enorme habitación y un baño alicatado en blanco y azul que podrían utilizar diez chicas como ella sin estorbarse.

Resopló para apartar de sus ojos un mechón rojizo. Esperaba a que su abuela se dignase a acercarse y recibirla. La vio llegar por su pasillo, como viniendo de otra dimensión, una mujer cuya edad no sabría calcular, que miraba más allá de ella y que era incapaz de llamarla por su nombre.  La muchacha se apartó de la maleta y se acercó a la anciana, que le dio dos besos sin contacto, dejándole las fosas nasales colapsadas con su aura de talco.

Le habían dicho que era igual que su abuela de joven, pero ella lo dudaba muchísimo. No veía en aquella mujer enjuta, seca de trato y parca en palabras nada que quisiera pensar que había en sí misma. Su abuela era un entidad primigenia que existía tal y como existen los elementos naturales y a la que no se le podía imaginar un alma humana. Era mejor asumirlo y seguir adelante.

Miró cómo su abuela se alejaba de nuevo y, resignada, se dirigió a su cuarto haciendo rebotar las ruedas de su maleta por la madera con un sentimiento de rabiosa rebeldía adolescente, alegrándose de romper la perfección apolillada del entorno. Se detuvo un momento ante el cuadro de sus pesadillas infantiles. Cogió aire, enderezó sus hombros y se dijo a si misma que no había nada que temer. Ya no era una niña.

Era un cuadro grande con un marco pesado lleno de volutas negras y brillantes que parecían  sospechosamente orgánicas. La pintura reproducía la habitación en la que estaba, demostrando que toda la casa estaba congelada en el tiempo y que ella, simplemente, sobraba. La única diferencia entre el cuadro y el saloncito era la iluminación. El salón recibía mucho sol durante gran pare del día, pero el cuadro era muy oscuro. Daba la impresión de que se había pintado en un momento en el que el sol, la luna y las estrellas se hubieran apagado de golpe y se pudiera ver exactamente la fuerza de la existencia de cada objeto. Aquello ya era bastante inquietante por si mismo, pero aquella chica pelirroja que creía haber visto varias veces en distintas poses y lugares a lo largo de los años acababa de hacerlo espeluznante.

Claro que, ahora que ya tenía dieciséis años, sabía que aquello no eran más que tonterías, imaginaciones de una niña pequeña sola en un mundo demasiado grande. Y sin embargo, hacía esfuerzos por no pestañear.

Luz no podía dormir.  Conocía bien la sensación de extrañar la cama, y sabía que no era eso lo que le impedía conciliar el sueño. Lo que la estaba enervando era un sonido ahogado, como si alguien rascase una tela. No había descansos en el sonido, pero tampoco era constante. Parecía claro que lo producía algo vivo.

Desesperada por el cansancio, decidió averiguar qué pasaba. Descolgó sus pies por un lado de la cama, demasiado alta, que la hacía sentirse insignificante, y saltó.Tanteó la pared en busca del interruptor, lo accionó pero solo recibió un click. Volvió a intentarlo un par de veces más, pero quedaba claro que no funcionaba. Cogió su teléfono, que había puesto a cargar, pero tampoco consiguió nada de él. La batería estaba agotada; no podría usarlo para alumbrarse aquella noche. Suspiró. La abuela habría olvidado conectar la electricidad de aquella parte de la casa.

Abrió con esfuerzo los postigos de su ventana y comenzó a buscar alguna linterna, pero la único que encontró que una palmatoria con una vieja vela. Dudó un segundo. El fuego era una de las prohibiciones de su abuela. Fuego, luces encendidas fuera de la habitación en la que estaba… la lista era larga. Pero había algo urgente en el sonido, algo que le empujaba a desobedecer las normas. El olor a azufre y carbón de la cerilla inundó la habitación, recordándole el infierno, mientras ella encendía la vela.

A la luz de la pequeña llama, las sombras en los pasillos se convertían en algo móvil e impredecible. Los sueños dormidos y polvorientos cobraban vida en los rincones y su corazón latía con un ritmo irregular, incapaz de coordinar las órdenes de calmarse que le daba su mente y la aprensión involuntaria. El sonido le guiaba hacia el saloncito. Sentía que se le erizaba el cabello a cada paso que daba.

Abrió la puerta despacio y coló la vela en el salón. El titilar de la luz se unía al temblor de su mano. La estancia estaba vacía pero el rasgar seguía, nítido, fuerte. Giró su cabeza hacia la chimenea, buscando siempre a procedencia del ruido.

Una mano muy blanca arañaba el cuadro sobre la chimenea. Una mano humana, joven, estilizada, muy similar a la suya. Y, tras la mano, el rostro triste de una chica pelirroja que podía ser perfectamente ella misma.

Luz respiraba superficialmente. Una lágrima inadvertida resbalaba por su mejilla, y sentía que perdía toda su estabilidad. Antes de darse cuenta de lo que hacía, corría hacia el cuadro con la vela por delante. No sabía que quería hacer, si quería confirmar lo que veía, asegurar lo imposible.

Luz aplicó la llama de la vela a la base del marco que tanto había odiado. La chica del cuadro había parado de rascar y le sonreía. El marco se retorció bajo el calor del fuego con un chirrido agudo, como si estuviera quemando la muda de un insecto gigante. Un grito sonó en las habitaciones de la abuela.

El cuadro prendía con rapidez, emitiendo una especie de chillido agónico. La danza del fuego era hipnótica para Luz, que observaba todo, paralizada. La chica del cuadro veía como su mundo se destruía con una expresión de paz.

De pronto sintió una garra en su hombro que la obligó a girarse. La mano esquelética, calcinada, de la abuela manchó de hollín su pijama y alcanzó a ver en el fondo de sus ojos vacíos una llama de odio puro justo antes de que la criatura que llamaba abuela se desplomara convertida en cenizas.

Los flashes intermitentes de los servicios de emergencias se colaba por la ventana. Alguien apuntaba una linterna a sus ojos.

—Sigue la luz, guapa —le decía una voz tranquilizadora.

 

Memento

memento

Cayó hacia adelante.

Sintió que le sostenían con fuerza de los brazos para evitar que besara el suelo. Se sentía mareado. Muy mareado. Y confuso.

–Tranquilo, nuevo. –Le dijeron entre risas. –Todos los nuevos sois unos debiluchos.

El que hablaba era un tipo robusto vestido de tela vaquera de la cabeza a los pies. Un hombre saludable con el que no querrías encontrarte peleando a la salida de un bar pero que transmitía la sensación de que ese era precisamente su lugar. Aquel hombre le sujetaba con firmeza de un brazo, con una sonrisa cordial pero un poco triste. El otro brazo lo mantenía firmemente asido otro hombre igual de grande vestido por completo de comando.

