Una costa lejana. Detectives y asesinos de la roma bajoimperial

Poder aunar en una sola novela dos de los géneros que me gustan más (policiaca e histórica) es algo que no se encuentra a menudo. Que a demás el resultado sea satisfactorio es aún más raro. Por eso esta novedad de Mayo de la editorial Pamies me llamó tanto la atención y por eso la leí con tanto gusto.
una-costa-lejana-ficha[3].jpgAño 272. En Rodas el segundo al mando del Servicio de Seguridad Imperial de Roma es asesinado. El agente imperial Casio Córbulo se encargará de la investigación del crimen acompañado por su guardaespaldas, un exgladiador llamado Indavara,y su esclavo personal, Simo. La persecución le obligará a embarcarse en una peligrosa travesía marítima junto a un contrabandista cartaginés y la hija mayor del fallecido hasta una de las costas más alejadas, desconocidas y peligrosas de todo el imperio.

Como ya he comentado, se puede mirar esta novela de dos maneras: como una novela histórica con una trama de misterio o como una novela negra con una ambientación histórica.

En lo que respecta al misterio, es una novela muy bien construida. Si bien comienza antes de la misión que lleva a descubrir el crimen, esta introducción ayuda a centrar tanto la ambientación (la Roma bajoimperial) como un contacto con los personajes principales, su carácter y su relación. Y esto se agradece porque hace que la novela que es la tercera de la serie agentes de Roma y la segunda que edita Pamies después de El Estandarte Imperial. El resto de la novela va describiendo una investigación de tipo policial: encontrar e interrogar testigos, encontrar y perseguir sospechosos, descubrir motivos. El lector descubre las pistas junto a Casio Corbulo, de modo que mantiene la tensión gran parte del libro.
Además este libro relata durante gran parte del texto una persecución y tiene varias escenas de acción de un ritmo trepidante y de gran crudeza. En resumen, muy buenas escenas de acción muy marcadas por el ritmo de los medios audiovisuales.

Respecto a la historicidad, el periodo elegido por el autor es muy jugoso en si mismo. La Roma bajoimperial fue convulsa política y por tanto militarmente. El avance inexorable de nuevas religiones entre la población tanto esclava como libre también añadía una variante de inestabilidad. Tiempos interesantes sin duda alguna. Hay que reconocer que esta época es muy jugosa para algo como el Servicio de Seguridad de Roma, que venían a ser algo muy similar a un moderno servicio secreto. De hecho muchísimos de los rasgos sociales de la época están muy bien reflejados como la corrupción, la desconfianza de las provincias en el ejército o las diferencias entre romanos, otros ciudadanos, libertos y esclavos. Incluidos aquellos que peor sientan hoy día como cierta misoginia estructural muy propia de esa cultura. Y todo esto, aunque me enerve, ayuda a crear una ambientación que tal vez no sea impecable, pero que se acerca mucho.

Esta lectura ha sido para mí una experiencia agradable, interesante y también intensa que ha sabido tratar tanto los temas de su momento como temas universales tales como la amistad, el deber, el honor o la moralidad en situaciones extremas .

Recomendado para: Fans del Imperio romano. Gente que disfrute tanto con la ambientación histórica como con el misterio
Abstenerse: Feministas exaltadas y todo el que piense que cualquier tiempo pasado fue mejor

Titulo: Una costa lejana
Autor: Nick Brown
Año de publicación original: 2014
Publicación en españa: 2016
Editorial:Pamies

El testamento de Ilya

Hace mucho tiempo, tuve nombre. Me llamaban Ilia. Yo era Rhea Silvia. Ahora soy el susurro del llanto en una gruta.

Hace mucho tiempo fui la joven hija del rey de esta tierra. Era una niña hermosa y feliz.

Entonces, mi tio accedió al trono. Mi padre murió, y también mi hermano. Me quedé sola con mi tio. Y él decidió que no soportaba ver mi rostro.

Un día de verano, vino al palacio una mujer vestida de blanco. Aunque era la primera vez que la veía, yo sabía quien era. Era una mujer santa. Una sacerdotisa de Vesta.

Mi tio nos dejó solas, y la vestal me tomó de las manos. Me dijo que por voluntad de la Diosa, me habían capturado.

A partir de aquel momento, comenzó mi nueva vida. Dejé atrás mi vida como Ilia, la niña, la princesa. Dejé atrás mis vestidos infantiles, mis juguetes y todas mis posesiones. Me llevaron al templo de la Diosa, me purificaron y me impusieron las ropas de las sirvientas de Vesta, la toga recta de las novias y la toga de las matronas, en tela blanca. Así, me volví una vestal más. Una esposa del fuego, dama sagrada y protectora del pueblo.

Me educaron, tal y como se hace con las mujeres sagradas, en todos los misterios de la Diosa y en todas las tareas sagradas que nos encomendaba.

Encontré la felicidad en esta nueva vida. Preparaba con regocijo los aceites y especias sagrados para los sacrificios, y llevaba con orgullo mi condición de esposa de la ciudad, de virgen sagrada.

Pasó el tiempo, y yo adopté en esta vida mi nuevo nombre, Rhea Silvia. Me había convertido en una mujer hermosa como una reina. Envidiada y deseada por partes iguales. Pero siempre respetada.

Llegó la primavera. Era el mediodía y decidí salir a pasear cerca de la loma principal de la ciudad. Entonces era joven, tal vez descuidada. Me senté a descansar bajo la sombra de un árbol. La brisa movía las ramas que proyectaban la sombra de sus hojas sobre todos los objetos que había alrededor. Dotaban de una ilusión de vida a una estatua de Marte preciosamente elaborada que alguien colocó hacia mucho tiempo.