–Mi amigo es el señor Moon. –siguió hablando el hombretón. –Es un tipo silencioso, no se lo tengas en cuenta. Yo soy Hugh.

Una arcada recorrió su cuerpo cuando intentó responder.

–Entiendo que te sientes mal. –le dijo Hugh en voz baja, como una confidencia. –Os pasa a todos los nuevos. No te preocupes. Ve a la fila con los otros nuevos.

Sintió que las manos le soltaban y afianzó los pies en el suelo. Era firme pero blando y de un blanco inmaculado. Comprobó con sus pies descalzos que también era cálido. Tambaleante, caminó unos pasos mientras buscaba el lugar al que debía ir.  Al fondo de la sala, también completamente blanca, había una fila de personas vestidas con una especie de pijama . El mismo pijama que llevaba él. Todos parecían terriblemente confusos, algunos incluso asustados. Se dirigió hacia ellos tenso, sin saber si lo que hacía era lo correcto o no. Los ojos del Hugh y Moon se clavaban en su espalda, añadiéndole un peso extra.

El tiempo que tardó en llegar a la fila de los pijamas blancos y colocarse en un extremo le pareció eterno. Todos los ojos de aquellos hombres le seguían, algunos interesados pero la mayor parte tristes o vacíos. Empezó a pesarle el corazón e intentó camuflar un escalofrío.

Desde su puesto vio que la sala no era realmente homogénea. A su derecha había una puerta lo suficientemente grande para que pasaran por ellas dos personas. Se abría con una barra, como si fuera una puerta antiincendios, pero no había señales de que hubiera sido usada en mucho tiempo. La barra estaba mate y algo polvorienta y los goznes parecían oxidados. Aquella era la única salida, exceptuando una ventana alta a la izquierda que sólo era visible por estar ligeramente abierta. Era ancha, más bien un rectángulo apaisado apenas lo suficientemente grande para que un hombre se deslizase por ella. Se preguntó cómo había llegado allí.

Empezó a sonar un zumbido que fue cogiendo fuerza. Hugh y Moon caminaron hacia el centro de la habitación de nuevo, dejándolo a su suerte. Los hombres del pijama blanco también miraban a un punto luminoso que empezaba a latir allí donde habían ido los dos hombretones, aunque algunos se miraban los pies o cerraban con fuerza los ojos.

Uno de los hombres de blanco se coló a su lado, empujando suavemente a su compañero.

–Hola, nuevo. ¿Cómo te llamas? –le dijo con una sonrisa en su cara pecosa, mientras evitaba que mirase hacia aquella misteriosa luz.

–No lo sé. –respondió un poco molesto. –No lo recuerdo.

–¿No lo recuerdas? ¡Qué lástima! –dijo el pecoso algo contrariado. –Bueno, ya te vendrá. Yo soy “Tomando un café con Charlie por la mañana”. Me puedes llamar Charlie. O Café. Ambos me gustan.

–Vale, Charlie. –masculló mientras intentaba ver qué ocurría con aquella luz. El zumbido seguía subiendo de volumen. Si seguía así pronto sería insoportable.

Charlie se puso frente a él y le tomo de los brazos, obligándolo a girarse a la derecha mientras le tapaba el ángulo de visión.

–No mires, nuevo. No es agradable. –le dijo Charlie con voz seria. –Ahora es cuando te das cuenta de que has nacido para morir.

–¿De qué demonios hablas? –Intentó zafarse de aquel chalado.

–De lo que nos espera a todos, nuevo. –gritó el pecoso para hacerse oír sobre el zumbido atronador que llenaba la sala. –¿Ves ese tipo de ahí? –Señaló a un hombre tres puestos más allá en la fila de pijamas blancos. –Es Maldito Tarado, aunque él quiere que le llamen Olvidas. Dice que Maldito Tarado suena fatal. Su nombre completo es “Olvidas todo cada vez que te duermes, maldito tarado”. Cuando llegó yo ya estaba aquí, ¿sabes?. Le preguntó a Hugh qué significaba su nombre. Al parecer, cuando se apagan las luces nosotros tendríamos que salir de aquí por aquella puerta… –Señaló la puerta a sus espaldas. –Con el señor Moon. Y allí demostraríamos nuestra valía. Los mejores iríamos a Medio Plazo, o a Largo Plazo… Pero como ves, la puerta no se puede abrir. Así que cuando se apaguen las luces, desapareceremos.

El zumbido se convirtió en una explosión, acompañada de un fogonazo. Cuando miró, Moon y Hugh sujetaban por los brazos a un hombre en pijama blanco.

No podía creer lo que veían sus ojos.

–Así nacemos todos, nuevo. Vas a tener que asumirlo.

–Billy. –respondió. –Llámame Billy.

Charlie sonrió

–Genial, Billy. Te dije que irías recordando.

–Oye, Charlie –le interrumpió. –¿Sabes a dónde da la ventana?

–No. ¿Por qué?

–Porque si voy a morir, al menos lo haré intentando seguir vivo. –respondió Billy con media sonrisa.

–No te van a dejar, Billy. Puede que no podamos ir por la puerta, pero Moon y Hugh mantienen el orden como si no pasara nada.

–Entonces necesitaré vuestra ayuda.

Las sonrisas de ambos hombres eran ilusionantes.

El zumbido regresó. Billy había hablado con todos los hombres de la hilera de hombres de blanco. Cuando el ruido empezó a ser muy intenso, todos salieron corriendo en distintas direcciones, sobrepasando a Hugh y Moon por fuerza de su número.

Billy y Charlie corrieron a la ventana. Charlie se colocó para aupar a Billy y, con esfuerzo éste se deslizó fuera. Billy cayó casi de bruces, justo en el momento en que el estruendo indicaba que un nuevo hombre del pijama acababa de nacer.

Intentaría buscar una salida para todos, por ese nuevo al que no había podido ver la cara. Pero por si no lo conseguía antes de que se apagara la luz, tenía que conseguir que hubiese un registro de todos. Incluso de él, de “una tarde en el parque con mi nieto Billy”.

William suspiró. Tenía la boca seca. Había escrito todo su día en un cuaderno, como al parecer hacía siempre.
Después se había colocado el prototipo de holomemoria que le había traído su nuera. Nancy era brillante, y suponía que el prototipo había funcionado, pero no se atrevía a comprobarlo. Tal vez mañana.

Mañana sería el momento perfecto para ver cómo había sido la tarde en el parque con su nieto favorito, el que llevaba su nombre.

Las ciudades de los muertos

lasciudadesdelosmuertos

En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos.

Pero la brújula de Seol no dejaba de indicar que su camino estaba en el oeste. Oeste. Oeste. Daba igual cuántos planes hiciera, cuántas variables incluyera. Todo pasaba por el oeste. Maldijo la brújula y al brujo Resmur, que se la había dado. Maldijo a todas las sacerdotisas de Phelis, Diosa de la Verdad, y sus asquerosas profecías. Desesperado le dio un cabezazo al tronco del árbol en el que estaba apoyado. El dolor, caliente y sordo, le hizo arrepentirse de toda aquella línea de pensamiento.

Llevaba un mapa en su mochila. No le gustaba sacarlo por temor a que lo vieran. La mayor parte de los mapas del reino ardieron durante la Revolución del Guía. Los viejos nacionalistas verían en él un símbolo de traición y adhesión a la Orden de Cartografía. Y los más de los jóvenes lo que entenderían es que si tenía algo así, posiblemente también llevara encima huevos de oro, cuernos de avundoz o alguna otra cosa igual de escasa y valiosa. En resumen, era peligroso.

Pero el camino no parecía transitado, y la hora empezaba a ser un poco tardía así que supuso que no habría jornaleros volviendo a casa ni nadie que le sorprendiera. Estaba bastante perdido en la espesura. Se sentó en una roca que tenía un lateral ennegrecido por el fuego. Posiblemente los eventuales viajeros aprovechaban aquel claro para acampar y, ahora que lo pensaba, no era del todo mala idea. Con cautela sacó el envoltorio de cuero flexible que tenía aprisionado contra el espaldar de la mochila y lo desplegó. El mapa se desplegó con él, crujiendo ominosamente.

Riss colocó la brújula sobre el mapa como Resmur le había enseñado. Incluso murmuró la fórmula mágica, aunque en el fondo de su alma creyera que el viejo se lo había inventado. La brújula seguía indicando el oeste.

Oeste, a través del Bosque de Fannor. Oeste, más allá de la antigua ciudad de Thisnis

Decían que había cientos de tipos de muertos en el oeste. Que había algunos que eran cruelmente retorcidos y otros que estaban simplemente locos. Decían que algunos estaban hambrientos y dejaban a los aventureros reducidos a huesos quebrados.

Decían que había algunos que asumían tu forma y volvían para procurarte una muerte pública e infame. Decían que algunos encerraban tu alma en una antorcha y ocupaban tu cuerpo para disfrutarlo, para llevarlo al límite y dejarlo destrozado a un lado del camino.

Decían que algunos se metían en tu mente y te hacían experimentar lo que desearan. Algunos te hacían creer que salías airoso y proseguías tu viaje. Otros te sumergían en un infierno de locura o dolor. Algunos te daban aquello que deseas en el fondo de tu alma. Placer. Amor. Victoria…Mientras tanto disfrutaban de ver tu cuerpo ceder, deteriorarse y morir.

No conocía a nadie que hubiera vuelto de un viaje al oeste. Incluso Cobarde Pete, que había dado la vuelta  poco después de superar Thisnis, se había perdido en las tierras de los muertos. Decían que ahora Cobarde Pete no dormía porque los muertos aullaban en sus oídos. Algunos decían incluso que el día que Cobarde Pete se uniera a ellos, se convertiría en un portal y los muertos ya no estarían confinados en sus ciudades. Decían que Cobarde Pete no había vuelto en realidad.

Riss guardó el mapa en silencio, sintiendo el frio del miedo calarle hasta los huesos. Se marchaba al oeste. Aunque se sintiera vacío y aterrorizado. Aunque al oeste estuvieran las ciudades de los muertos.

Bosque

bosque

No quiero llorar.

Se lo iba repitiendo una y otra vez mientras corría casi a ciegas.

No quiero llorar. No quiero llorar.

No necesitaba ver. Conocía el camino que seguía tan bien que podría hacerlo dormida.

No quiero llorar. No quiero llorar. No quiero llorar.

Apoyó sus manos en el tronco del árbol, exhausta  y agradecida, dejando que él se llevara su miedo, su angustia, su frustración. Siempre se sentía mejor allí, permitiéndose vaciarse de emociones enraizada con aquel roble centenario. El roble le ayudaría a no llorar.

Poco a poco recuperó el control de si misma. Volvió a ver al mirada de asombro y horror de Ana. Su última mirada.

No le gustaba Ana. Aquella era la verdad. No le gustaba. Habría podido ser muchas cosas. Cosas maravillosas. Una confidente. Una buena amiga. Una compañera de alma. Quién sabía. Lo tenía todo, todo lo que a Sofia le gustaba pensar que hacía a las personas buenas. Era alegre y enérgica. Tenía una sonrisa abierta que abarcaba todo su ser. Era inteligente, despierta. Era bonita sin parecer tomarse molestias por ello.  Tenía una voz armónica.

También era la persona que se había dedicado a molestar a Sofía desde siempre. La que la dejaba siempre fuera. Por la que otros la dejaban siempre fuera. La que se inventaba las pequeñas historias que hacían que la gente cuchicheara a su paso. La primera en reírse de los pequeños gestos crueles.

No, no le gustaba Ana. Y le gustaban los alerces. Los alerces, que lo resisten todo, que lo aguantan todo aunque parezca que se pliegan al invierno entrando en una muerte aparente. El cambio habría sido un honor para Ana… si no fuera por aquella mirada de horror lúcido mientras su  cuerpo se abría ante la madera que surgía de su interior conectando cielo e infierno.

De lo que huía Sofía era de aquella mirada.  Ahora, sentada bajo su roble favorito, aquella mirada perdía brillo en su mente. Se volvía más y más pequeña.

Se levantó decidida. Tenía que volver. Hablar con Ana Alerce. Sí. Ese sería su nombre a partir de ahora. Ana Alerce. Había mucho que tenía que explicarle. Qué había pasado. Y por qué. Cosas que aún debía decirse a sí misma.

Estaba de pie frente a frente con Ana, de nuevo. Seguía siendo hermosa. Sus hojas se movían como una risa alegre, completa. El rincón del parque frente al instituto en el que se encontraba era demasiado apartado para ella, tal vez. Ana prefería estar en los lugares de paso, donde pudiera estar en el centro de todo. Pero aquel lugar era perfecto para Ana Alerce. Era el lugar donde Ana Alerce podría vivir  una eternidad  siendo algo trascendente. Lo había sentido incluso desde lejos. Ana no era gran cosa, pero Ana Alerce era algo grande, algo sagrado. Si, algo transcendente.

Sofía acarició la corteza suavemente con la yema de los dedos. El proceso tal vez no había sido el más agradable, pero lo que había hecho era bueno. Muy bueno.
Cerró los ojos y plantó con firmeza la mano sobre el tronco de Ana Alerce. Toda la mezquindad, todo el orgullo, todo el odio había desaparecido. Ana Alerce era un árbol que vivía en paz. Había transmutado un ser malvado en un ser magnífico. Un premio. Un regalo. Y lo había hecho Sofía.