No sé como, me quedé dormida. Soñé con Marte. En toda su gloria y belleza, surgía de su propia estatua, se acercaba a mi y me hablaba. Después, sin yo poder hacer nada, me tomaba. Antes de desaparecer me dijo “Tus descendientes serán la gloria del pueblo y del mundo”.

Me desperté totalmente segura de que aquello no había sido un sueño. Turbada, muy asustada, volví al templo corriendo y oré con todas mis fuerzas a la Diosa. Pero ella no me respondió.

Al poco tiempo mis temores se vieron ratificados. Estaba embarazada.

Use mis derechos como vestal por última vez en mi vida. Convoqué a las ancianas del templo y a los poderes de la ciudad. Cuando todos estuvieron reunidos, expuse mi caso. Confiaba en la buena voluntad de aquellos a los que había servido durante tanto tiempo.

Cuando les hable de Marte y mi sueño, no me creyeron. Muchas fueron las voces entre mis compañeras vestales y sobre todo, entre los hombres de la ciudad que me acusaron de ser una pérfida. Para ellos lo único cierto era mi embarazo, la prueba definitiva de que había roto mi voto como vestal. Había mancillado no solo mi honor, si no el de la ciudad.

Allí mismo me acusaron de vivir como una loba, de ser una ramera y una traidora. Algunas de mis compañeras, llenas de rabia, me atacaron. Me golpearon. Estiraron de mi pelo y rasgaron mis ropas. Me dejaron condenada como una mujer sin nombre ni origen, como una simple prostituta, en el centro del círculo de venerables.

Yo solamente lloraba. Rogando a la Diosa a la que había dedicado mi existencia y maldiciendo a aquel que había manchado mi alma y destruido mi vida. Pero ninguno de ellos, ni ninguna otra divinidad escucho mis lamentos.

Tampoco lo hizo mi tio. Él se limitó a asentir y observar la escena. En aquel momento él era un hombre anciano y triste. Algún hado oscuro había hecho un nido sobre su lecho, y no había conseguido tener un solo hijo. Yo era el único pariente que le quedaba. Aún así, no tuvo ningún problema en sellar mi muerte como único castigo posible ante mi delito.

Me hicieron caminar casi desnuda y ya condenada ante el pueblo, al que le contaron que había violado mis votos sagrados. Las gentes a las que tanto había amado y ayudado y que tanto me habían querido ahora me insultaban, me lanzaban objetos y me escupían. De este modo me llevaron a las mazmorras de la ciudad.

Pasé mis horas de encierro rogando a todos los dioses. No recuerdo ya lo que llegué a ofrecerles por mi vida, por la vida del niño que llevaba dentro. Nada ocurrió. Ningún Dios vino en mi ayuda.

Pero, a los pocos días, recibí la visita de mi Suma Sacerdotisa. Ella era la mujer que me captó para las vestales, mi maestra, mi amiga durante muchos años. Su nombre era Roma. Al contrario que muchas otras vestales, ella no estaba enfadada conmigo. De algún modo, había decidido creerme. “El corazón del rey se ha movido” – me dijo. “No morirás hasta que des a luz. Entonces, tú serás ejecutada como traidora. Tu hijo será puesto en manos de los Dioses. Lo entregarán al río, y si sobrevive o no, ya no será una decisión humana.”

Ella me cogió de la mano, que temblaba desconsoladamente ante la perspectiva de la muerte de ambos, la mía y la de mi hijo. “No te preocupes”, – me dijo con cariño.  “Siendo progenie de los dioses, no es posible que le dejen morir tan fácilmente.” Y dicho esto, me volvió a dejar sola.

No negaré que gran parte del tiempo que pasé en la celda, lo pase odiando a la ciudad que me había dado la espalda. A todos los hombres que habiéndome deseado en secreto, prefirieron tratarme como a una ramera antes que creerme. Odié a los dioses, a todos. Especialmente al que me había arruinado. Durante mucho tiempo después seguí odiándolos.

Al cabo de un tiempo, di a luz. Aquel fue un momento feliz para mi, aunque implicaba el final de mi vida. Tuve dos bebés preciosos. Dos varones gemelos. Magníficos como dioses recién nacidos.

Casi inmediatamente me quitaron a mis pequeños de mis brazos. Me hicieron levantarme, y aún sangrando, me sacaron de la celda y me hicieron caminar hasta el río.

Justo delante de mí, caminaba un guerrero, con las enseñas de la ciudad, que llevaba a mis niños en un cesto mal fabricado. Me obligaron a ver como los entregaban a las frias aguas del río.

Entonces los soldados que me custodiaban me hicieron caminar más allá del río, en lugar de volver a la ciudad. No me dijeron ni una sola palabra.

Llegamos a una cueva a los pies de la montaña. Me hicieron entrar en ella, y entonces bloquearon la entrada. Los oí alejarse de allí mientras cantaban para no escuchar mis gritos desde el interior.

Después de eso, no podría decir cuánto tiempo pasó, pero recibí por fin la respuesta a alguna de mis plegarias, y una Diosa apareció ante mí. Afrodita, llena de belleza y bondad. Con ella trajo estas herramientas de escritura, para que mi historia no sea olvidada. Y con ella trajo noticias de mis hijos, y de sus hijos. Rómulo y Remo les llamaron, y con el tiempo, refundaron la ciudad, llamándola Roma, por amor a la mujer que mejor les cuidó. Con el tiempo, la ciudad pasó a ser un imperio, y nuestra lengua se extendió por todas partes.

Hoy, ya nada queda como estaba. El tiempo ha pasado. Y lo que queda aquí soy yo. Esta voz en las grutas que ha aprendido a dejar atrás el odio y la rabia. Una sierva de los dioses, como tantas otras, elevando eternamente sus plegarias.


Para Vaelia, que me recordó este escrito de la forma más mágica, coincidentemente.