Recordaba haber sentido rabia, Recordaba haber sido consciente de que Ana no merecía su existencia. De que el mundo no se merecía a alguien como Ana. Y recordaba la compasión. Porque había habido mucha compasión. No deseaba que Ana dejara de existir, deseaba que Ana fuera mejor.  Sonrió. Sonrió porque de pronto supo que podía repetirlo.

Se sentó entre las raíces de Ana Alerce, gloriosa, sonriente, imbuida de su propia santidad. Podía repetirlo. Y lo haría. Sería su regalo al mundo. Su regalo a las personas que lo merecieran. Transmutaría con su compasión  a cada persona ruin, a cada pequeo cáncer de la sociedad. Pero también con su amor haría eternos a aquellos cuya esencia fuera magnífica. Sólo quedarían los mediocres, la morralla de la humanidad, para regocijarse del nuevo mundo que crearía.

Cuando Sofía se levantó, era una nueva Sofía. Una Sofía que no iba a llorar nunca más.  Una Sofía con una misión, con un destino, con un sentido. Una Sofía poderosa. Una Sofía feliz. Tan feliz que, por primera vez no se dio cuenta de que había alguien observándola.

Curiosamente ese alguien respondía al nombre de Uriel, el fuego de Dios.

Uriel era un joven callado y observador, meticuloso  y constante. El tipo de persona que hace un buen trabajo detectando y destruyendo la amenaza de lo sobrenatural. Le llamaban cazador de brujas, exorcista, purificador.

El alerce bajo el que se sentaba aquella chica menuda podría haber pasado desapercibido a cualquiera menos atento. Pero Uriel sabía que ayer allí no había ningún árbol. No había más árboles nuevos en los alrededores. La tierra no parecía removida. Así que esperó. Cuando la chica se marchó, se acercó al árbol para examinarlo a fondo. Fue rodeándolo, fijándose en cada detalle.  Había un jirón de tela enganchado en una rama. Demasiado alto. En el suelo  un objeto negro, lustroso, estaba atrapado entre las raíces.  Lo movió un poco y pensó que podría desenterrarlo así que tiró de él. La madera cedió con un crujido dejando en su mano un zapato de mujer. El cuero negro estaba deformado por la presión en el talón, pero estallado en el empeine, y las manchas de sangre eran evidentes.

Uriel no pudo reprimir un escalofrío, pero se guardó el zapato. Decidió seguir a la chica.

Apretó el paso cuando oyó el crujir violento de la madera.

Sofía se sentía contrariada. Había encontrado a Raquel y Manuel, juntos como siempre. Una pareja peligrosa. Sus celos, sus peleas, sus ganas de hacer el mal… Eran los candidatos perfectos para ser purificados y elevados. Y lo había hecho. Con todo su amor. Le había costado ser compasiva y amarlos. Y ellos no lo habían apreciado.  Manuel incluso había intentado gritar.

Ahora eran un olmo y un fresno magníficos, con sus ramas enredadas. Un abrazo eterno. Deberían haber sido felices. Pero se habían retorcido sobre si mismos.  Él llorando de  espanto, alimentando sus propias raíces mientras las ramas afiladas crecían de sus mejillas. Ella, más reactiva, más complaciente, se rasgaba con las uñas la carne para ayudar en su transformación, pero su mirada era de ira.

Si no se sintiera tan pletórica, tan bendita, se habría sentido auténticamente molesta.
Tal vez se estaba equivocando.  Aunque limpiar la tierra era bueno, igual debería reservar la ascensión arbórea para aquellos lo suficientemente grandes de espíritu como para comprender y agradecer.  Estaría más atenta. Tenía una vida para hacer del mundo un bosque.

La melena clara de la chica desaparecía por la esquina cuando Uriel vio los árboles hermanos, enredados entre sí y retorcidos, con sangre fresca resbalando aún sobre sus cortezas como savia roja. El viento hacía ondear trozos de tela salpicados de bermejo y marrón en las ramas. Había tenido mucha suerte al elegir su primer objetivo a investigar. Aquella chica sabía algo.

Sofía caminaba deprisa. En su mente repasaba una y otra vez las características que buscaría en los dignos. Debían ser inocentes. Debían transmitir bondad. Debían de ser atentos, pero también ser abiertos de mente. Debían valorar lo que les rodeaba con ilusión, incluso con maravilla. Sofía no era así. Y no conocía a nadie que respondiera a ese perfil. Cuanto más lo pensaba más se desesperaba. Y cuanto más se desesperaba, más rápido caminaba.

Le frenó un tirón de la  chaqueta. Se lo daba una manita infantil, iluminada por unos ojos de chocolate y luz. Era una niña preciosa de abundante cabellera dorada que le ofrecía su diadema. Y lo supo. Sólo tendría cinco años, pero aquella niña era perfecta.

Se puso la diadema y le pidió a la pequeña que la acompañara. La tomo de la mano y la llevó a los límites del parque del río, donde empezaba a ser el campo salvaje que debía ser. La niña miraba a su alrededor. Su voz se quebró en una risa armoniosa cuando vio dos mariposas bailar juntas sobre las aguas. El mundo le había regalado a aquella niña, Sofía estaba segura.

No recordaba qué le había dicho, pero sí que recordaba haberla amado con todo su corazón por un momento. Le había acariciado el pelo, y en algún momento la pequeña había cerrado sus ojos. Y había comenzado a cambiar. Se había arqueado hacia atrás, dejando que la madera creciese en varios troncos unidos, como si quisiera ser de pronto las muchas personas que podría haber sido al crecer. Su piel se había vuelto corteza incluso antes de abrirse y perder su forma infantil. Y de sus labios abiertos solo había salido el murmullo de las hojas. Ahora era un laurel de ramas fuertes y flexibles.

Uriel estaba horrorizado. Hasta ese momento creía que la chica era solamente un posible testigo. Pero era un verdugo. Había estado a punto de caer al suelo mientras veía cómo las ramas de un árbol crecían a través del cuerpecillo de una chica de parvulario. Cómo sus órganos estallaban al no poder contener la fuerza de la madera. Cómo las raíces atravesaban la piel de sus piernas para anclarla en la tierra.

Uriel corrió. Y mientras corría hacia aquella bruja de los árboles sacó el cuchillo que llevaba siempre oculto. Una daga simetrica con un filo de plata y otro de hierro frío, bendita tres veces. Una daga creada para cortar cualquier magia y matar cualquier ser.

No quiero morir

Sofía había visto a aquel chico correr hacia ella cuchillo en mano, con la mirada de un cazador fija en ella. Y había hecho lo único que podía: correr.

No quiero morir. No quiero morir.

Estaba en el bosque. En su bosque. Conocía el bosque. Y sabía que sus pasos le llevaban a los pies de su roble. Su refugio. Aunque no sirviera de nada.

No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir.

Sofía estaba atrapada contra el tronco de su roble mientras aquel muchacho, aquel chico–lobo y su cuchillo, se acercaban. Estaba aterrada. Si aquel chico fuera un árbol… Si fuera un árbol, ¿qué sería? ¿Podría ser compasiva con él? ¿Podría amarlo, aunque estuviera decidido a darle muerte? En sus ojos encontró la respuesta. Sí, había algo magnífico en su enemigo.

Lo intentó. Abrió su corazón y lo unió a la parte maravillosa de la persona que tenía delante. Pero él hizo un gesto con su cuchillo, y el lazo tendido entre ellos se cortó.

–Tu magia no funcionará, bruja –dijo él con la voz de quien está completamente seguro. –Si tienes dioses a los que rezar, hazlo ahora.

El cuchillo rozaba ya el cuello de la chica cuando una mano nudosa le obligó a soltarlo. Un hombre fibroso se había materializado entre la bruja y él. Su pelo era de un marrón ligeramente verdoso y su piel morena parecía suave y rugosa al tiempo. Miraba con ojos oscuros como huecos acuosos, impasible pero decidido.  Era imposible determinar su edad y cuando abrió sus labios cuarteados su voz sonó como un crujido de madera seca.

–Ella es mía, leñador. Mía como lo es mi bellota. La he hecho crecer. La he alimentado. Es mía, y no la separarás de mí.

Soltó la mano de Uriel, y se giró hacia Sofía. Acarició su mejilla con un dedo ramoso y con ese simple gesto la piel de la joven cedió con un sonido húmedo. Sofía estaba cambiando, y mientras cambiaba, abrazaba a aquel ser como un niño busca a su madre.

Uriel miraba ante sí con lágrimas anegando sus ojos. Y lo que veía era un roble centenario sobre el que crecía una espesa hiedra. Una hiedra verde y roja que tenía enredados entre sus hojas retazos de tela manchados de sangre.

 

 

Espectro en la noche

espectroenlanoche

Se incorporó alerta en medio de un sueño. La llamada era demasiado lejana para asistir, pero también desesperada. Se dejó caer sobre el colchón con un suspiro. Espectro Nocturno tendría que prestar su ayuda….a su manera

*    *    *

El Margay desplegó silenciosamente sus drones led para traer a la luz cada uno de los rincones del almacén abandonado. Apostado en una viga del techo observó a sus rivales aquella noches, siluetas informes de los deshecho de la sociedad. Ahora mismo monstruos. Seguramente un puñado de delincuentes comunes por cada uno de los tres peces gordos del crimen organizado de la ciudad. O ese era el rastro que había seguido. Esperó a que cada uno de los aparatos estuviera colocado, escrutando los movimientos del exterior que revelaban las luces del puerto a través de un ventanal sucio. Él era la silueta moteada en las alturas,  un camuflaje casi perfecto. La penumbra era su territorio.

En el suelo, las figuras se posicionaron y cerraron las puertas. La oscuridad se extendió. El Margay soltó el aire que estaba conteniendo mientras apretaba el botón que activaba las luces de los drones.

Y la luz se hizo.

El Margay saltó entre sus ahora perfectamente nítidos contrincantes. Muchos pares de ojos le miraron, helados. Y entonces oyó un chasquido, y con un parpadeo las luces se apagaron. Todas las luces.

El Margay huyó.

No huyó como huyen los héroes, de forma estratégica y calculada. No se esfumó en el silencio, no se fundió con su entorno. Corrió. Corrió con los ojos cerrados, los puños apretados y la cabeza gacha. Corrió hasta que chocó con montones de cajas. Una. Dos. Tres veces. Se deslizó y quedó parapetado tras un montón de restos de cajas de madera rotas. Estaba mareado. La presión en el pecho no le permitía coger aire. Su cara estaba cubierta por un sudor helado.

— Margay. —Le llegó en un susurro. Un escalofrío le recorrió la espalda hasta atenazarle el vientre. –Tranquilo Margay, soy Espectro Nocturno.

Espectro Nocturno: telépata poderosa y luchadora tenaz, sombra en la noche. Una aliada casual.

—Gracias al Todo que estás aquí —pensó Margay.

—No estoy aquí. –La voz de Espectro sonó divertida. Le encantaba su poder, y se notaba. – Estoy muy lejos, Margay. Pero tu terror es tan fuerte que habría convocado a cualquier psíquico de rango 3 en kilómetros a la redonda. Y yo no soy un rango 3.

—No tengo miedo –se repitió El Margay. Y sonaba casi como un mantra.

—No te lo estás creyendo ni tú, imagina si me lo voy a creer yo. Puedo paladearlo, Margay. Se lo que sientes, y no me va a costar nada saber por qué si no me lo quieres decir. Pero ¿sabes qué? Estás es problemas, y  vengo a ofrecerte mi ayuda. La que puedo darte. La que quiero darte. Sin quejas. Lo tomas o lo dejas.

La angustia de El Margay se le acumulaba en los senos nasales, amenazando con moqueos y lágrimas. También en la vejiga.

—Lo que sea, Espectro. Lo que sea. Pero ya.

El Margay escuchó la risa musical de Espectro Nocturno en su mente. Esa risa era la pesadilla de muchos, y ahora entendía por qué. Fluía ligera como el vuelo de una mariposa. Una mariposa que sabía cosas que tú no.

La mariposa se materializó frente a él. Era oscura. Y podía verlo perfectamente porque estaba en una extensión interminable de luz blanca.

El Margay se quedó mirando la mariposa, esperando que se transmutara en Espectro Nocturno. Como no pasaba nada, intento poner concentración en que ese cambio se diera. La risa de Espectro llegó desde su espalda. Incluso en este plano sus ojos brillaban divertidos. El Margay sabía que Espectro usaba su poder para hacer que la gente la viera de una forma concreta: una mujer de pelo plateado y ojos granate enfundada en un traje negro que se las arreglaba para ser ceñido y opaco como el cuero pero vaporoso y sutil como una gasa. Esa era su mejor máscara. Mientras fuera Espectro Nocturno, nadie vería su verdadero aspecto.  Y, mientras se la viera, nadie se preguntaría nada pues era de una belleza subyugante.

El Margay se irguió y procuró mostrar una pose lo más heroica posible. Aunque ella simplemente supiera, él siempre tendría esa necesidad de dotar a su uniforme moteado y felino un mínimo de dignidad.

— ¿Esto es tu mente o la mía? –le preguntó a la heroína mientras miraba a su alrededor.

—Eso da lo mismo. Tu mente, la mía o un lugar específico creado sólo para este momento. –Su voz era dulce, tranquilizadora de un modo casi anestésico. –Para tu tranquilidad te diré que estás fuera del espacio, pero sobre todo del tiempo. Cuando cerremos este lugar, estarás dónde estabas y en el tiempo en el que estabas. Oficialmente será como si no hubiera pasado. Así que considera esto  como un impasse lúdico.

Hubo algo en ese “lúdico” que hizo a El Margay preocuparse de veras.

—Ahora me iré, Margay. Te dejo aquí jugando a un pequeño juego. Cuando acabes, este lugar se cerrará. Nunca antes. Tampoco después. Esta es la ayuda que necesitas. – Mientras decía esto, se desvaneció. —Que no me entere que te quejas – apostilló su voz cada vez lejana.

El Margay soltó un pequeño bufido. Estaba metido en una ratonera. Llana, blanca y grande hasta donde alcazaba la vista en todas las direcciones. Una ratonera extraordinariamente grande e iluminada, pero una ratonera al fin y al cabo.  A sus pies vio una piedra del tamaño de un puño. Un puño pequeño en realidad; el puño de alguien de unos cinco años. Era negra y estaba manchada con cristalizaciones blancas. El Margay la cogió entre sus manos.

En ese momento la luz se apagó. El Margay estaba perdido en una negritud total. Sin testigos. Y se quedo helado. Cuando pudo darse cuenta, respiraba con dificultad y todo él era un latido desbocado.  Apretó los puños con fuerza, intentando de encontrar algún tipo de control.

La luz volvió.

El Margay miró la piedra que aún mantenía en sus manos. Un botón del pánico. Espectro Nocturno le había dejado en una ratonera con un botón del pánico. Era un alivio saber que no era su enemiga.

En cuanto recuperó el pulso, la luz volvió a apagarse. Esta vez El Margay tardó algo más en perder el control y apretar con fuerza la piedra. Entendió qué tenía que hacer: resistir, demostrarse que podía resistir.

Perdió la cuenta de las veces que la luz vino y se  fue. En algún momento de entre la oscuridad comenzaron a surgir cosas. Objetos, máquinas automáticas, enemigos, animales… y también amigos o aliados. Casi sin darse cuenta, El Margay luchaba por el bien en la oscuridad como lo habría hecho en la luz. Tenía miedo. Pero no más miedo que rodeado de enemigos armados.

Volvía a estar apostado tras las cajas rotas, en el almacén. Rodeado de enemigos que farfullaban confusos. Acarició la piedra con el pulgar, sonriendo en la negrura por primera vez desde que tenía memoria. Aguzó el oído y se lanzó al ataque.

*    *    *

Aparté un rizo castaño de su pequeña frente mientras ella me miraba entusiasmada, sentada en mis rodillas

—¿Entiendes ahora por qué no hay que temer a la oscuridad, Elisa? No hay en ella nada que no puedas enfrentar.

Ella juntó un momento sus pequeñas cejas perfectas, pensativa.

—Si –respondió. –Tío Henry, ¿cómo sabes tanto de El Margay? –me dijo, intentando posponer el momento de ir a la cama.

Sonreí divertido. Elisa era muy lista para tener cuatro años.

—Oh –le dije–. Eso es porque soy un gran experto en él. Muy poca gente le conoce mejor que yo.

Apoyada en el dintel de la puerta la madre de Elisa soltó una pequeña risita. Sus ojos grises brillaron por un momento de color granate.

Margaritas

margaritas

La curva del vaso de margaritas parece suave, pero cuando te lo llevas a los labios es fría y cortante.  Igual que yo.  Por eso los bordes de los vasos, al hacer un cóctel, se endulzan o se salan. Para evitar el hielo, el cristal. Por eso busco a cada segundo la alquimia que me transforme, que haga néctar las partes punzantes de mi. Por eso estoy aquí, esta noche igual a todas las demás noches. Por la esperanza nunca alcanzada.

Ahora que me fijo, el borde de mi vaso de margarita no está decorado. Qué camarero más desconsiderado.

Deslizo la mirada por toda la barra del bar, con su luz cálida y sus solitarios acodados,  depredadores y seres depredados. Seres aislados, buscando llenarse, vaciarse  o ambas cosas al tiempo. Los que se sienten vacíos miran sus copas. Los que se sienten pletóricos miran hacia la pista, a su alrededor; también hacia mí, con miradas que miden y evalúan. No podrían ser más insignificantes. No podrían estar más huecos.

Me vuelvo para mirar la pista. Allí están los exultantes, los vivaces, los alegres. Los que están para divertirse. Las presas inconscientes, pero también los libres.

Y allí está ella. No sé cómo no la he presentido antes. Es toda energía.  Una fuerza salvaje, fresca. Maravillosa. Baila entre risas con los ojos cerrados, entregándose al momento. Su melena rizada se mueve como las ramas de un sauce al viento y acaricia su espalda desnuda rítmicamente.  Abre los ojos y nuestras miradas se cruzan. Enfrentamos la profundidad luminosa de sus ojos oscuros con la falsa transparencia de mi mirada azul. Y así, trabadas en nuestro mutuo duelo, una sonrisa estalla en sus iris y desciende a sus labios llenos.

Mi corazón redobla su marcha cuando ella baja los párpados con lentitud y cambia el ritmo de su baile. Alza sus brazos gráciles y con un suave movimiento ya ha capturado mi aliento, que escapa a ella tendiendo un puente entre nuestros cuerpos.  Mientras, me muestra poco a poco todos esos rincones perdidos en los que deseo posar mis labios.

Sin embargo los ocupo en mi copa un momento, justo antes de abandolarla a un lado. La música para y ella se acerca a mi. Su caminar es elástico, potente, y me permite admirar el magnífico contraste de la curva de su cadera y la de su cintura. Un escalofrío de anticipación recorre mi espalda y puedo jurar que un pequeño suspiro escapa de mis labios entreabiertos.

Con una risita se cuela a mi lado, y yo  la saludo con mi mejor sonrisa, tentadora. Siento  que mi piel aunque siga pareciendo nívea, ha tomado un ligero tono rosado. Ella se acerca y me susurra al oído. El calor de su aliento y el roce de sus cabellos en mi cuello me hacen estremecer y casi sin notarlo la rodeo con un brazo disfrutando de su calor.

Pícara, ella apoya un pie en mi taburete y se aúpa para quedar sentada sobre la barra. Su zapato cae al suelo, ahogando todos los demás sonidos. Acaricia con su pie mi pierna mientras me mira a los ojos, y sólo deseo que la distancia entre nosotras desaparezca. Tiendo mi mano hacia su cadera y ella me la atrapa, tirando de mi hasta auparme a la barra.

Su manos son gráciles y también expertas. Me acaricia el cuello y el hombro, haciendo que mi vestido se deslice con un susurro hasta la cadera. Yo acerco mi rostro al suyo, aspirando su aroma y depositando el primer roce de mis labios en el hueco entre su hombro y su clavícula. Su piel me responde erizándose y sonrío mientras recorro su espalda con mis dedos.

Ella se separa. Resplandece. Es la única luz viva del lugar. Su caricia acaba en mis manos, y juntas nos ponemos de pie. El sonido de mi vestido cayendo sobre la madera y nuestras respiraciones alteradas llenan el bar.

Dibuja la línea de mi mandíbula con un dedo mientras se acerca lentamente, y al fin llega. El roce aterciopelado y húmedo de sus labios en los míos. Delicada pero potente, ha vuelto a robarme la respiración y la voluntad. Entreabro mis labios y busco su lengua fresca, ávida. Y noto el latigazo del placer recorrer mi columna.

Poso mi palma en la parte baja de su espalda y la atraigo hacia mí, obligándola con suavidad a arquearse. Su respuesta es un breve gemido sorprendido que muere en el pequeño espacio entre nuestras bocas.

Noto que suelta mi sujetador con una mano mientras la otra avanza sobre mis costillas para recoger el volumen de mis senos llenos. Yo llevo mis manos por sus costados hasta rozar con mi pulgar uno de sus pezones que se intuyen bajo la tela de su top. Su gemido, esta vez abierto, me incita a explorar con la otra mano la suavidad del muslo que oculta su falda.

Sus prendas caen alrededor como la hojas de otoño y acompañan a las mías con rapidez. Estiro del lazo que anuda su tanga, mostrándola al fin gloriosa, magnífica, entera. Suspiro de deseo. Ella desliza sus dedos por mis caderas liberándome de la última tela que nos separaba. Acompaña la prenda hasta el suelo, besando mi vientre en su bajada, desatando oleadas de placer.

Acaricio su nuca, haciendo que ella entrecierre los ojos, y bajo a su altura para seguir disfrutando de todos los secretos de su calidez.

Y enredadas reímos, henchidas de deseo y de poder. Beso en su sien el nacimiento de uno de sus cuernos dorados mientras despliego con placer mis alas feéricas.
Pobres efímeros humanos, que han abandonado su esencia para entregárnosla  en éste altar de nuestro amor.

Carillón

carrillon

Los gritos la ensordecen.

Las fiestas se parecen demasiado a un escenario de guerra. El suelo lleno de restos; lodo gris, trozos amorfos de cosas que tal vez tuvieron una vida completa e indudables restos biológicos. Agudos chillidos, bramidos graves y sirenas de alerta. Las grandes fiestas son como las guerras.

El viento frio sacude su cuerpo, doliendo cada articulación. Y maldice el momento ya olvidado en el que decidió llevar ese vaporoso vestido a caballo entre la gala y el cóctel.  Se ve empujada de aquí a allá por cuerpos ajenos, manos ajenas, risas ajenas, olores ajenos. No recuerda por qué está allí. No recuerda cómo. No recuerda quién.

De entre los dedos se le escurre una copa de cava, vacía. Se encoge esperando un sonido de cristales que nunca se producirá. Una campanada.

Suspira. Levanta la vista y alguien le sonríe con auténtica simpatía, con algo de conmiseración. Sabe que debe dar pena.  Está sola. Siempre está sola. Segunda campanada.

Le ofrecen una nueva copa de cava. Ella acepta con una sonrisa pintada. No tiene nada mejor que hacer mientras intenta moverse por la plaza. Tercera campanada.

Un empujón por la espalda la hace trastabillar. Su nueva copa acaba en el cementerio de sus congéneres, a sus pies.  No le molesta, no siente sed. No siente nada salvo el frio y la soledad. Cuarta campanada.

La toman de la mano, felices. Asumen que ella también está bailando. Se deja arrastrar por pasos que no conoce hacia las afueras de la plaza. Las manos son cálidas, fuertes, húmedas. Quinta campanada.

El estruendo de unos fuegos artificiales de contrabando. El silencio ominoso por unos segundos. Igual que en la guerra. Le dan un matasuegras plateado que refleja las luces de colores que proyectan las ventanas. Sexta campanada.

Se abre un hueco en la multitud y le ve. Es él. Su perfil. Su pelo. Al fin. Intenta acercarse, pero la multitud se lo impide una y otra vez. Está atrapada en un asfixiante laberinto de carne. Séptima campanada.

Alguien le coge por la cintura y le obliga a girarse. Un beso por sorpresa, lascivo, indeseado y asqueroso. Una pareja se aleja riendo, orgullosos de sí mismos. Nunca sabrá si fue él o ella. Octava campanada.

Lo ha perdido.  Intenta correr. Intenta saltar. Es imposible.  Da vueltas sobre si misma, pero él ya no está.  El segundo adecuado ha pasado. Un año más. Novena campanada.

Aguanta la respiración. Evita que su decepción cuaje en lágrimas. Aprieta los puños destrozando el matasuegras. Decide volver a casa. Décima campanada.

Grupos felices le hablan, sonrientes hasta la estulticia. El aliento alcohólico se le pega a la cara, al pelo.  Su sonrisa sigue pintada en su cara, incapaz de responder de forma alguna. Cada vez más fría. Cada vez más rígida. Undécima campanada.

Llega a su casa. Todo oscuro, como cualquier otra noche. El espacio tan helado como la calle, desierto, muerto. Duodécima campanada.

En el suelo, un matasuegras color plata, abollado, brilla a la luna.
Y ella vuelve a saludar como la figura de carillón que es.

El testamento de Ilya

Hace mucho tiempo, tuve nombre. Me llamaban Ilia. Yo era Rhea Silvia. Ahora soy el susurro del llanto en una gruta.

Hace mucho tiempo fui la joven hija del rey de esta tierra. Era una niña hermosa y feliz.

Entonces, mi tio accedió al trono. Mi padre murió, y también mi hermano. Me quedé sola con mi tio. Y él decidió que no soportaba ver mi rostro.

Un día de verano, vino al palacio una mujer vestida de blanco. Aunque era la primera vez que la veía, yo sabía quien era. Era una mujer santa. Una sacerdotisa de Vesta.

Mi tio nos dejó solas, y la vestal me tomó de las manos. Me dijo que por voluntad de la Diosa, me habían capturado.

A partir de aquel momento, comenzó mi nueva vida. Dejé atrás mi vida como Ilia, la niña, la princesa. Dejé atrás mis vestidos infantiles, mis juguetes y todas mis posesiones. Me llevaron al templo de la Diosa, me purificaron y me impusieron las ropas de las sirvientas de Vesta, la toga recta de las novias y la toga de las matronas, en tela blanca. Así, me volví una vestal más. Una esposa del fuego, dama sagrada y protectora del pueblo.

Me educaron, tal y como se hace con las mujeres sagradas, en todos los misterios de la Diosa y en todas las tareas sagradas que nos encomendaba.

Encontré la felicidad en esta nueva vida. Preparaba con regocijo los aceites y especias sagrados para los sacrificios, y llevaba con orgullo mi condición de esposa de la ciudad, de virgen sagrada.

Pasó el tiempo, y yo adopté en esta vida mi nuevo nombre, Rhea Silvia. Me había convertido en una mujer hermosa como una reina. Envidiada y deseada por partes iguales. Pero siempre respetada.

Llegó la primavera. Era el mediodía y decidí salir a pasear cerca de la loma principal de la ciudad. Entonces era joven, tal vez descuidada. Me senté a descansar bajo la sombra de un árbol. La brisa movía las ramas que proyectaban la sombra de sus hojas sobre todos los objetos que había alrededor. Dotaban de una ilusión de vida a una estatua de Marte preciosamente elaborada que alguien colocó hacia mucho tiempo.

No sé como, me quedé dormida. Soñé con Marte. En toda su gloria y belleza, surgía de su propia estatua, se acercaba a mi y me hablaba. Después, sin yo poder hacer nada, me tomaba. Antes de desaparecer me dijo “Tus descendientes serán la gloria del pueblo y del mundo”.

Me desperté totalmente segura de que aquello no había sido un sueño. Turbada, muy asustada, volví al templo corriendo y oré con todas mis fuerzas a la Diosa. Pero ella no me respondió.

Al poco tiempo mis temores se vieron ratificados. Estaba embarazada.

Use mis derechos como vestal por última vez en mi vida. Convoqué a las ancianas del templo y a los poderes de la ciudad. Cuando todos estuvieron reunidos, expuse mi caso. Confiaba en la buena voluntad de aquellos a los que había servido durante tanto tiempo.

Cuando les hable de Marte y mi sueño, no me creyeron. Muchas fueron las voces entre mis compañeras vestales y sobre todo, entre los hombres de la ciudad que me acusaron de ser una pérfida. Para ellos lo único cierto era mi embarazo, la prueba definitiva de que había roto mi voto como vestal. Había mancillado no solo mi honor, si no el de la ciudad.

Allí mismo me acusaron de vivir como una loba, de ser una ramera y una traidora. Algunas de mis compañeras, llenas de rabia, me atacaron. Me golpearon. Estiraron de mi pelo y rasgaron mis ropas. Me dejaron condenada como una mujer sin nombre ni origen, como una simple prostituta, en el centro del círculo de venerables.

Yo solamente lloraba. Rogando a la Diosa a la que había dedicado mi existencia y maldiciendo a aquel que había manchado mi alma y destruido mi vida. Pero ninguno de ellos, ni ninguna otra divinidad escucho mis lamentos.

Tampoco lo hizo mi tio. Él se limitó a asentir y observar la escena. En aquel momento él era un hombre anciano y triste. Algún hado oscuro había hecho un nido sobre su lecho, y no había conseguido tener un solo hijo. Yo era el único pariente que le quedaba. Aún así, no tuvo ningún problema en sellar mi muerte como único castigo posible ante mi delito.

Me hicieron caminar casi desnuda y ya condenada ante el pueblo, al que le contaron que había violado mis votos sagrados. Las gentes a las que tanto había amado y ayudado y que tanto me habían querido ahora me insultaban, me lanzaban objetos y me escupían. De este modo me llevaron a las mazmorras de la ciudad.

Pasé mis horas de encierro rogando a todos los dioses. No recuerdo ya lo que llegué a ofrecerles por mi vida, por la vida del niño que llevaba dentro. Nada ocurrió. Ningún Dios vino en mi ayuda.

Pero, a los pocos días, recibí la visita de mi Suma Sacerdotisa. Ella era la mujer que me captó para las vestales, mi maestra, mi amiga durante muchos años. Su nombre era Roma. Al contrario que muchas otras vestales, ella no estaba enfadada conmigo. De algún modo, había decidido creerme. “El corazón del rey se ha movido” – me dijo. “No morirás hasta que des a luz. Entonces, tú serás ejecutada como traidora. Tu hijo será puesto en manos de los Dioses. Lo entregarán al río, y si sobrevive o no, ya no será una decisión humana.”

Ella me cogió de la mano, que temblaba desconsoladamente ante la perspectiva de la muerte de ambos, la mía y la de mi hijo. “No te preocupes”, – me dijo con cariño.  “Siendo progenie de los dioses, no es posible que le dejen morir tan fácilmente.” Y dicho esto, me volvió a dejar sola.

No negaré que gran parte del tiempo que pasé en la celda, lo pase odiando a la ciudad que me había dado la espalda. A todos los hombres que habiéndome deseado en secreto, prefirieron tratarme como a una ramera antes que creerme. Odié a los dioses, a todos. Especialmente al que me había arruinado. Durante mucho tiempo después seguí odiándolos.

Al cabo de un tiempo, di a luz. Aquel fue un momento feliz para mi, aunque implicaba el final de mi vida. Tuve dos bebés preciosos. Dos varones gemelos. Magníficos como dioses recién nacidos.

Casi inmediatamente me quitaron a mis pequeños de mis brazos. Me hicieron levantarme, y aún sangrando, me sacaron de la celda y me hicieron caminar hasta el río.

Justo delante de mí, caminaba un guerrero, con las enseñas de la ciudad, que llevaba a mis niños en un cesto mal fabricado. Me obligaron a ver como los entregaban a las frias aguas del río.

Entonces los soldados que me custodiaban me hicieron caminar más allá del río, en lugar de volver a la ciudad. No me dijeron ni una sola palabra.

Llegamos a una cueva a los pies de la montaña. Me hicieron entrar en ella, y entonces bloquearon la entrada. Los oí alejarse de allí mientras cantaban para no escuchar mis gritos desde el interior.

Después de eso, no podría decir cuánto tiempo pasó, pero recibí por fin la respuesta a alguna de mis plegarias, y una Diosa apareció ante mí. Afrodita, llena de belleza y bondad. Con ella trajo estas herramientas de escritura, para que mi historia no sea olvidada. Y con ella trajo noticias de mis hijos, y de sus hijos. Rómulo y Remo les llamaron, y con el tiempo, refundaron la ciudad, llamándola Roma, por amor a la mujer que mejor les cuidó. Con el tiempo, la ciudad pasó a ser un imperio, y nuestra lengua se extendió por todas partes.

Hoy, ya nada queda como estaba. El tiempo ha pasado. Y lo que queda aquí soy yo. Esta voz en las grutas que ha aprendido a dejar atrás el odio y la rabia. Una sierva de los dioses, como tantas otras, elevando eternamente sus plegarias.


Para Vaelia, que me recordó este escrito de la forma más mágica, coincidentemente.